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El peronismo, 53 años después
 
El 16 de setiembre de 1955 quedó atrás. Muy atrás. Y sin embargo, el peronismo, contra todos los pronósticos, desafiando –entre otras– la ley de la gravedad, sigue incólume, como si nada. Dueño de una vigencia envidiable que torna difícil imaginar la política argentina sin él. Así de simple. Para solaz de muchos y pesar de otros tantos, sigue allí, aferrado al poder, ejerciéndolo o acechándolo, según las circunstancias. Luciendo sin complejos una llamativa longevidad que parece darle la razón a John William Cooke, el mismo que hace cuatro décadas, probablemente sin imaginar que quedaría en la historia, lanzó aquella frase tan inspirada como premonitoria: “El peronismo es el hecho maldito del país burgués”, susceptible a su vez de conformar tanto a peronistas como a antiperonistas.

Maldito o no, es innegable que el peronismo se las arregló para sobrevivir a todos los intentos de acabar con él y logró que la política, para bien o para mal, siguiera girando en su torno hasta el presente. ¿Por qué? ¿Qué extraña condición encierra que lo hace perenne e insoslayable a la vez? ¿Cuál es el misterioso hechizo que lo torna incombustible?

La Revolución Libertadora
Era sólo cuestión de tiempo, todos lo sabían. La suerte de la segunda presidencia de Juan Domingo Perón estaba echada desde que, perdida buena parte de su encanto y empuje iniciales, el peronismo se había ganado enemigos de gran porte, como la Iglesia y las Fuerzas Armadas por caso. Y por si fuera poco, Evita ya no estaba en este mundo.

Que el final estaba cerca quedó claro en junio de 1955, cuando los aviones de la Marina de Guerra bombardearon sin aviso la Casa de Gobierno y la plaza aledaña, dejando casi 400 muertos a su paso, pero no el que pretendían: el principal habitante del poder. Aun así, no quedaron dudas de que esta vez la cosa venía en serio.

Por eso nadie debió extrañarse cuando apenas tres meses después se encendió un nuevo foco rebelde, en Córdoba, la Docta, hasta donde se trasladó el general Eduardo Lonardi para sublevar la guarnición local. No le costó mucho: sabía que pisaba terreno fértil y así fue. El 16 de setiembre se levantó la Escuela de Artillería y, desde temprano, los llamados comandos civiles ganaron las calles para apoyar la movida. Tras una serie de escaramuzas que se prolongaron durante todo el día, al caer la noche, Córdoba estaba en manos de los golpistas.

Sin embargo, a partir de ese momento los hechos se tornaron un tanto confusos: las fuerzas leales ensayaron una tibia reacción, en tanto que entre el resto cundía cierta incertidumbre acerca de las reales posibilidades de éxito de la asonada. La población, por su parte, permanecía expectante en sus casas, y Perón vacilaba entre renunciar o llamar a la resistencia.

Así estaban las cosas hasta que, luego de tres jornadas cargadas de tensión, el lunes 19 de setiembre el aún presidente abandonó la residencia oficial y, bajo una lluvia inclemente, abordó una cañonera paraguaya surta frente al puerto de Buenos Aires. Todo había terminado. Salvo los tiros que se dispararon en Córdoba, casi no hubo otros. Perón no dio pelea: por cobardía, dijeron sus enemigos; por prudencia, se justificó él mismo años después.

Enseguida, una multitud que nada tenía que envidiarles a las que sabía convocar el peronismo en sus mejores días, colmó la Plaza de Mayo y, eufórica, para exorcizar el pasado reciente de los argentinos, entonó a voz en cuello las estrofas de la Marcha de la Libertad. Todo bajo la mirada satisfecha y atenta del almirante Isaac Rojas y los mandos navales que, desde una corbeta, contemplaban a la distancia el estimulante espectáculo de los pañuelos blancos que saludaban a la Revolución triunfante. Mientras, la otra mitad del país, menos glamorosa, lloraba en silencio la infausta caída del hombre en quien había depositado sus mejores sueños.

El país sin peronismo
“Ni vencedores ni vencidos”, proclamó, indulgente, Lonardi, el jefe de la sublevación. Pero no. No era ése el espíritu que anidaba en sus colegas del Ejército, mucho menos entre los recalcitrantes marinos: no se habían tomado el trabajo de desalojar a Perón para que todo volviera a ser como antes. No, señor; había vencedores y vencidos, y muy pronto unos y otros tomarían buena nota de ello.

Por eso Lonardi duró escasos 50 días en el poder, hasta que lo reemplazó una dupla que sí encarnaba el espíritu “gorila” –como bautizó la jerga popular a los antiperonistas de esa hora- de la Revolución Libertadora: Aramburu-Rojas. La misma que se dispuso a exterminar al peronismo de una vez y para siempre y que, en esa línea, unos pocos meses más tarde no vaciló en ordenar el fusilamiento de civiles sin juicio previo en los basurales de José León Suárez. No, a ellos no les temblaría la mano.

