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La educación que supimos conseguir: Educar al soberano
 
La divulgación del último Informe Pisa, el estudio internacional que cada tres años evalúa el desempeño de alumnos quinceañeros de 65 países en cuestiones tales como Comprensión de Lectura, Matemáticas y Ciencias, mostró a la Argentina en caída, desnudando una vez más las fallas del sistema educativo que se vienen advirtiendo desde hace rato y que Guillermo Jaim Etcheverry bautizó con acierto La tragedia educativa, un libro indispensable que nos exime de abundar en lo que allí se describe con talento y autoridad.

Conviene aclarar de entrada que el propósito de la presente nota, lejos de alimentar la polémica política abierta tras conocerse nuestros pobres resultados, es aportar algunos puntos de vista a un debate de fondo que no sólo involucra al gobierno y a la comunidad educativa, sino que concierne a la sociedad en su conjunto. Y esto es así porque la excelencia educativa fue un valor fundante de la Argentina moderna, una turbina que favoreció su crecimiento pero que perdió potencia a lo largo del siglo XX sin que los  gobiernos de turno, civiles o militares, ni las sucesivas generaciones hicieran gran cosa para detener ese proceso de deterioro que es preciso revertir con urgencia.

Así fue como el legado decimonónico de figuras emblemáticas como Domingo Faustino Sarmiento, Nicolás Avellaneda o Joaquín V. González, materializado en la sabia Ley Nº 1420 de educación obligatoria, laica y gratuita, se nos fue escurriendo como arena entre los dedos sin que atináramos a salir al rescate de una herramienta tan poderosa para el progreso de los pueblos como lo es la educación. El fortalecimiento de la escuela pública fue, por lejos, la política de Estado más virtuosa de la hora fundacional, y sostenida, aunque con altibajos, hasta bien entrado el siglo XX.

Al respecto, basta con recordar el formidable papel integrador, igualador y formador de una conciencia nacional que desempeñó el sistema educativo durante décadas, contribuyendo al desarrollo integral del país, tanto que en poco tiempo Argentina borró al analfabetismo del mapa y asumió el liderazgo indiscutido en la materia marcando el rumbo a seguir por los demás países sudamericanos.

Sin embargo, no se persistió en ese camino y, en cambio, se permitió que la educación sufriera los avatares propios de un país que atravesó por circunstancias azarosas en materia económica, política e institucional. Los resultados están a la vista.

Cantidad y calidad
La insuficiencia de las partidas destinadas a financiar la educación se menciona a menudo como una de las causas del fracaso educativo, cuando no la principal.  En efecto, la queja más escuchada a la hora de buscar explicaciones o justificativos es la escasez de recursos; en otras palabras, que si el Estado pusiera toda la plata que hace falta para sostener la educación, las cosas serían muy diferentes.

Hay que reconocer que el argumento resulta tentador; resulta obvio que en lugar de la escasez actual y pasada sería preferible contar con un mayor presupuesto educativo que posibilitara, por ejemplo, construir más escuelas, equiparlas como Dios manda y pagarle mejor a los docentes. Tendríamos una infraestructura escolar acorde y maestros contentos, lo que no es poca cosa. Nadie puede estar en contra de fines tan loables

Sin embargo, aun cuando ello fuese algo posible de concretar, sería sólo una parte de la solución. Aunque se sacaran de algún lado y se inyectaran al sistema los recursos que faltan, los problemas estructurales subsistirían, porque muchos de ellos no son de raíz económica, o al menos no del todo. Con más plata habría, seguramente, más computadoras o mejor confort en los edificios escolares, pero la calidad educativa, lo que realmente cuenta, no variaría demasiado.

Esto es así porque el deterioro de la educación en la Argentina tiene un costado cuantitativo palpable, y como tal solucionable con plata; pero a la vez uno cualitativo, asociado a los contenidos y métodos de enseñanza, a cuestiones pedagógicas y motivacionales que requieren un tratamiento más sofisticado, menos voluntarista.

Educación y política
A nivel político existe una marcada predilección por el enfoque cuantitativo del problema educativo, de allí que el discurso “políticamente correcto” encierra a menudo promesas incumplidas de reforzar las partidas presupuestarias destinadas a la educación, levantar más y más edificios escolares, aumentar la cantidad de días de clase o jerarquizar a los maestros; a la vez que omite incursionar en el terreno anegadizo de la calidad educativa, donde no es tan fácil guitarrear.

