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De la mortalidad a la historia
 
Las de Néstor Kirchner serán, sin duda, las segundas grandes exequias de lo que va del siglo. Las primeras fueron las de Raúl Alfonsín, el primer presidente de la democracia recuperada. Curiosamente, le sigue uno de los últimos de esa saga.

A diferencia del líder radical, que aun cuando seguía políticamente activo estaba alejado de las candidaturas, Néstor Kirchner estaba en el apogeo de su carrera y se aprestaba a participar en el turno electoral de 2011.
Aunque sólo sea por ese motivo, su deceso súbito invita a la reflexión histórica.

Para empezar, echando una rápida ojeada a la era constitucional, comprobar que ninguna muerte de un mandatario en ejercicio ni de ex presidentes de nota causó zozobra política. Así fue durante la racha de presidentes conservadores que murieron ocupando la poltrona o casi (Luis Sáenz Peña, Manuel Quintana, Roque Sáenz Peña y, más acá en el tiempo, Roberto Ortiz), que fueron sucedidos sin sobresaltos por sus segundos.

Todos, menos uno: Juan Domingo Perón, cuya muerte desató tal vacío de poder que las cosas se desbarrancaron inexorablemente antes de los dos años. Tampoco hubo demasiados decesos de políticos de primera línea en actividad, al menos no por causas naturales. Casi podría decirse que tenemos una clase política bastante longeva, cuyos tiempos biológicos suelen exceder sus tiempos políticos.

En ese contexto, Néstor Kirchner es uno de los ex presidentes más jóvenes en morir. De la treintena de presidentes constitucionales, sólo es superado por Nicolás Avellaneda (en 1885, a los 48 años), Carlos Pellegrini (en 1906, 59 años) y Roberto Ortiz (en 1942, 56 años). Y por Eduardo Lonardi (en 1956, 59 años), si consideramos a los presidentes de facto. Luego le siguen Miguel Juárez Celman (en 1909, 62 años), Roque Sáenz Peña (en 1914, 63 años) y Agustín P. Justo (en 1943, 66 años).

Extraño sortilegio. Haciendo foco en el peronismo, la muerte de Kirchner parece conjurar un extraño sortilegio que se repite. En 1952, a poco de comenzar Juan Perón su segundo mandato, falleció su segunda esposa, María Eva Duarte, lo que dio lugar a los funerales más apoteóticos del siglo pasado, sólo comparables con los del propio Perón, que murió a su vez en 1974. Poco antes que ella, murió Hortensio Quijano, el vicepresidente reelecto.

Este sucinto repaso invita a trazar ciertos paralelismos. Como ser, que Evita no tenía ningún cargo en el gobierno justicialista; era apenas la presidenta de una fundación que llevaba su nombre y se dedicaba a la ayuda social. Sin embargo, era, por lejos, la persona con mayor poder político en la Argentina, después de Perón.

Con Néstor Kirchner pasaba algo similar: tenía sólo una banca rasa en Diputados, pero manejaba los hilos del poder y era el vértice indiscutido de su propia construcción política. La muerte de Evita influyó en el decurso de los acontecimientos posteriores, tanto que para algunos marcó el comienzo de la declinación del peronismo en el poder.

Sólo el tiempo dirá si la muerte temprana del ex presidente generará algún efecto político parecido o contrario.

En relación con la muerte de Perón, las cosas son bien diferentes. En medio de la gravedad del momento, él era el sostén del gobierno, en tanto que su tercera esposa, María Estela Martínez, ocasional vicepresidenta de la Nación, debió asumir la alta responsabilidad de conducir los destinos de la Nación, algo para lo que no estaba preparada.

Cristina Fernández de Kirchner, en cambio, es la presidenta en ejercicio, votada por el pueblo, y lleva el tiempo suficiente en el cargo como para estar familiarizada con el oficio. También en este aspecto, el tiempo dirá; aunque de no resentirse su entereza física y espiritual, seguramente saldrá adelante: la Argentina actual no ofrece puntos de comparación con la de aquellos años. ¿Cómo se recordará a Néstor Kirchner? Como siempre, el juicio definitivo correrá por cuenta de la historia; serán las futuras generaciones las que dictaminarán qué tan memorables serán los protagonistas del presente y cómo se los recordará. La respuesta de los contemporáneos a veces coincide con ese juicio histórico y a veces no. Es algo que no puede saberse de antemano.

Entretanto, mientras la memoria colectiva hace su trabajo, a la sociedad de hoy, a todos nosotros, nos toca la piadosa faena de enterrar nuestros muertos.