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La democracia argentina, 201 años después
 
Pasó el Bicentenario y todo sigue su curso, sin que nada haya cambiado demasiado. Más allá de los fastos, que los hubo y de buena factura, sobre todo en la metrópoli porteña, la sociedad argentina no aprovechó la ocasión para hacer una reflexión madura y, por ejemplo, discernir cuánto del mandato fundacional ha sido cumplido y cuánto sigue pendiente.

La gesta independentista que se puso en marcha el 25 de Mayo de 1810 fue apenas el punto de partida de un proceso que tardaría varias décadas en completarse.

Los hombres de Mayo fueron quienes pusieron a la antigua colonia en ese sendero, pero la mayoría de ellos partió de este mundo sin ver completada su obra. Devorados por la política, la guerra o el infortunio; Moreno, Castelli, Belgrano, Saavedra, Vieytes y tantos otros sucumbieron antes de que la semilla sembrada por ellos germinara del todo. Sin embargo, lo hecho no fue en vano: las generaciones que les siguieron continuaron la tarea y, un poco a los ponchazos y con alguna tardanza, sentaros las bases de la Argentina moderna.

Sin embargo, pese a que todo parece estar en su lugar, falta mucho para proclamar la madurez de esa República concebida por los protagonistas de la Revolución de Mayo, fecundada por la sangre de los guerreros de la Independencia y pensada por las mejores mentes del siglo 19.

Argentina 2011
“La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma republicana, representativa y federal”, proclama, solemne, el primer artículo de la Constitución Nacional sancionada en 1853. Cuya redacción original, afortunadamente, sorteó el arresto reformista de 1994; al menos la letra, porque su inspirada esencia alberdiana había quedado en el camino mucho antes, arrasada por la realidad que siguió un libreto bastante diferente. Por eso mismo, 201 años después de aquel 25 de Mayo, bueno es preguntarse: ¿Qué tan republicana, representativa y federal es nuestra Argentina de hoy?

Nadie pone en duda que desde 1983, con el restablecimiento del Estado de derecho, las formas se han guardado más o menos aceptablemente y las nefandas dictaduras del pasado quedaron definitivamente atrás. Sin embargo, lejos de haber mejorado la calidad institucional, por diversos factores, la renacida democracia argentina perdió buena parte del glamour que exhibía en aquella venturosa primavera de 1983, cuando un tiempo de esperanzas renovadas abría sus puertas de par en par.

Después, el devenir de los acontecimientos se encargó de poner esos sueños en caja. El resultado es el que se tiene a la vista: un paisaje institucional poblado de luces y sombras, donde conviven prometedores signos de maduración ciudadana con vestigios de autoritarismo y residuos difusos de antagonismos pasados. Todo mezclado, como la Biblia y el calefón del legendario tango de Discépolo.

Volviendo a la pregunta del principio: ya en camino al Tercer Centenario, la Nación Argentina, ¿es o no es lo que dice la Constitución? ¿O lo es sólo a medias? Veamos.

Republicana
El diseño republicano, todos lo sabemos, reposa sobre algunos pilares básicos. La división de poderes, la periodicidad de los mandatos y la publicidad de los actos de gobierno, entre los principales. Aquí y ahora, la división de poderes existe como tal, al menos formalmente, y a nadie se le ocurriría poner en tela de juicio este sabio principio que asegura sanos equilibrios y controles cruzados. Desde Montesquieu para acá, no se inventó nada mejor para evitar la concentración del poder y asegurar un ejercicio equilibrado del mismo.

Sin embargo, no es ninguna novedad que, en la Argentina, este principio esencial se cumple a medias. Lo que existe de hecho es precisamente lo contrario: la sujeción de dos poderes –Legislativo y Judicial- a un tercero, el Ejecutivo, que en nuestro país parece tener una jerarquía superior a los demás.

Y si no, basta posar la mirada sobre el Congreso Nacional, por ejemplo, que ha venido resignando potestades y funciones que le son propias. Convertido en ocasiones en una mera prolongación del Poder Ejecutivo, el parlamento argentino dejó de ejercer muchas de las prerrogativas que le otorga la Constitución para frenar o corregir situaciones que pueden afectar el buen desempeño de las instituciones o lesionar el interés público.

En síntesis: no pareciera que la “forma republicana” que establece la Constitución para la Nación Argentina se esté cumpliendo cabalmente. Nos falta bastante para eso.

Representativa

Tampoco nos va mejor con lo de “representativa”. “El pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes...”, sentencia el artículo 22 de la Constitución Nacional. Queda entonces claro que la nuestra, al menos en los papeles, es una democracia representativa. O de representación indirecta, si se prefiere.

Algo falla en un sistema que permite, entre otras anomalías, representar hoy a un distrito y mañana a uno distinto, o alcanzar la banca por un partido y a los cinco minutos pasarse a otro sin que pase nada. Mejorar la calidad de la representación ciudadana, 201 años después, sigue siendo una asignatura pendiente.

Federal
El país todo sigue orbitando en torno a Buenos Aires, que en el reparto no sólo se queda con la parte del león, sino que impone al resto del país su cultura, sus modos y hasta sus frivolidades, que muchas veces celebramos.

La mayor deformación reside en la distribución de los recursos fiscales, la famosa “caja”, como se le llama vulgarmente a los dineros del Estado. Lejos de apuntar hacia un federalismo fiscal que tienda a igualar, el sistema de obtención y reparto de fondos públicos vigente ensancha la brecha y, lo que es más grave, concentra más aún el poder de decisión en pocas manos.

No se trata por cierto de reabrir el viejo pleito entre unitarios y federales -que por otra parte serviría de muy poco-; de lo que se trata es de analizar desapasionadamente como poner en práctica un federalismo activo, moderno y capaz de restablecer el equilibrio perdido.

Desafío colectivo La buena noticia es que para remediar los males sucintamente repasados no hace falta cambiar la Constitución, abolir las instituciones, ni provocar una guerra civil. Alcanza y sobra con lograr que la república funcione tal como fue diseñada.

Una última reflexión: reparar el casco de la nave republicana, ponerla en valor nuestra democracia, no es responsabilidad exclusiva de la dirigencia política, ni siquiera de un solo gobierno, cualquiera sea. Sería demasiado cómodo sentarnos a esperar que otros hagan por nosotros lo que es una faena colectiva, que compete al conjunto de la sociedad.

Sólo si somos capaces de asumir el desafío de construir una verdadera República honraremos la memoria de los hombres de Mayo, de los que se animaron a soñar una Patria libre, soberana e igualitaria. Hace de eso 201 años.