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Tiempo de síntesis
 
Fernet, según el diccionario, es una bebida alcohólica amarga de propiedades digestivas. Coca, todo el mundo sabe qué es. Bien diferentes, opuestas casi, existían desde antes; la novedad fue el fernet con Coca, la unión de ambas. Es probable que Platón, de haber conocido esa receta cordobesa, la hubiera usado en la legendaria Academia ateniense para explicar la dialéctica a sus discípulos. Como ejemplo de síntesis, el término superador de tesis y antítesis, el tercero que emerge con la mejor herencia genética de sus progenitores.

¿Y a qué viene todo esto? A que a la Argentina, donde todo parece estar disociado y en conflicto permanente, no le vendría nada mal un tiempo de síntesis. De sosiego, de unión y compostura del todo y sus partes. Lucha de opuestos no nos falta: la historia nacional es un catálogo interminable de continuas divisiones y enfrentamientos entre argentinos. Cuando no hay motivos válidos para las riñas internas, se las inventa. O se desempolvan cuestiones del pasado, reciente o lejano, recreando divisiones tan anacrónicas como inconducentes. Lo que nos falta es espíritu de síntesis, antítesis tenemos de sobra.

Y qué mejor ocasión que el Bicentenario para plantear este debate profundo. Con dos siglos de vida independiente a cuestas, va siendo hora de pensar la Argentina de los próximos veinte o treinta años. De sumar en lugar de restar. Ahora bien, ¿seremos capaces de construir esa síntesis colectiva, ese paradigma de los nuevos tiempos? No resulta caprichoso ponerlo en duda: uno de los defectos más notorios que padecemos como sociedad es nuestra comprobada incapacidad de unirnos y –apelando a un giro de campo adentro- cinchar para el mismo lado. Por el contrario, son incontables los episodios que en nuestra corta existencia como Nación nos encontraron en trincheras opuestas, anulándonos mutuamente. El nuestro parece ser, desde sus orígenes, el reino de la discordia, como si algún sortilegio maldito hubiese caído sobre nuestros hombros. No en vano, tiempo atrás, José “Pepe” Mujica, el actual presidente uruguayo, nos recomendó a los argentinos que nos quisiéramos más.

Esa tendencia a la fragmentación y al conflicto permanente antes que al acuerdo se repite a lo largo de la historia, lo mismo que el método de resolución de las contradicciones, que casi nunca fue el intercambio pacífico y fecundo de ideas diferentes ni la búsqueda de consensos o términos medios, sino el aniquilamiento liso y llano de alguna de las partes en disenso. Abortando de ese modo el nacimiento de la síntesis superadora y, condenándonos a la vez a permanecer en el mismo sitio, prisioneros de la antítesis, sin poder avanzar al siguiente casillero. Y es harto sabido que quien permanece en el mismo lugar mientras los demás siguen adelante, retrocede. A la inversa, las veces que hubo síntesis, el país avanzó dando zancadas.

Por más que duela admitirlo, las contradicciones, al no sintetizarse y abrir nuevos caminos, en lugar de palanquear el crecimiento como ocurrió en otras partes, aquí lo frenaron. La impotencia para saldar los debates con madurez junto a la enfermiza inclinación a seguir discutiendo eternamente lo mismo sin escuchar al otro y recomenzar siempre de cero, además de cristalizar las diferencias en el tiempo, nos condena a convivir en medio de polémicas interminables y a soportar una puja estéril entre posiciones irreductibles con el consiguiente desgaste de energías. Y las más de las veces, anclados al pasado, sumergidos hasta el cuello en rencores añejos y antagonismos paralizantes. Para decirlo con todas las letras, hasta aquí hemos demostrado ser tan diestros para generar antitesis como torpes y remisos para construir síntesis superadoras. Es hora de cambiar.
Marche un fernet con Coca.