Mientras Perón deambulaba sin rumbo por distintos países de Latinoamérica, aquí, sus seguidores la pasaban mal, a merced de un régimen que amenazaba con no dejar en pie ningún testimonio de una época de la que no debía quedar ni rastro. Ni siquiera el cadáver de Evita se salvó de la furia de los inquisidores.

Sin embargo, no pasaría mucho tiempo, apenas unos meses, para que los militares comprobaran que la cosa no iba a resultar tan sencilla como pensaban: en las elecciones de constituyentes de 1957 ganó el voto en blanco, obviamente peronista. Y, más grave aún, en las presidenciales de 1958, una triquiñuela de Perón depositó al malquerido Arturo Frondizi en el sillón de Rivadavia. A regañadientes, los militares le permitieron asumir el mando, pero lo abrumaron durante cuatro años, impidiéndole gobernar, hasta que en marzo de 1962 lo mudaron a la isla de Martín García.

En medio de ese jaleo, en julio de 1963 se llamó a elecciones –sin los peronistas, que volvieron a votar en blanco– que dieron el triunfo a don Arturo Illia, radical del Pueblo, con un módico 23 por ciento de los votos. Hubo entonces cierta distensión y por un instante la apuesta a un gobierno civil de tono conciliador, capaz de hacer olvidar a Perón, pareció posible. Incluso, algunos encumbrados dirigentes del movimiento –con Augusto Timoteo Vandor a la cabeza- daban señales de estar en lo mismo. Así lo advirtió el propio Perón, que a fines de 1964 se largó desde Madrid en un avión que el Gobierno argentino, con el corazón en la boca, logró parar en Brasil y mandarlo de regreso. Y al año siguiente envió a su tercera esposa a desbaratar la maniobra neoperonista de Mendoza. Lo logró, pero el ensayo fallido fue suficiente para que las Fuerzas Armadas se convencieran –igual que Borges– de que los peronistas eran incorregibles y que lo mejor era congelar la política en la Argentina hasta nuevo aviso. Y le metieron para adelante. Con Onganía primero y Lanusse más tarde.

Lo que vino fue una formidable épica popular que devolvió vigencia al peronismo, sumó a los jóvenes a la algarada y culminó de la manera más obvia: con el retorno de Perón al país y del peronismo al poder. Sin embargo, en los años siguientes hubo al menos dos acontecimientos que despertaron cierto optimismo en las filas antiperonistas y que significaron a su vez rudos golpes para el otro bando: la muerte de Perón – “muerto el perro, se acabó la rabia”, probablemente se ilusionaron algunos- en 1974, y la derrota electoral de 1983, a manos del ascendente alfonsinismo.

No era que Raúl Alfonsín fuese lo ideal para los enterradores del peronismo, pero al menos lo peleaba en su propio terreno y había sido capaz de ponerlo casi al borde de la desaparición. Grande debió haber sido la decepción de esos mismos cuando, en el turno siguiente, un peronista se calzó la banda presidencial.

Historia reciente
Pasaron casi 20 años desde entonces, de los cuales el peronismo gobernó durante 18, en dos turnos. Los otros dos fueron un efímero interregno de la Alianza que sólo obró como puente entre dos ciclos peronistas. Aunque suene exagerado, no son pocos los que creen que si el peronismo no forma parte del paisaje oficial, la Argentina no resulta gobernable.

Las preguntas surgen a borbotones. ¿Cómo puede ser que después de haber aplicado todas las recetas posibles –represión, proscripción, desmembramiento, lo que fuere- el peronismo siga vivito y coleando? El mismo del que todo se dijo, a favor y en contra. ¿Qué lo hace perenne: sus virtudes o los defectos de los demás? Claro que no es el mismo de sus orígenes: muta y cuánto. Al punto que cuesta reconocer la conexión entre aquel del ’45 con el de los ’70 o los ’90. Y con el actual.

“Ni Néstor es Perón ni Cristina es Evita”, se atrevió no hace mucho un dirigente rural, en Rosario, frente a 300 mil manifestantes. Y es cierto. Las figuras históricas, para bien o para mal, son únicas e irrepetibles. Otros directamente sostienen que el kirchnerismo de peronista no tiene nada.
Hay para todos los gustos: es que el peronismo, tan avasallante como contradictorio, nunca es el mismo pero a su vez nunca deja de serlo. ¿Complejo, no? No en vano el erudito profesor Mariano Grondona confesó públicamente que se ha pasado la mayor parte de su vida tratando de entender al peronismo y aún no lo ha logrado. Y eso que pasaron 53 años de aquel lejano 16 de setiembre de 1955.