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  HISTORIA DE CÓRDOBA      
Qué pasó el 15 de abril de 1904. Nace La Voz del Interior
 
Faltaban apenas dos meses para que finalizara el mandato del gobernador José Manuel Álvarez. Aquella mañana, su secretario trajo, junto al despacho habitual, unas hojas de papel entintado. Con ansiedad mal disimulada, el gobernador apartó el resto de la papelería y desplegó aquellas hojas sobre su amplio escritorio. Mientras se retorcía las puntas del bigote y se alisaba la barba a la moda, se aprestó a leer el primer número de La Voz del Interior. Sentía una gran curiosidad por saber cuán oficialista (u opositor) sería el diario de Silvestre Remonda y Juan Dionisio Naso. Si cumpliría la solemne promesa inserta en la primera plana: “En materia política seremos independientes, en la más amplia acepción del concepto, pues no pertenecemos a partido alguno; y así no tendremos inconveniente de criticar los actos de esta naturaleza, pero sin apartarnos del terreno de los principios, cuando el gobierno o los partidos en lucha obren en contra de la ley o produzcan actos dignos de censura”.

Aunque su gestión había sido relativamente tranquila, al gobernador de Córdoba no le faltaban dolores de cabeza. Los radicales, cada vez más revoltosos, no perdían ocasión de criticar al gobierno y al partido gobernante. No sólo aquí, en Córdoba, sino en todo el país el joven partido de los boinas blancas alborotaba la placidez del “orden conservador”. Estaba a punto de comprobar si el nuevo diario sería otro dolor de cabeza sobre el final de su mandato.

A pesar del pataleo de radicales y socialistas, el Partido Autonomista Nacional (PAN), al que habían pertenecido todos los gobernadores desde 1880, gozaba de buena salud. Las cuestiones internas se resolvían siempre de la misma manera: con el arbitraje del presidente de la Nación y principal mentor de la política cordobesa, Julio Argentino Roca.

Roca mantenía estrechos vínculos con Córdoba: casado con Clara Funes, integrante de una familia tradicional, propietaria de la estancia La Paz, en cercanías de Ascochinga, estaba al corriente de todo lo que pasaba en esta provincia. Precisamente por consejo de “el Zorro” , Álvarez había surgido como candidato a la gobernación de Córdoba, a fines de 1900. Lo mismo que el vicegobernador, Nicolás Berrotarán.

Cuando eso ocurrió, hubo caras largas entre los miembros más conspicuos del oficialismo. La molestia derivaba de que ni él ni Berrotarán pertenecían al círculo áulico del partido. Si bien ambos eran “roquistas” confesos, él era médico y catedrático y Berrotarán un prestigioso profesor universitario enrolado en el catolicismo. Con la elección de ambos para integrar el binomio gubernativo del PAN, Roca demostraba su habilidad para la seducción y que no en vano le llamaban “el Zorro”.

Política con compañía
Los dos nombres elegidos eran intachables y su proclamación representaba un gesto de apertura hacia la opinión independiente. Como siempre, los dirigentes cordobeses, a quienes la oposición llamaba con sorna la Junta del Amén, acataron las directivas de Roca.

Lo que algunos hombres del PAN parecían no entender era que ya no estaban solos en el mundo de la política: los fastidiosos radicales se habían introducido en ella sin permiso y no era cuestión de descuidarse. Sobre todo, había que mantener buenas relaciones con la Iglesia, cuya opinión en Córdoba siempre tuvo mucho peso. ¿O acaso alguien podía olvidar los encontronazos del propio Roca durante su primera presidencia y de Juárez Celman, más tarde, con la cúpula eclesiástica?

El obispo actual, monseñor Reginaldo Toro, convalecía de una hemiplejia sufrida cuatro años atrás, pero todavía estaba fresco el recuerdo del obispo Jerónimo Clara, cuya belicosidad llevó a una virtual ruptura de relaciones en la década de 1880.

Aunque al PAN no le faltaban opositores, seguía siendo sinónimo de oficialismo y dominaba la política provincial. De una manera u otra, se las arreglaba para imponer sus candidatos y permanecer en el poder, haciendo un delicado equilibrio en medio de los conflictos que traían aparejados la modernidad y el nuevo siglo.

Mucho tenía que ver con aquella prolongada permanencia la forma en que se elegían las autoridades. La mayoría de la población no participaba de las decisiones porque la política estaba reservada a la elite ilustrada, de donde surgían a su vez los funcionarios más importantes. Es más, muchos ni siquiera votaban y los actos comiciales dejaban mucho que desear en cuanto a transparencia

Por eso, los radicales, que confiaban más en la acción directa que en los comicios amañados de entonces, solían armar ruidosas revueltas para hacer oír su voz. Los acicateaba un joven sobrino de Alem, de apellido Yrigoyen, que tenía en Elpidio González su émulo cordobés. Afortunadamente, el jefe de Policía de Córdoba, don Carlos Frías, reunía dos condiciones fundamentales para mantener el orden: firmeza y prudencia.

Crítica a los comicios
Sobre este asunto de los comicios, el primer número de La Voz del Interior incluía un opúsculo a propósito de las elecciones celebradas el domingo anterior en la ciudad de Córdoba. Después de dar cuenta de una serie de irregularidades observadas ese día, la nota finalizaba con un par de preguntas punzantes: ¿qué necesidad ha tenido el partido nacional, obrando de esta manera, cuando ningún otro partido le disputaba el triunfo? ¿Por qué se prostituye de ese modo el voto popular, mostrándose tan triste y bochornoso espectáculo ante propios y extraños?

El nuevo gobernador ya estaba elegido. Obviamente, pertenecía al PAN y contaba con la bendición de Roca. La fórmula integrada por José Vicente de Olmos y Félix T. Garzón había sido proclamada por la convención partidaria en setiembre del año anterior y convalidada el 16 de enero por la Asamblea Electoral.

Aunque se habían cumplido todos los pasos legales y guardado las formas, la Unión Cívica Radical había repudiado los comicios. El actual gobernador los conocía bien a ambos: De Olmos era su ministro de Gobierno y Garzón el de Hacienda. La continuidad (o el continuismo, como se prefiera) estaba asegurada.

De todos modos, los tiempos por venir se presentaban inciertos. El presidente Roca también terminaría su mandato en unos pocos meses y el PAN cordobés dejaría de contar con su valioso paraguas político. Aunque había elegido a un hombre de edad avanzada (don Manuel Quintana) para sucederlo, nuevos vientos comenzaban a soplar en el país. Como sea, Córdoba seguiría teniendo un representante al más alto nivel: el senador nacional José Figueroa Alcorta. Con seguridad, la beligerancia radical iría en aumento y a De Olmos le esperaba un período turbulento. Además, la situación financiera distaba mucho de ser floreciente.

Una vez concluida la lectura, el gobernador cerró el diario y se acercó al ventanal de su despacho que daba a la calle 27 de Abril. Miró a través de los cristales y percibió que aquella realidad cotidiana que le devolvía la ciudad en movimiento, a partir de ese día tendría un nuevo ingrediente. También comprendió que desde ese momento, además de La Patria, siempre complaciente, y de Los Principios, a veces mortificante, tendría que leer La Voz del Interior.