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El día que llegaron las carabelas
 
Descubrimiento, conquista, encuentro de dos mundos, invasión, genocidio y tantas otras palabras por el estilo tratan de etiquetar el acontecimiento histórico más importante del siglo XV: la llegada de los europeos al continente americano, por entonces desconocido para ellos. Tanto que lo llamaron Nuevo Mundo, y a sus habitantes "indios", porque creyeron que estaban en las Indias, adonde en realidad se dirigían.

A la hora de elegir alguna de esas palabras, la cosa se pone difícil. Veamos. Descubrimiento queda descartada, porque si bien pudo haberlo sido para los que venían en los barcos, no lo fue para los que estaban aquí, los dueños de casa, que no necesitaban que nadie "los descubriera". Estaban y punto. En todo caso, fue un descubrimiento a dos puntas, de unos y otros a la vez.

Conquista va mejor. En realidad, los que llegaron vinieron a quedarse con todo lo que encontraban en esta parte del mundo: riquezas, esclavos, productos de la tierra, todo. Conquista que por cierto no fue pacífica ni amigable, sino violenta e impiadosa. Lo que nos lleva a una palabra más fuerte que muchos creen que expresa mejor cómo fueron las cosas: genocidio.

¿Hubo realmente un genocidio, es decir un exterminio masivo de seres humanos? Y sí, lo hubo. De hecho, el continente que luego se llamó americano estaba habitado, tenía dueños, no estaba desierto. Desde un extremo a otro, moraban pueblos originarios pertenecientes a un sin fin de culturas de las que queda poco y nada  Pueblos enteros que desaparecieron diezmados por guerras, enfermedades y trabajos forzados.

En lo que hoy es nuestra Argentina, por ejemplo, estaban, entre otros, los querandíes en la costa bonaerense; los pampas y ranqueles en la vasta llanura; guaraníes, charrúas y mocovíes en la Mesopotamia; comechingones y sanavirones en el centro; diaguitas, quilmes, quechuas y lules en el noroeste; matacos, tobas, abipones y guaycurúes en los bosques chaqueños; huarpes en Cuyo; tehuelches, araucanos, mapuches, onas y yaganes en la Patagonia y Tierra del Fuego. Con el paso del tiempo, todos, sin excepción, sufrieron, un proceso similar. A todos les esperaba, cuando no el aniquilamiento liso y llano, la extinción progresiva de su raza.  

La pregunta que cabe hacerse es si las cosas pudieron haber sido diferentes, es decir, si se podría haber planteado un proceso de fusión cultural no violento, una integración pacífica y virtuosa.

Es difícil saberlo, por aquello de que la historia es lo que realmente pasa: Lo otro, lo que no pasa o pudo haber pasado, pertenece al campo de la ficción o de la imaginación. Puede que sí, de hecho en casos puntuales, donde tuvieron ingerencia actores más condescendientes, como los jesuitas, por ejemplo, las cosas fueron diferentes. Pero lo que prevaleció fue lo otro, el exterminio, tal vez no como un objetivo en sí mismo, pero sí como resultado de un proceso irreversible donde poco importaba la condición humana frente a la sed de riqueza, de dominio o de lo que fuere, que eran los propósitos que animaban a los conquistadores.

Es posible que una civilización supuestamente superior como la europea, tarde o temprano pasaría por encima a las autóctonas, imponiendo la supremacía que le daba la superioridad militar, el hecho de contar con barcos y armas de fuego, perros y caballos, etc. La mala noticia es que en el camino quedó gran parte de la cultura e identidad de los pueblos americanos precolombinos.

De todos ellos, los dueños de la tierra.