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La revoluciĆ³n argentina

  • Foto del escritor: Esteban DĆ³mina
    Esteban DĆ³mina
  • 29 jun 2024
  • 3 Min. de lectura

El 29 de junio de 1966, el teniente general Juan Carlos OnganĆ­a asumĆ­a la presidencia de la NaciĆ³n, designado por la junta militar integrada por el teniente general Pascual Pistarini, el almirante Benigno Ignacio Varela y el brigadier general Adolfo Teodoro Ɓlvarez. El dĆ­a anterior, el general Julio Alsogaray y el coronel Luis Perlinger se presentaron en la Casa Rosada para notificarle al presidente Arturo Umberto Illia que habĆ­a sido destituido y que, a partir de ese instante, las Fuerzas Armadas tomaban a su cargo, una vez mĆ”s, los destinos de la NaciĆ³n. Se habĆ­a consumado el quinto golpe de Estado del siglo XX y comenzaba la llamada RevoluciĆ³n Argentina, un perĆ­odo de facto que durarĆ­a siete aƱos y que no traerĆ­a sino penurias al paĆ­s.


Hay quienes sostienen que el mĆ³vil de la asonada fue que, hallĆ”ndose irresuelto el problema que representaba el peronismo que seguĆ­a proscripto, no se podĆ­a correr el riesgo de convocar a elecciones en el paĆ­s, cosa que debĆ­a ocurrir en pocos meses para renovar el mandato de gobernadores y legisladores. Ya habĆ­an tenido una mala experiencia en 1962, durante la presidencia de Arturo Frondizi. Los mandos militares pusieron entonces en marcha la nueva operaciĆ³n golpista con el concurso de civiles y de algunos prominentes dirigentes sindicales que avalaron la movida, como Augusto Timoteo Vandor, secretario general del gremio de los metalĆŗrgicos, quien propiciaba un ā€œperonismo sin PerĆ³nā€ o neoperonismo. El lĆ­der justicialista, exiliado en Madrid, siguiĆ³ los acontecimientos con su acostumbrada cautela.


Juan Carlos OnganĆ­a, un oficial de CaballerĆ­a, nacionalista catĆ³lico de ideas corporativistas, provenĆ­a del bando de los Azules, que se habĆ­a impuesto a los Colorados en la interna del EjĆ©rcito. Si bien despertĆ³ alguna expectativa inicial en la sociedad, muy pronto dilapidĆ³ ese crĆ©dito al quedar en evidencia su personalidad mesiĆ”nica y autoritaria. El objetivo de la autotitulada RevoluciĆ³n Argentina era quedarse en el poder todo el tiempo necesario para propiciar cambios econĆ³micos profundos, abrir la puerta a las inversiones extranjeras y, en lo polĆ­tico, desperonizar el paĆ­s. Con ese fin sus mentores pergeƱaron un formato por fuera de los partidos tradicionales afĆ­n a las fuerzas ultraconservadoras que jamĆ”s llegarĆ­an por la vĆ­a electoral.


Mientras Adalbert Krieger Vasena, a cargo del ministerio de EconomĆ­a, aplicaba un duro plan estabilizador para frenar la inflaciĆ³n y anclar el dĆ³lar, la dictadura no tardĆ³ en mostrar su verdadero rostro. SupresiĆ³n de toda actividad polĆ­tica, censura a los medios de comunicaciĆ³n, intervenciĆ³n a universidades y sindicatos y profusiĆ³n de pautas pseudo moralistas, un libreto que sumiĆ³ al en paĆ­s un clima represivo y de fuerte intolerancia hacia toda manifestaciĆ³n democrĆ”tica. La presunciĆ³n de filocomunista que rodeaba a la actividad cultural incluĆ­a a bibliotecas populares, teatros independientes, revistas, asociaciones y, en general, toda manifestaciĆ³n intelectual.


Dicho estado de cosas fue el caldo de cultivo ideal para que no tardara en aparecer, bajo distintas formas, la respuesta desde el campo popular. Se produjo, asimismo, el surgimiento de grupos que postulaban la vĆ­a armada, inspirados en la revoluciĆ³n cubana y en otras experiencias foquistas mĆ”s recientes en paĆ­ses vecinos como Uruguay y Chile. En el plano sindical, la dirigencia colaboracionista enrolada en la CGT Azopardo, dominada por el vandorismo, encontrĆ³ una fuerte oposiciĆ³n interna en la CGT de los Argentinos, liderada por el dirigente de los GrĆ”ficos, Raymundo Ongaro.


Con las universidades intervenidas y tras ā€œla noche de los bastones largosā€, como se bautizĆ³ al feroz ataque contra estudiantes, profesores y autoridades llevado adelante por la policĆ­a en la Universidad de Buenos Aires, el movimiento estudiantil se politizĆ³, acercĆ”ndose a la clase trabajadora en el marco de la unidad obrero estudiantil. El estudiantado de entonces proveyĆ³ dirigentes y militantes que engrosaron las filas de las distintas corrientes de izquierda y de los grupos armados.


El clima antidictatorial fue en aumento y tuvo su mĆ”xima expresiĆ³n en el tercer aƱo de gobierno de OnganĆ­a en CĆ³rdoba, el 29 de mayo de 1969. Ese dĆ­a se produjo una pueblada conocida como el Cordobazo, que, por sus caracterĆ­sticas y alcances, evocaba gestas contemporĆ”neas, como el Mayo FrancĆ©s o la Primavera de Praga. El Cordobazo y eventos similares que sacudieron otras provincias, socavĆ³ las bases de sustentaciĆ³n del onganiato y activĆ³ la interna militar, al punto de que un aƱo mĆ”s tarde ā€”en junio de 1970ā€” se produjo el recambio y asumiĆ³ la presidencia Roberto Marcelo Levingston, un oscuro oficial de inteligencia que se desempeƱaba como agregado militar en los EE.UU. Y todavĆ­a hubo un tercer presidente de facto: Alejandro AgustĆ­n Lanusse, que intentĆ³ sin Ć©xito llevar adelante el pomposamente llamado Gran Acuerdo Nacional. Jaqueada por la resistencia social y sin apoyo del arco partidario, laĀ  dictadura finalmente llamĆ³ a elecciones.


La RevoluciĆ³n Argentina expirĆ³ el 25 de mayo de 1973, con la asunciĆ³n de las autoridades constitucionales electas el 11 de marzo de ese aƱoā€¦ pero esa es otra historia.

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