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La reinvención del peronismo
 
Tras la muerte de Néstor Kirchner, muchos se preguntan qué rumbo tomará la política argentina. Una primera respuesta podría ser: el que trace el peronismo. Quizá luzca un tanto simple, y hasta desaprensiva para con el resto de los partidos. Sin embargo, no es ninguna de las dos cosas, sino más bien un dato de la realidad: el peronismo ha estado, en los últimos 65 años, por acción u omisión, en el centro de la escena política del país.

Durante todo ese tiempo, fue puesto a prueba en varias ocasiones de las que salió indemne. Algunas extremas, como la Revolución Libertadora de 1955, cuando la consigna era borrarlo del mapa. Otras, como las recurrentes proscripciones que sufrió en su momento. O los sucesivos intentos de cooptación de parte de su dirigencia para aislar a Perón.

Ninguna de esas recetas dio los resultados esperados y, para desconsuelo de sus enemigos, el peronismo se las arregló para seguir en pie y renovar cada tanto su lozanía. La prueba de fuego fue, sin duda, la muerte de Juan Domingo Perón, en 1974, acaecida en un momento de gran turbulencia y desgarramientos internos. A la que siguió la dura derrota electoral de 1983, la más dolorosa por ser la primera. Sin embargo, el peronismo se renovó y volvió al poder en el siguiente turno electoral.

La fórmula fue siempre la misma: reinventarse a sí mismo, adecuarse al signo de los nuevos tiempos, haciendo gala de un envidiable pragmatismo y olfato por el poder. Ese asunto, el del poder, representa la quintaesencia del peronismo: si no lo tiene, lo busca sin tapujos. Es su marca de fábrica, así lo concibió su fundador: como un partido para gobernar, no para hacer de opositor. Su límite es el llano, un lugar inhóspito donde ninguno de sus dirigentes desea recalar.

Historia reciente
El llamado kirchnerismo no es otra cosa que la reinvención más reciente del peronismo, impulsada por las secuelas de la crisis doméstica de fines de 2001 y los nuevos vientos globales que convirtieron en chatarra los paradigmas noventistas devenidos en anacrónicos,. No en vano, en 2003 resultó electo Néstor Kirchner, el menos conocido de los candidatos, y por eso mismo, el menos contaminado de “vieja política” a ojos de una ciudadanía fatigada. Enseguida comenzó la reinvención, que incluyó el izamiento de paradigmas de nuevo cuño, la cohabitación del peronismo con otras organizaciones y movimientos sociales de distinto signo ideológico, el fortalecimiento del Estado, una política activa de derechos humanos y nuevos alineamientos internacionales.

Ayudado por la recuperación de la economía, Kirchner, el reinventor, edificó el sistema de poder que le permitió redondear un gobierno exitoso; el mismo que catapultó a Cristina a la presidencia, y –al menos era lo que se esperaba- garantizaría la continuidad del modelo más allá del 2011. Sin embargo, el destino jugó sus cartas y todo vuelve a empezar.

Lo que viene
Hay una nueva reinvención en ciernes. Que seguramente tendrá a Cristina Fernández en el centro de gravedad. La presidenta asumió el liderazgo vacante y además cuenta a su favor con la inveterada tradición del peronismo de dejar de lado cuestiones de detalle y encolumnarse detrás de quien ofrece mejores posibilidades de conservar el poder; ella, hoy por hoy. Nadie sacará los pies del plato antes de tiempo. Otra cuestión que va en la misma línea es que la economía marcha sobre ruedas, reserva hecha del único factor de riesgo real: la inflación, cuyo desborde podría alterar el paisaje político. De no ser así, no debieran esperarse sobresaltos en la gestión gubernamental. A este cuadro debe agregarse el desconcierto de la oposición, que sigue sin encontrar el modo de ganarse la confianza de la sociedad.

Así las cosas, el principal desafío del peronismo será englobar detrás de un objetivo común las estructuras tradicionales –gobernadores, intendentes, sindicatos, etc.- con las construcciones colaterales que hasta hoy conviven bajo el paraguas oficial. Una fusión compleja de dos espacios que se recelan mutuamente y no se sienten parte de lo mismo, que apenas se toleran. Estará en la muñeca presidencial lograr esos equilibrios sutiles pero cruciales a su vez, capaces de sostener el andamiaje de poder y proyectarlo en el tiempo.

No hay motivos para juzgar de antemano que ello no será posible. Además, por la razón que fuere y si las circunstancias lo aconsejan, cabe la alternativa de que el peronismo se reinvente bajo otra modalidad, con otras caras inclusive.

Como siempre, la última palabra la tendrá la gente, esa “mayoría silenciosa” a la que apelaba Richard Nixon en sus discursos, que deberá decidir si prefiere que un peronismo reinventado siga conduciendo los destinos del país, o si en cambio resuelve darle una oportunidad a la oposición en caso de que mejore la oferta. Pero para eso falta bastante. Por el momento, conviene seguir con atención para qué lado apunta la demanda ciudadana, porque habitualmente la sociedad busca asociar sus expectativas con quien encarna mejor que otros la posibilidad de satisfacerlas.