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Sordos ruidos oír se dejan
 
Ruidos, sí, pero no de corceles y de aceros. Si es que sirve de consuelo, esta vez los inquietantes sonidos no provienen de los cuarteles como otras veces: tras los muros todo parece estar en calma. Tampoco de los sectores a los que desde la tribuna oficial se acusa a menudo de golpistas. No, en esta ocasión la que cruje es la economía; la de adentro y la de afuera. Es un ruido parecido al que produce el glaciar Perito Moreno cada vez que se resquebraja y libera grandes trozos de hielo que caen estrepitosamente sobre las gélidas aguas.

Los argentinos, atrapados durante los últimos cuatro meses por la saga más apasionante en mucho tiempo, el enfrentamiento entre campo y Gobierno, perdimos de vista lo que viene ocurriendo en la economía, la nuestra y la del mundo. Claro, el conflicto desatado por las retenciones no es una cuestión menor, para nada, y tiene mucho que ver con el presente y el futuro de la economía argentina. Además, quién puede permanecer impasible a la vista de actos masivos, declaraciones ampulosas, tensas votaciones, furibundos escraches y todo lo que conmovió al país y se difundió generosamente por los medios. Sólo no teniendo sangre en las venas se puede permanecer ajeno o indiferente ante el megaconflicto suscitado tras un grueso error que el Gobierno no supo reconocer a tiempo y que seguirá sólo Dios sabe hasta cuando. Sin embargo, aun cuando los problemas del campo están lejos de haberse solucionado, va siendo hora de que echemos un vistazo a nuestro alrededor, porque todo parece indicar que esta vez la cosa va en serio.

Un mundo en problemas
Todo comenzó con el asunto de la burbuja inmobiliaria y las hipotecas de baja calidad que ocasionaron problemas de liquidez a algunos de los bancos más importantes del Primer Mundo. Entonces, para evitar una corrida de grandes proporciones, los gobiernos de esos países tuvieron que correr a socorrerlos. Mientras tanto, los precios del petróleo y los alimentos se disparaban como nunca antes, complicando aún más el panorama de las economías más desarrolladas. Las consecuencias fueron las que constan en cualquier manual de economía de primer año: caída del consumo y una baja pronunciada de la actividad económica y del empleo. Ralentización es el término acuñado en tiempos recientes para calificar un estado de cosas que tiene que ver con enfriamiento y pesadez, si de asociar palabras se trata.

En los últimos días el asunto pasó a mayores y noticias escalofriantes corrieron por el mundo como reguero de pólvora. Mientras el barril de petróleo sigue trepando como un globo aerostático, la Reserva Federal –el Vaticano del capitalismo- reconoció que las perspectivas de crecimiento de Estados Unidos “se hunden”. No sólo eso, sino que Mr. Bernanke, el sumo pontífice del organismo, profetizó ante los circunspectos senadores estadounidenses que lo escuchaban en silencio y con gesto adusto, que la economía se seguirá enfriando mientras la inflación sube, los precios de las viviendas declinan y el mercado laboral se resiente. Los dejó helados, a tono con la economía americana. El sombrío pronóstico obligó a George Bush (h), el presidente en ejercicio hasta el próximo invierno boreal, a salir corriendo a explicar que la casa está en orden y que los ahorristas que tengan guardados en los bancos menos de 100 mil dólares no tienen nada que temer, que los dejen allí. Mientras el presidente ponía su mejor cara en los jardines de la Casa Blanca, las mangueras de la FED apagaban los focos de incendio de un sistema financiero en llamas, auxiliando esta vez a los dos operadores más importantes en el mercado de hipotecas. Así están las cosas en el norte.

En la vieja Europa no están mejor: empujada por el precio del petróleo, la inflación se fue a las nubes. A las nubes de ellos, claro. En la llamada Zona Euro, la inflación anual medida de junio a junio pasó de 1,9 a cuatro por ciento y un poco más en la menos selecta zona extra-euro. Entre nosotros, semejantes guarismos pueden mover a risa, pero allá representan una calamidad que desencadenará a su vez otras calamidades, como la caída del empleo (ya empezó), alza de tasas y finalmente la temida recesión.

La crisis económica mundial está en marcha y nadie puede aventurar cuánto durará.

¿Y por casa cómo andamos? No del todo bien. Salvo que creamos que los problemas que aquejan al mundo ni siquiera nos rozarán. Si no, cuanto antes convendría tomar nota que las dificultades globales no tardarán en hacerse presentes, potenciando aún más los graves problemas que exhibe nuestra modesta economía. Que cruje más audible cada vez, como el Perito Moreno.

