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  HISTORIA DE CÓRDOBA      
San Jerónimo, el Santo más Cordobés
 
El santo patrono es el protector espiritual de una comunidad. Casi todas las ciudades tienen uno, y Córdoba no es la excepción. El nuestro es San Jerónimo, entronizado como tal por el fundador, Jerónimo Luis de Cabrera, probablemente por llevar el mismo nombre. Y desde entonces, desde 1573, cada 30 de septiembre se conmemora su día.

Jerónimo de Stridon, como se lo conoce por su origen, fue un erudito, un doctor de la Iglesia católica, que vivió entre los siglos IV y V de la era cristiana. Reconocido como uno de los estudiosos más aplicados de las Sagradas Escrituras, que tradujo completas al latín, murió a los ochenta años de edad el último día del noveno mes del año.

Curiosamente, la ciudad de Santa Fe también adoptó el mismo santo como patrono; aunque no se conocen con certeza las razones de la preferencia, hay quienes presumen que fue por sorteo, como solía hacerse en aquellas épocas. Como fuere, es uno de los tantos rasgos en común con la provincia vecina.

Sin embargo, San Jerónimo no fue el único patrono de la primera hora cordobesa. El fundador, devoto del culto mariano, colocó a la Iglesia Mayor bajo la advocación de la Virgen de la Peña de Francia, rebautizada y venerada como Nuestra Señora de Copacabana por los nativos. La pequeña efigie, que él mismo había portado junto a sus pertenencias, presidió el altar principal durante un par de centurias, hasta que fue retirada y más tarde reubicada en otro lugar del templo principal de la ciudad donde se halla actualmente.

La única imagen que había de San Jerónimo era el lienzo que aún sigue en la Catedral, donde se lo ve al santo, inclinado, leyendo el texto bíblico a la luz de un haz celestial, hasta que unos altareros de apellido Font tallaron una imagen de tamaño natural, montada sobre una base para poder sacarla en procesión. Esa reliquia se conserva en el Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda.

La fiesta, antes y ahora
La ciudad honró a su protector: una de las calles más importantes, lindera a la plaza principal, que en aquellos tiempos iba desde el río hasta la zona de quintas de El Pueblito (Alto Alberdi), que contaba con el único puente existente sobre La Cañada, lleva su nombre. Lo mismo que el cementerio principal, inaugurado en 1843, y la parroquia más antigua del sector.

Don Jerónimo mandó a que el 30 de septiembre se celebrara en grande y, pese a su triste destino, el mandato se cumplió a rajatabla. Ese día se reunía una multitud frente al Cabildo, el alférez real paseaba solemnemente el estandarte del rey al son de pífanos y redoblantes, y luego de la misa y procesión había corrida de toros con puyas en la Plaza Mayor, juegos de caña y fuegos de artificio por la noche.

Con el paso de los años esos y otros ritos antiguos cayeron en desuso, no así el fervor de los cordobeses por San Jerónimo, que se renovaba cada año, y a los fastos religiosos seguían los festejos populares matizados con bailes y juegos de destreza. Más acá en el tiempo, ya en el siglo XX, se agregó a la festividad religiosa un evento deportivo que llegó a reunir más público que ningún otro: la tradicional carrera de caballos organizada por el Jockey Club Córdoba, el Clásico San Jerónimo.

Y más acá todavía, en 1979, se dictó la Ley 6326, vigente hasta hoy, que declaró día no laborable el 30 de septiembre de cada año, convirtiéndola en una jornada de asueto, apta para descansar o pasear. Un feriado bien cordobés.