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Producir más, distribuir mejor
 
La Argentina carece, entre otras cosas, de un proyecto económico de largo plazo. De una estrategia capaz de articular convenientemente las múltiples capacidades y potencialidades con que el país cuenta. De hacer sustentable el buen momento de su economía.

Mientras tanto, mientras no se tenga ese proyecto integral, el país no aprovechará al máximo las oportunidades que se le presentan. ¡Y vaya si las tiene! No se puede negar que el tercer milenio vino cargado de buenas nuevas para nuestra Argentina en el momento en que más las necesitaba. Los cambios en la economía mundial y la fuerte recuperación de los precios de los commodities, permitieron no sólo dejar atrás la crisis de fines de 2001, sino que impulsaron una reactivación generalizada de la economía con el campo como locomotora.

Sin embargo, como se dijo, el aprovechamiento de esas condiciones extraordinarias no es pleno, acotado por la falta de una estrategia productiva de largo plazo. Alguien podría argüir que no es así, ya que la mayoría de los indicadores muestran mejorías con relación al pasado y se batieron récords en materia de producción y exportaciones, cosa que no ocurría desde hacía décadas. Es cierto, pero también lo es que los resultados podrían ser todavía mejores si los esfuerzos productivos se canalizaran adecuadamente y, sobre todo, si se encuadraran en un plan de acción de largo alcance, poniendo la mirada más allá de una coyuntura que nadie puede saber con certeza cuánto va a durar, teniendo en cuenta la volatilidad que caracteriza al mundo actual.

Capitalismo a medias
Para empezar desde el principio, conviene preguntarse si la Argentina es, o quiere ser, una economía de mercado con todas las letras. Un primer repaso indicaría que sólo a medias. Es que, entre nosotros, por distintas razones, las reglas de juego capitalista nunca fueron aplicadas del todo. Por supuesto que no estamos hablando del capitalismo de la primera hora, en su versión más salvaje y deshumanizada, sino del capitalismo como modo de producción estándar; a ese conjunto de reglas más o menos universales para organizar la producción y la distribución de la riqueza en una economía basada en la escasez. Conviene resaltar lo de escasez, porque muchas veces los argentinos actuamos como si el contexto fuera de abundancia y lo primero que se enseña en las facultades de Ciencias Económicas es que la economía debe arreglárselas para satisfacer necesidades ilimitadas –las del hombre- con medios escasos –los que provee la naturaleza-, y que alrededor de este asunto giran las distintas concepciones, doctrinas y recetas aplicadas en los últimos siglos.

Tampoco hay demasiadas opciones: el capitalismo es el único sistema que ha quedado en pie después que el otro, el comunismo, colapsara antes de finalizar el siglo XX.

No debe entenderse lo anterior como una exaltación de las supuestas virtudes del capitalismo, mucho menos como una expresión de regocijo: simplemente como la enunciación de un dato de la realidad que nos brinda un punto de apoyo para analizar nuestra propia situación. Y revisar nuestro modelo económico a la luz de la realidad actual, que obliga a reconsiderar muchas cosas de cara a un fenómeno global que nos viene dado, a un mundo que no es el mismo al del siglo XX. Hasta no hace mucho, Asia casi no contaba para Occidente. Países como China e India eran, apenas, un destino exótico para quienes deseaban asomarse a culturas milenarias, diferentes, pero no mucho más que eso. Hasta que el gigante se despertó. Y con hambre. Cuando comenzó a llenar su alacena, el precio de los alimentos se disparó a las nubes. Parece simplificado en extremo, pero la nueva realidad económica internacional debe leerse a partir de que hay un par de miles de millones de comensales más sentados a la mesa. Y en los próximos años puede haber muchos más.

Desfile de modelos
El agro es, por excelencia, el factor dinámico de la economía argentina. Lo fue en la primera hora, cuando brillaba en todo su esplendor el modelo agroexportador, y lo siguió siendo hasta el presente, pese a los períodos en que la producción agropecuaria languideció por distintas razones. Esa primera fase duró alrededor de 50 años, los que van de 1880 a 1930, cuando se completó un círculo virtuoso, el que ligaba la producción de carnes y granos a gran escala con el comercio internacional. Ese viento de cola hizo crecer a la joven Argentina y la posicionó entre las economías más importantes del mundo. Claro que era un paisaje de luces y sombras: la distribución de la riqueza no lucía tan virtuosa como la creación; los frutos quedaban en pocas manos.

Así se llegó a 1929. Forzada por las circunstancias globales, las élites dirigentes argentinas debieron dejar de lado el modelo agroexportador y adoptar las nuevas recetas para el salvataje de las economías occidentales, las que proponía el keynesianismo en boga.

Nació entonces el llamado modelo de sustitución de importaciones, que consistía en producir puertas adentro lo que ya no se hallaba disponible en el mundo a raíz de la crisis. Esa contingencia global obligó a desarrollar una industria que hasta entonces era incipiente. El agro pasó entonces a un segundo plano y la industria ganó el centro de la escena. El resultado fue que en pocos años cambió el perfil productivo del país, hubo una fenomenal migración interna y cobró vida el llamado mercado interno de cuño urbano.

Durante las décadas siguientes, la economía argentina giró alrededor de este modelo, con el campo acotado por efecto del llamado “deterioro de los términos de intercambio”, como bautizó Raúl Prebisch a la mezquindad de los países industrializados de entonces, que penalizaron los precios de las materias primas a favor de los bienes manufacturados producidos por ellos. Una historia que se extendió hasta finales del siglo.