Con frecuencia, algunos gobernantes se jactan, de buena fe, de haber inaugurado más escuelas que sus antecesores, olvidándose de que aunque se multiplique la cuenta física de establecimientos educativos, lo cual sería muy bueno, todo seguirá igual si en ellos se sigue enseñando lo mismo y de la misma manera que se lo viene haciendo en las últimas décadas con los resultados conocidos.

Un razonamiento similar puede aplicarse al salario docente, que todos quisiéramos que fuese el doble de lo que es. ¿O acaso no sería mejor que los maestros estén conformes con su salario y no deban recurrir a otros trabajos, licencias médicas y cosas por el estilo para redondear un ingreso? ¿Quién puede estar en contra de que se les aumente el sueldo a los docentes argentinos? Nadie que esté en su sano juicio. Sin embargo, tampoco sería esa la solución.

Es que el enfoque cuantitativo del problema, como se dijo, sólo ataca una parte de la cuestión, la que tiene que ver con la atención formal de la creciente demanda del servicio educativo, que año tras año requiere de más infraestructura y maestros,  pero suele dejar de lado la otra parte, la que tiene que ver con la calidad educativa y el sujeto como producto final del sistema. Algo que se arregla no sólo con más plata, y allí es donde hacemos agua y seguimos cuesta abajo en la tabla global de posiciones, mal que nos pese.

La madre de todas las batallas

La cuestión educativa está asociada a los problemas estructurales, no puede abordarse al margen de la realidad social. Los altos niveles de exclusión y marginalidad, el desempleo o el trabajo informal, la pauperización de la clase media y otros, son fenómenos para nada neutros, sino que ejercen presión sobre la escuela pública, obligándola a asumir roles para los cuales no fue pensada o simplemente no está preparada.

Basta con recordar que en zonas marginales el mayor incentivo de las familias para enviar sus hijos al colegio sigue siendo que allí están a resguardo durante parte del día y, fundamentalmente, se les da de comer. Sin duda que no es fácil aprender con el estómago vacío; aún así, la prioridad de la finalidad educativa no debe perderse de vista por encima de todo lo demás.

No es sencillo educar en esos establecimientos conocidos como urbano – marginales, donde la miseria muestra su peor cara. Los niños que concurren a esos colegios son hijos de padres que no tienen trabajo o que viven de changas en el mejor de los casos. La situación familiar y el ambiente promiscuo y despojado a la vez en que viven, los hacen menos proclives a la sociabilidad y más vulnerables ante flagelos como las drogas o la delincuencia juvenil. Con frecuencia se constatan casos extremos de alumnos que concurren a la escuela armados o que consumen alguna sustancia dentro del establecimiento. Las agresiones a los docentes son moneda corriente, por lo que también lo son la rotación de maestros o las vacancias prolongadas. Por razones como las mencionadas, en esos colegios los niveles de repitencia, sobreedad y deserción son los más altos del ranking.

En esas condiciones, la capacidad de contención del sistema escolar está severamente disminuida; el abordaje de esta problemática es complejo y requiere de un enfoque integral, que trasciende la esfera de lo puramente pedagógico.

La otra cara de la moneda, el correlato de la brecha social existente, son los opulentos colegios privados donde las familias pudientes mandan a sus hijos, confiadas en que allí se enseña mejor y que, además, funcionan como una suerte de campana de cristal capaz de aislarlos de la realidad que los circunda, algo imposible.

Una buena noticia, más allá de los costados polémicos que mostró la movida estudiantil del 2010, fue el renacido interés de los jóvenes cordobeses en cuestiones de fondo como el estado calamitoso de los colegios o ciertos contenidos de la nueva ley de educación. Quizá hubo algunos excesos, pero ello no justifica la lectura superficial que muchos hicieron de un hecho, el protagonismo juvenil, que debe ser percibido como saludable.

En conclusión, la preocupación central sigue siendo educar al soberano, tal como proclamaba Sarmiento; reconstruir la escuela pública, elevarla, devolverle la lozanía que alguna vez tuvo y que ya no tiene. Recuperar la excelencia educativa: ésa es la madre de todas las batallas y según cómo la peleemos será nuestro destino colectivo.