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Jesuitas: no fueron los primeros, pero dejaron huella
 
No fueron los primeros religiosos que pisaron Córdoba, ni debieron trepar una catarata para llegar hasta aquí, como en la entrañable película La Misión. Los primeros padres jesuitas arribaron a lomo de mula casi tres lustros después de la fundación, aunque la Compañía de Jesús se estableció oficialmente en 1599. Ese año, el padre Juan Romero, rector de la orden, aceptó la donación del predio donde se erigió la primera residencia. .

Muy pronto, Córdoba se convirtió en sede de la Provincia jesuítica del Paraguay, cuyo primer Provincial o máximo responsable fue, entre 1608 y 1614, el padre Diego de Torres.

La Compañía concentraba sus esfuerzos en educar y evangelizar. En poco tiempo, de la mano de la orden nacieron el Noviciado, en 1608, y el Colegio Máximo en 1610. En 1613, el obispo Fernando Trejo y Sanabria legó una suma de dinero para la fundación de una universidad, de cuyo cometido se ocupó la Compañía en los años siguientes. La obra quedó consumada en 1621, cuando el Papa le otorgó la facultad de conferir grados. Una donación de Ignacio Duarte y Quirós, benefactor de la Compañía, permitió la fundación del Real Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, en 1687.

Para el sostén de la orden los jesuitas generaron importantes emprendimientos productivos. Las seis estancias eran establecimientos autosuficientes, de producción diversificada, que contribuían al sostenimiento de las casas de estudio y formación espiritual. Las actividades principales incluían la cría de mulas, molienda de granos y una incipiente industria textil. En Jesús María se elaboraba el famoso vino lagrimilla, muy apreciado en la corte española.

Los padres jesuitas, de modales sobrios y oratoria brillante, dieron fuerte impulso a todas las manifestaciones de las ciencias y de las artes e impartieron el conocimiento de numerosos oficios y artesanías. Ellos introdujeron la primera imprenta, que funcionó durante años hasta que fue trasladada a Buenos Aires, lo mismo que la biblioteca de la orden.

Todo para honrar el lema de la Compañía: Ad maiorem Dei gloriam. (Para una mayor gloria de Dios), siguiendo los preceptos del fundador, San Ignacio de Loyola.

En el apogeo de la fructífera tarea que llevaba a cabo, en 1767, la Compañía fue expulsada de todos los dominios españoles por orden del rey Carlos III, que si bien mantuvo in pectore sus razones, evidentemente los jesuitas le fastidiaban.

Los edificios y templos que forman parte de la Manzana Jesuítica y las estancias que subsisten hasta nuestros días fueron declarados por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad en el año 2000. Son el testimonio de una cultura superior que forma parte del gen cordobés y que, por fortuna, sigue entre nosotros.