El actual, es un modelo que podríamos llamar mixto, impulsado por el cambio de tendencia de los mercados mundiales y el repunte de los precios de los productos primarios. Ese venturoso nuevo viento de cola nos permitió salir de la crisis mucho antes de lo que se creía. Gracias a él, y a que volvió la confianza interna, tras la caída récord del año 2002, de casi el 12 por ciento del PBI, la economía argentina rebotó hacia arriba y hubo un quinquenio de crecimiento a una tasa promedio superior al 8 por ciento anual, palanqueada básicamente por el campo. Las exportaciones de productos primarios –soja, sobre todo- y las MOA –manufacturas de origen agropecuario- volvieron a darle un fuerte sesgo agroexportador al modelo productivo argentino.

Una síntesis de lo dicho podría ser, entonces, que el modelo actual es una mixtura entre el modelo agroexportador de las primeras décadas del siglo pasado y del que lo reemplazó, de sustitución de importaciones. El problema es que, dada la naturaleza de cada modelo, las reglas de juego suelen estar en oposición y lo que es bueno para uno no lo es necesariamente para el otro. Salvo el tipo de cambio alto, que beneficia a ambos, provocando mayores ingresos para los exportadores y protección para los fabricantes locales, el resto genera efectos dispares y cada tanto suele tensar la sensible relación campo - industria.

Un modelo sustentable
Como se puede apreciar, la cuestión planteada no es de resolución sencilla. Requiere revisar los fundamentos del modelo económico y hallar cursos de acción capaces de resolver de modo virtuoso el dilema ancestral entre campo e industria. Y el asunto de si crecer hacia adentro o hacia afuera. Entre apostar al mercado interno, como se hace actualmente, o al externo; o a ambos a la vez, con las dificultades propias del caso. Implica resolver si la Argentina debe producir prioritariamente para exportar o, en cambio, exportar sólo los excedentes del consumo doméstico. El ejemplo más patente es el de la carne.

En esa misma línea, cabe preguntarse si la Argentina debe decidir su modelo productivo sólo a partir de sus ventajas competitivas, lo cual nos convertiría claramente en un país proveedor de materias primas, o la sumo agroindustrial; si debe mantener rubros tradicionales cada vez más asediados por la competencia global o si, en cambio, debe transitar hacia una matriz más competitiva e integrada. Una cuestión netamente macroeconómica, ligada al primigenio dilema de la asignación de recursos. Mantequilla o cañones, según Samuelson. Todo un intríngulis, que lejos de ser una disyuntiva abstracta, comprende realidades sociales insoslayables. Tanto que el dilema planteado luce como una falsa opción. Diversificar, asoma entonces como la mejor respuesta.

Sin embargo, el problema no termina allí: a la hora de tomar decisiones concretas, no da lo mismo hacer una cosa que otra. Mientras la cuestión no se dilucide, la polémica entre proteccionistas y librecambistas; entre defensores del mercado interno y abanderados de la apertura externa, volverá cada tanto a ocupar el centro de la escena. Pese a que hay quienes sostienen que se trata de una discusión inoficiosa, que en definitiva al perfil productivo no lo resuelve ninguna elucubración teórica sino la fuerza de los hechos, el debate permanece abierto y de tanto en tanto cobra temperatura.

El modelo alternativo que se propone tiene como base las potencialidades regionales, la promoción e integración de cadenas primarias de valor capaces de generar alta ocupación de mano de obra y mayor desarrollo local de modo sustentable. Para favorecer, a su vez, el restablecimiento del equilibrio físico y una distribución demográfica más racional en el país. La identificación de esos sectores es bastante sencilla, casi obvia: del catálogo productivo forman parte las industrias lácteas, cárnicas y aceiteras de la región pampeana; el complejo foresto industrial del NEA; la vitivinicultura de Cuyo y otras regiones; las pomáceas del Alto Valle y los cítricos NOA; la pesca de la Patagonia; la minería sustentable en la zona andina; la metal mecánica de Córdoba y Santa Fe; el turismo en las zonas más dotadas y muchos otros rubros igualmente prometedores desde el punto de vista económico.

El entorno macroeconómico, por su parte, debe ser claramente amigable para el desarrollo de estas actividades y regiones, y las políticas públicas acompañar el esfuerzo productivo, no al revés como ocurre en algunos casos. Más crédito, mejores impuestos, menos trabas burocráticas, adecuada infraestructura y regulaciones más inteligentes parece ser el mejor aporte del Estado a una economía de mayor valor agregado y plena ocupación.

Y explorar nuevos territorios productivos, otras ventajas comparativas con que cuenta la Argentina. Por ejemplo, sacar mayor partido de una potencialidad universalmente reconocida: la inteligencia y creatividad argentinas, tan alabadas como poco explotadas. Sin que se notara demasiado, en los últimos años se desarrollaron nuevas ramas de actividad que tienen que ver con el conocimiento y que pueden ofrecer inmejorables perspectivas a la hora de exportar valor agregado argentino. Se trata de una producción más sofisticada, menos física y más intangible que las carnes o los granos, pero que pueden complementar perfectamente las exportaciones tradicionales: tecnología agropecuaria y agroindustrial, software para diferentes usos, contenidos de televisión, biotecnología, cine, diseño y moda; know how en general, algo que estamos en condiciones de producir y proveer en condiciones competitivas y que hasta hoy no hemos prestado la atención debida.

La reflexión final es que, teniendo en claro que el fin último de la economía es el bienestar del hombre, lo que todo modelo económico debe procurar es que ambas fases -generación y distribución de la riqueza- funcionen virtuosamente. Producir más y repartir mejor, parece ser la consigna: nada justifica que en un país rico en recursos como el nuestro, uno de cada tres argentinos sea pobre.

Va siendo hora de cambiar esa realidad.