En primer lugar, debiéramos asumir que en la Argentina cambió el clima económico: por razones de ciclos económicos o por lo que fuere, la curva no es la misma que la de 2003-2006, sino que tiende a achatarse dramáticamente. Podría decirse que, como ocurre en la naturaleza, el verano ha dado paso al otoño. Tampoco la lozanía de las arcas fiscales es la de aquellos buenos y viejos tiempos. Vapuleada por la crisis energética, los subsidios a mansalva y el aumento incesante del gasto corriente, el azul fue virando peligrosamente al carmesí.

También aquí –y no sólo debido a la crisis del campo- la actividad económica se ralentizó, sumiendo en la desesperanza a ramas enteras de la producción que todos los días se miran en el implacable espejo de la realidad y comprueban cómo caen las ventas. Y no es un problema meramente estadístico: el paso siguiente es el impacto en el consumo, el empleo y los niveles de pobreza. Este cuadro, preocupante de por sí, se ve agravado por una inflación persistente que ronda los 30 puntos anuales, cualquiera lo sabe. Bien vale entonces sacar un poco la cabeza de la soja y aunque más no sea para tomar un respiro, formularnos al menos dos preguntas. La primera: ¿Cómo estamos parados para enfrentar esta nueva crisis que golpea a nuestras puertas? Y la segunda, más compleja e inquietante a la vez: ¿Lo tiene totalmente en claro el Gobierno?

Vayamos por partes: a la primera cuestión debemos responder que mal, que estamos mal parados, como la defensa del equipo más vulnerable, a ese que le llenan la canasta cada vez que el rival lo ataca. Sin ánimo de mortificar más de la cuenta, sólo diremos que seguimos con problemas estructurales que no se aprovechó a corregir en tiempos de bonanza, a los que deben adicionarse las distorsiones propias de una política económica basada en la manipulación de los precios relativos y la alteración de los mercados, tanto internos como externos. Podría agregarse que el país no recibe inversiones del exterior sino que sigue fugando capitales y que obviamente carece de crédito internacional. En otras palabras, que esta vez la Argentina debe arreglarse como pueda, con lo que tiene –o no tiene-.

Pasemos a la segunda cuestión: no parece. No parece que el Gobierno tenga en claro que el “modelo” que supuestamente nos sacó de la crisis resulta insuficiente para enfrentar la nueva realidad. No sólo eso; luce temerario apostar obcecadamente a la misma receta cuando las cosas han cambiado por completo. Podría costarnos muy caro.

Todo muy lindo, pero...
¿Cómo se hace, verdad? La receta, si es que hay alguna, es un tanto obvia: apostar fuertemente a la producción en lugar de castigar a los productores, cuidar la caja más que nunca, repartir las cargas con mayor justicia, dejar de lado el tren bala y ciertos negocios alados, buscar los amigos correctos en el mundo. En fin, cuestiones elementales, de sentido común casi. Es que en economía no hay milagros ni es una ciencia oculta, sino que está al alcance de todos. No en vano cualquiera cree que entiende y mete mano en los números, del mismo modo que difícilmente se atrevería a, por ejemplo, operar un apéndice. El intríngulis es cómo poner de acuerdo a una sociedad que ya no confía en ciertas percepciones y enfoques oficiales y un Gobierno que no parece dispuesto a escuchar demasiado. Lo peor sería que sea la fuerza de los hechos la que obligue a adoptar las medidas que hacen falta para corregir los desajustes, porque casi siempre el resultado suele ser el advenimiento súbito de procesos traumáticos e inmisericordes con los sectores más débiles. Sobran los ejemplos.

El otro camino, el más recomendable, es anticiparse a los acontecimientos y, partiendo de un buen diagnóstico, cambiar el estilo de juego y disponer de otra manera el equipo en la cancha. Para que el esfuerzo rinda frutos, es necesario, además, rodear de consenso al nuevo esquema, porque la economía la hacemos entre todos. Difícilmente funcione un modelo que carezca de raigambre entre productores y consumidores, entre empresarios y trabajadores, porque le faltaría ese requisito esencial. Que se logra con el diálogo.

Pongamos manos a la obra, antes que la crisis nos sorprenda. Como sorprendió a todos el rompimiento anticipado del Perito Moreno.