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Fusilados en Agosto
 
La Revolución de Mayo fue un acontecimiento netamente porteño. Córdoba y el resto del virreinato poco o nada tuvieron que ver con aquel movimiento concebido y ejecutado por los hombres de la entonces metrópoli del virreinato del Río de la Plata. Además, como se sabe, fue un hecho incruento. Aquel día no hubo heridos ni contusos, menos aún muertos, simplemente porque se trató de una revolución que se resolvió sin disparar un solo tiro. La sangre corrió más tarde, y, por primera vez, en Córdoba, tres meses después, en agosto.

Las cosas fueron así: una vez dado el primer paso –desplazar al Virrey- los inspiradores del audaz golpe de mano debían dar el segundo: extender la revolución a todo el ámbito del antiguo virreinato, que hasta allí permanecía ajeno a lo que sucedía. En esos dominios las cosas se presentaban más difíciles; el interior era más conservador y algunas provincias –Córdoba, por ejemplo- decididamente españolistas; pesaban mucho los más de dos siglos de colonización hispánica.

En Córdoba, la elite que manejaba el poder estaba integrada por el gobernador Juan Gutiérrez de la Concha, el ex gobernador Victorino Rodríguez, el obispo Rodrigo Antonio de Orellana, algunos miembros de la poderosa familia Allende y los vecinos más notables de la docta. A este grupo de notables se acopló Santiago de Liniers, quien se había mudado de Buenos Aires a la estancia de Alta Gracia junto a sus hijos. El jefe del bando contrario era el deán de la Catedral de Córdoba, Gregorio Funes. El religioso, levantisco y difícil de arrear, lideraba la oposición cordobesa junto a su hermano Ambrosio.

Tan pronto como llegaron a Córdoba las noticias de la revolución porteña, los líderes del partido español celebraron un cónclave y resolvieron desconocerla, ratificando su lealtad a la corona y al virrey Baltasar Cisneros. La réplica de Buenos Aires no tardó en hacerse sentir. Llegó bajo la forma de una expedición militar punitiva a las órdenes de Francisco Ortiz de Ocampo, que marchó desde la metrópoli para sofocar el foco insurgente y castigar a los cabecillas.

Esta vez Liniers no tuvo la misma fortuna que contra los ingleses y no logró organizar y movilizar una fuerza suficiente para enfrentar a la despachada desde Buenos Aires. Perdido por perdido, los rebeldes abandonaron la ciudad y huyeron hacia el norte, con la intención de unirse a las fuerzas realistas del Alto Perú. Con refuerzos obtenidos allá, planeaban recuperar Córdoba y anexarla al virreinato con sede en Lima, del que años atrás la provincia de Córdoba del Tucumán había sido parte. Sin embargo, antes de que traspusieran los límites provinciales, fueron capturados y conducidos a la capital cordobesa.

Mano dura
Los mentores de la revolución de Mayo tenían muy claro que debían evitar que el ejemplo cordobés se extendiera a otras provincias o todo lo hecho podría venirse abajo. Para curarse en salud, una vez apresados los integrantes del grupo que no estaba dispuesto acatar a la nueva junta de Gobierno, decidieron actuar con el máximo rigor: sin pérdida de tiempo ordenaron a Ortiz de Ocampo que los pasara por las armas. Éste, temeroso de provocar un rebrote subversivo dada la investidura de los prisioneros, prefirió escuchar los consejos del deán Funes y, en lugar de fusilarlos, los envió a Buenos Aires y que allá se arreglen.

Cuando Mariano Moreno, el fogoso secretario de la Junta se enteró de que los reos venían camino a la metrópoli, puso el grito en el cielo y envió a Juan José Castelli a interceptarlos y fusilarlos allí donde los encuentre. La ansiedad del Secretario se explica en parte por el hecho de que entre los cautivos venía Santiago de Liniers, el héroe de la Reconquista, cuya presencia en Buenos Aires podría volvérsele en contra al flamante gobierno.

El encuentro se produjo el 26 de agosto, en Cabeza de Tigre, un paraje cercano a Cruz Alta, una de las postas del Camino Real. Ese mismo día, mientras el teniente coronel Juan Ramón Balcarce disponía el pelotón de fusilamiento, Castelli leyó en voz alta la sentencia de muerte. El obispo Orellana, al que le perdonaron la vida por ser sacerdote, impartió la bendición a los otros cinco condenados. Liniers fue el único que no aceptó que le vendaron los ojos.

Cumplidos estos recaudos se hizo un profundo silencio en el Monte de los Papagayos, el paraje elegido para la ejecución. A las dos y media de la tarde, veinte fusileros apuntaron al pecho de los prisioneros. Enseguida, una descarga cerrada interrumpió la calma del lugar. Los cinco cuerpos cayeron al piso y quedaron tendidos, exánimes, mientras la sangre se escurría entre el pasto seco.

Apenas se marcharon los soldados, los habitantes de la casa de postas cercana, acudieron al lugar y enterraron los cuerpos. Alguien colocó una cruz rudimentaria de madera sobre la que grabó la palabra “clamor”, formada por las iniciales de los allí sepultados: Concha, Liniers, Allende, Moreno, Orellana – que en realidad se salvó – y Rodríguez.

Escarmiento
En las instrucciones reservadas impartidas a Ortiz de Ocampo quedaron asentadas las razones que tuvo la Junta para actuar con la dureza que lo hizo: “Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema y una lección para los jefes del Perú, que se avanzan a mil excesos por la esperanza de la impunidad, y es al mismo tiempo la prueba fundamental de la energía con que llena esa expedición los importantes objetos a que se destina”.

Apaciguada Córdoba, Castelli y los otros marcharon al Alto Perú, donde ardía la guerra contra el español. Los cordobeses, en tanto, superada la conmoción inicial, y a medida que se conocían mejor las altas miras de la revolución, se sumaron a la causa independentista. Fue así que, en los años siguientes, de Córdoba salieron soldados y oficiales que engrosaron las filas del Ejército del Norte; de allí partieron caballos, ponchos, calzados, pólvora y enseres a todos los rincones de la patria donde se peleaba contra el español, y así fue hasta el final de la guerra. Los porteños, sin embargo, mantendrían la desconfianza y el ojo vigilante durante varios años.

Colofón
Hay quienes dicen que, cincuenta años más tarde, aquella precaria cruz que alguien colocó el día de la tragedia, sirvió para identificar el lugar y hallar los cuerpos enterrados en una fosa común. Otros, que fue el testimonio de un anciano que sabía donde habían sido sepultados las víctimas lo que permitió localizar los restos.

Lo cierto es que recién en 1860, el entonces presidente de la Confederación Argentina, Santiago Derqui, dispuso la exhumación y el traslado de los restos de los fusilados a la ciudad de Paraná, sede de la Confederación Argentina., donde se llevó a cabo un solemne funeral en la iglesia Catedral, al que asistieron el presidente Derqui y todo su gabinete. En 1862, luego de la caída de la Confederación, los restos de Liniers y los demás fusilados fueron repatriados a España, donde descansan en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando, una localidad próxima a Cádiz.

“Juntos en la Gloria, como estuvieron en el infortunio”, reza el epitafio esculpido en mármol que recuerda a los fusilados en aquel lejano mes de agosto de 1810.