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La soberanía, según pasan los años
 

El 20 de noviembre de 1845, hace 173 años, los cañones de Lucio N. Mansilla frenaban el paso de la flota anglofrancesa que surcaba las aguas del Paraná.

Por entonces, Francia e Inglaterra desconocían la soberanía argentina y navegaban los ríos interiores a su antojo. Juan Manuel de Rosas —gobernador de la provincia de Buenos Aires y Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación—, picado por esas incursiones no autorizadas, mandó a reforzar las baterías emplazadas en lo alto de la Vuelta de Obligado, un recodo del río cercano a la localidad bonaerense de San Pedro donde forzosamente las naves debían aminorar la marcha y aproximarse a la orilla.

Aquel día, cuando la flota enemiga llegó al lugar se encontró con que gruesas cadenas amarradas a distintas embarcaciones les impedían el paso, quedando a merced de los proyectiles lanzados desde lo alto de las barrancas, en medio de vítores a la patria proferidos a voz en cuello por los entusiastas defensores cada vez que un cañonazo daba en el blanco.

Hubo numerosas bajas en ambos bandos y el propio Mansilla resultó herido. El enfrentamiento duró horas, derivando en combate cuerpo a cuerpo cuando el enemigo desembarcó, tratando de ganar las posiciones ribereñas. Al caer la tarde, la flota enemiga pudo al fin cortar las cadenas y remontar el caudaloso río rumbo al Paraguay. Atrás quedaron restos flotantes, maderos en llamas y decenas de cadáveres flotando en las aguas marrones del río. Pese a que no se logró una victoria completa, las milicias criollas cumplieron cabalmente con su deber, dejando en claro ante el mundo que la soberanía argentina era innegociable.

El combate de la Vuelta de Obligado le valió a Juan Manuel de Rosas el reconocimiento de notables contemporáneos, entre ellos el general San Martín, quien, cuando recibió la noticia exclamó: “Los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. Por esa y otras muestras de patriotismo, legó a Rosas su legendario sable corvo.

Por todo ello, a la hora de elegir una fecha emblemática, en 1974, a instancias del historiador revisionista José María Rosa, se sancionó la Ley 20.770 que declaró el 20 de noviembre como Día de la Soberanía, efeméride abolida por la dictadura en 1976 y repuesta en 2010 mediante decreto presidencial Nº 1584/10.

La soberanía hoy
A lo largo del siglo 20, la cuestión de la soberanía nacional de antiguas colonias y países dependientes estuvo en el centro de las guerras antiimperialistas y revoluciones que sacudieron al mundo. El derrumbe de la ex Unión Soviética, la fragmentación de la región balcánica y los cambios en el mapa africano son algunas de las secuelas recientes del proceso ulterior que, con el paso del tiempo, asume nuevas características y dimensiones.

Tradicionalmente, la expresión “soberanía nacional”, aludió al dominio, posesión y control efectivo de los recursos y atributos de todo país independiente y a su capacidad de decidir u obrar en función de sus propios intereses. Durante buena parte de nuestra historia, dicha concepción tuvo una dimensión espacial directamente asociada a la pertenencia y custodia de territorios, recursos naturales y fronteras. Desde esa perspectiva, subsiste como principal reivindicación lograr que Inglaterra reconozca nuestros derechos sobre las islas Malvinas, a la vez que, previsiblemente, en un futuro cercano podrían plantearse disputas similares con relación a la posesión y explotación de territorios antárticos pretendidos por otros países.

Según pasan los años, en un mundo interdependiente y sin fronteras virtuales, esa visión “territorialista” —sin perder importancia— dejó de ser absoluta, relativizada por la incorporación de otros componentes menos tangibles pero igualmente relevantes a la hora de medir el rango de autodeterminación de los países; tales como la generación de conocimiento científico y tecnológico, la autosuficiencia económica o la capacidad defensiva de cada uno de ellos.

En otras palabras, la noción de soberanía dejó de ser un concepto eminentemente físico para virar hacia una dimensión elástica, cuasi líquida, acorde con la nueva agenda impuesta por la posmodernidad. En los tiempos que corren, no bastaría con levantar una muralla como hicieron los chinos en la antigüedad para impedir intromisiones no deseadas; el resguardo de la soberanía es más complejo.

En efecto, el dominio de tecnologías de última generación, recursos armamentistas y poder financiero confiere a las naciones que los detentan mayor autonomía y, a su vez, mayor peso global, influencia sobre el resto y preeminencia en los organismos supranacionales. A la inversa, aquellos países que adolecen de todo eso, lucen más vulnerables a las presiones y condicionamientos externos.

Desde esa perspectiva conceptual, sucintamente planteada, nuestro país no está pasando por el mejor momento. Exhibe una alicaída capacidad defensiva, viene achicando el presupuesto en ciencia y tecnología y volvió a quedar sujeto a acuerdos con el Fondo Monetario Internacional que condicionan su autodeterminación en materia económica y fiscal.

Este panorama deberá ser revertido en el mediano y largo plazo para que la noción de soberanía no quede reducida a un mero recurso retórico y buena parte de nuestra mejor historia devenga en una gran laguna de nostalgia.