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Que quedará de 2009 para la historia
 
En este año que termina, pasar, pasaron muchas cosas, pero no todas quedarán en la historia. Es imposible que así sea. Tampoco es factible saber con certeza de antemano cuáles eventos recientes superarán el examen de las futuras generaciones y serán admitidos a su tiempo como históricos. Para pasar ese filtro deben cumplir el requisito de trascendencia, algo que no es fácil de lograr. Las guerras, la muerte de alguna celebridad, alguna catástrofe planetaria, un gran descubrimiento científico y poco más; el resto, o sea casi todo, suele quedar atrapado en el registro de lo cotidiano, mucho más ramplón que el otro, el histórico.

¿Y qué dejó el 2009 para la historia? Veamos: en el mundo nos quedamos con la asunción de Barack Obama como nuevo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Quién hubiera soñado apenas unas décadas atrás que en el país del Ku Klux Klan, de Martin Luther King y las películas testimoniales de Sidney Poitier le permitirían algún día ocupar el salón oval a un afroamericano, como les llaman hoy respetuosamente a los que entonces eran niggers a secas y les estaba prohibido casi todo. No sólo eso, sino la forma en que llegó, sorteando todos los obstáculos que suponía una larga y costosa primaria compitiendo con nada menos que la diestra esposa del presidente americano más exitoso del último medio siglo. Histórico por donde se lo mire. El tiempo dirá si pasará a la historia como un gran presidente o apenas uno más; pero ya hizo lo suyo para estar allí.

Puertas adentro, en un primer repaso salta a la vista la muerte de Raúl Alfonsín por sobre todo lo demás. Pese a que resulta un tanto prematuro trazar un balance definitivo del ser histórico del primer presidente de la democracia recuperada en 1983, todo indica que quedará en la memoria colectiva con un registro positivo, aprobatorio, más favorecido por sus aciertos que desmerecido por sus falencias. Y hubo bastante de ambas cosas, como ocurre con todos los hombres públicos: al fin y al cabo ninguno es infalible. La perfección o la infalibilidad son atributos que pertenecen al reino de la teoría, al de la ficción, no al de la política real por donde transitan hombres de carne y hueso. En el caso de Alfonsín, está claro que al menos en la hora de su muerte, pesaron más en la consideración pública los esfuerzos que realizó para sacar adelante una república aún frágil y vulnerable, ciñéndose a la Constitución y las leyes, que los errores de gestión que pudo haber cometido y que lo obligaron a traspasar el mando antes de la terminación de su mandato. Su nombre quedará ligado para siempre a esa etapa entrañable de la vida institucional del país –el año 1983- y se convertirá por derecho propio en el símbolo de un tiempo de reparación del que la democracia argentina logró emerger ilesa pese a los sombríos vaticinios que sobrevolaban aquella hora y los resabios del pasado que obraban como obstáculos aparentemente insalvables.

Y no hay mucho más. Las elecciones del mes de junio, el hecho político más relevante del año, por sí solas no alcanzan a marcar un hito histórico. Probablemente sí lo harán si el oficialismo pierde las presidenciales del 2011, porque entonces será inevitable la comparación con otras elecciones memorables de medio término como las de 1987, cuando Antonio Cafiero venció en la provincia de Buenos Aires y marcó el comienzo del fin del gobierno alfonsinista, o las de 1997 en el mismo distrito, cuando la derrota del peronismo abrió paso al futuro gobierno de la Alianza. Si en cambio el oficialismo logra remontar la situación y se impone en el 2011, lo más seguro es que quedarán como una anécdota.

En nuestra Córdoba el nuevo juicio al ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, condenado con anterioridad a cadena perpetua, y a otros imputados por delitos de lesa humanidad tendrá seguramente un registro histórico perdurable. Igual que la vez anterior, este segundo juicio –conocido popularmente como “Caso Albareda”, aunque acumulaba otras causas- puso al desnudo los horrores cometidos por los responsables de la represión durante los años de la última dictadura militar y permitió ahondar en el conocimiento de los métodos y procedimientos que eran habituales durante aquella época, especialmente los utilizados por la temible D2 (Departamento de Informaciones Policiales). Además de las condenas, que siempre tienen un valor reparador para las víctimas, el accionar de la justicia permite cerrar etapas históricas que de otro modo permanecen abiertas indefinidamente trasladando sus efectos en el tiempo.

También, igual que las devastadoras inundaciones de antaño provocadas por el arroyo La Cañada antes de ser canalizado, el clima aportó lo suyo, claro que desde un costado distinto: el de la carencia en lugar del exceso. Esta vez la sequía y la consiguiente falta de provisión de agua potable a vastos sectores de la población cordobesa seguramente dejarán en la memoria colectiva el registro indeleble de los padecimientos sufridos, que pueden convertirse en crónicos si es que no se arbitran las soluciones a tiempo y el clima sigue jugándonos malas pasadas.

El mundillo de la historia también tuvo sus propias noticias. La más triste de todas, la partida de un historiador que hizo mucho por la divulgación de nuestro pasado con sencillez y objetividad: don Félix Luna. Todo eso pasó en el 2009 que se va.