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Los votos de Cristina
 
El contundente triunfo electoral de Cristina Kirchner está cimentado en méritos propios y en errores ajenos, como ocurre casi siempre en política. Entre los primeros, corresponde apuntar la capacidad de la presidenta para revertir un escenario francamente adverso como el que se le presentó en su primer año de gestión causado por el conflicto con el campo. El costo político se pagó al año siguiente, cuando el Frente para la Victoria recogió un porcentaje magro de votos y Néstor Kirchner perdió en el principal distrito electoral, la provincia de Buenos Aires.

Ese paisaje político se mantenía sin demasiadas variantes al tiempo de la muerte del ex presidente, en octubre de 2010, complicando las perspectivas electorales para el siguiente turno, los comicios presidenciales del 2011. Sin embargo, por entonces ya se avizoraban los beneficios de un modelo económico que había sido capaz de sortear con éxito el colapso provocado la caída de Lehman Brothers y el consiguiente tembladeral a escala mundial. La fuerte apuesta al mercado interno y las políticas públicas dirigidas a incentivar el consumo dieron buenos resultados, permitiendo que el país siguiera funcionando sin mayores sobresaltos y creciendo a los mismos niveles que antes de la crisis. La buena marcha de la economía revirtió el clima adverso y el gobierno recuperó el consenso de la población, al punto de que hasta los sectores más críticos, como el campo, cambiaron de actitud.

Ese costado objetivo de la realidad, sumado a la entereza anímica y capacidad de liderazgo demostradas tras la pérdida de su esposo, consolidaron una imagen positiva de la presidenta que no cesó de crecer en los meses previos a las elecciones, tal como quedó demostrado en las primarias del 14 de agosto. Entretanto, del otro lado del mostrador se producía el fenómeno inverso: una oposición que se quedó detenida en el tiempo y que, lejos de leer correctamente el nuevo escenario, cometió un error tras otro allanando el camino de la reelección de Cristina.
Sin embargo, adjudicar el triunfo sólo a razones de orden económico o a las torpezas de la oposición sería caer en una simplificación extrema y hasta cometer un acto de injusticia. Resulta obvio que un gobierno envuelto en serias dificultades económicas difícilmente pueda ganar una elección, del  mismo modo que, a la inversa, si no se tienen rivales de fuste es difícil perderla, pero en este caso hay razones adicionales. Que están por encima de logros o lagunas puntuales de la gestión que, en su caso, pueden sumar o restar puntos en determinadas franjas del electorado.

Razones de orden general, podría decirse, que tienen más bien que ver con que los argentinos decidieron convalidar un rumbo que va más allá de lo meramente económico. Eso no significa que la ciudadanía apruebe todas y cada una de las cosas que hace el gobierno, o que vote de modo acrítico o soslayando lo malo, sino que a la hora de elegir prevalece una premisa de orden superior: la sociedad no desea volver hacia atrás, a lo que considera agotado o superado, y en consecuencia renueva su crédito a la conducción que le inspira más confianza. Por eso mismo no resulta casual que los postulantes más castigados hayan sido los más comprometidos con el proceso político anterior al ciclo iniciado en el 2003.

Para entender mejor lo dicho, conviene preguntarse por qué en Argentina no se manifiesta el fenómeno social de los “indignados” como sí ocurre en otros países. Y es porque aquí nos indignamos antes, hace diez años, cuando la gente salió a las calles a golpear cacerolas y pedir a gritos que se vayan todos. Pues bien, ese estado de cosas, lejos de extinguirse, siguió su curso subterráneo y sigue manifestándose cada vez que las circunstancias lo permiten; claro que una manera mucho menos virulenta, aunque con gran efectividad. Y los penalizados de hoy son quienes aparecen a ojos de la gente como resabios de aquel proceso incompleto de depuración de la parte de la dirigencia política que sigue atada a paradigmas del pasado y que, por eso mismo, no logra reciclarse.

Vistas las cosas desde este punto de vista, Cristina es claramente la emergente de un nuevo modelo de representación ciudadana que demanda de los gobernantes, además de eficiencia e idoneidad, atributos como sensibilidad social, carisma, fortaleza espiritual y liderazgo. Es una sociedad exigente la nuestra, y no cualquiera está en condiciones de superar el desafío que impone conformarla y ganarse su confianza.

Sin embargo, estas elecciones, como cualquier otra, son apenas un round de la política. Creer que por ganar una elección se tiene “la vaca atada” es pecar de ingenuidad y quedar a merced de los riesgos que entraña esa sensación ficticia de perpetuidad que suele insuflar el éxito ocasional. Las elecciones son apenas una fotografía que se toma de tanto en tanto, un recuento globular que permite comprobar cómo funciona el organismo, pero no deciden la suerte de los gobiernos. Lo que gravita en el juicio histórico es el resultado de una gestión concluida, la cuenta final, la que abarca al ciclo completo y deja bien o mal parado al protagonista frente a la Historia. La que se está escribiendo por estos días en la Argentina. Y que es apasionante.