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Esas tejas que ya no están
 
La primera teja, montada sobre el alero de entrada, cayó bajo el peso de la piqueta el miércoles 5 de enero de 2011. La primera de las 322.209 que le siguieron, que cubrían 11.864 metros cuadrados de techo de la Casa de Gobierno de Córdoba.

Para entonces, la polémica ya estaba instalada: según el Gobierno, eran tejas sin historia, meras «piezas de barro cocido hechas en forma acanalada, para cubrir por fuera los techos y dejar escurrir el agua de lluvia», tal como las define el diccionario de la Real Academia Española.

Para otros, en cambio, eran tejas con historia. Y mucha.

De ese día se recuerda que el calor fue sofocante, que faltaron billetes en los bancos, que el agua de las canillas sabía a desinfectante y otras cosas por el estilo, pero nada tan doloroso como la inminente desaparición de un símbolo cordobés, del Hogar de Ancianos de la Fundación Eva Perón, del recinto donde transcurrieron 52 años de vida política e institucional de la provincia y por el que pasaron 31 gobernadores, constitucionales y de facto, que, para bien o para mal, dejaron su huella en la historia cordobesa. Nada de eso fue tenido en cuenta a la hora de decidir su destino.

No sería lo primero ni lo último que perdería nuestra Córdoba.

Modernidad versus conservacionismo
Basta que la piqueta apunte en la dirección de alguna construcción de cierta significación histórica o arquitectónica para que en el acto se levanten las voces airadas de los conservacionistas, ésas que tanto fastidian a los funcionarios de turno, y la polémica quede servida.

Algo parecido suele ocurrir con los ecologistas, igualmente fastidiosos para algunas corporaciones, cada vez que el hombre atenta contra la naturaleza, los seres vivos o la calidad del aire, la tierra y el agua. Ante la amenaza, unos y otros, patrimonialistas y ecologistas, saltan como un resorte, y está bien que así sea.

Por ventura, en las últimas décadas se ha desarrollado una conciencia ambiental, sobre todo en los más jóvenes, que de haber existido en otras épocas el planeta se hubiera salvado de algunos estropicios cometidos por el hombre y, entre otros beneficios, hubieran subsistido miles de especies hoy extinguidas y ríos y mares estarían más limpios. Lamentablemente, aún no pasa lo mismo con el patrimonio histórico, que tiene menos defensores y por eso mismo está más expuesto al capricho de algunos. La referencia a la ecología viene a cuento porque hay un parentesco muy cercano, más de lo que aparenta, de esta loable ciencia con la que se ocupa de la conservación de vestigios históricos, que también forman parte del entorno humano; son, en definitiva, las huellas de nuestros antepasados, cercanos o lejanos.

Para empezar, el sentido final es el mismo en ambos casos: preservar lo que recibimos como legado para transferirlo en las mejores condiciones posibles a los que vienen detrás de nosotros, que tienen el mismo derecho a disfrutarlo. Así como al medio ambiente lo amenaza el calentamiento global causado por el hombre, los símbolos de otro tiempo están expuestos a raptos de calentura de inquilinos del poder que suelen convertirlos en objeto de su megalomanía.

La comparación puede sonar un tanto simplista y hasta ramplona, pero es así; ése, la adecuada conservación del medio ambiente, es el fin último de la Ecología; pues bien, con el patrimonio histórico sucede lo mismo. Quienes patalean cada vez que se lo agrede lo hacen porque son conscientes de que, aunque parezca una verdad de Perogrullo, una vez que pasó la topadora no hay marcha atrás. A quién si no reclamarle lo que falta, lo que ya no está. ¿A Gardel, quizá?

Igual que a los ecologistas, a los llamados patrimonialistas se los suele tildar de locos, fanáticos, retrógrados, oportunistas y cosas por el estilo. En el caso del patrimonio urbano, la muletilla preferida de los supuestos amantes del progreso es colgarles el cartel de «enemigos de la modernidad», de colocadores de palos en las ruedas.

En buen romance, ellos, los «hacedores», gente pragmática y ejecutiva que supuestamente ve más allá que el común de los mortales, encarnan el futuro; mientras que los remilgosos persisten aferrados al pasado, enamorados de él. Una falacia por donde se lo mire. No existe tal conflicto entre modernidad y atraso, y, si existiera, hay otras formas de encararlo, de resolverlo de modo racional y pacífico, antes que aplicar la peligrosa receta de los hechos consumados, intrínsecamente autoritaria. Sobre todo cuando, ya se dijo, no hay posibilidades de revertir posibles errores de apreciación. A menudo, la obstinación de los necios se realimenta de sí misma sin medir las consecuencias.

El progreso mal entendido
Lo del hecho consumado suele ser la receta preferida por los pragmáticos. Se basa en la simple especulación de que, una vez concluida la obra prometida, la mayoría caerá subyugada por los encantos de la misma y, en el acto, indultará a sus autores de omisiones de forma, apuros o, incluso, alguna que otra irregularidad cometida en medio del vértigo por modernizar y, sobre todo, inaugurar cuanto antes.

Lo malo del caso es que en ocasiones funciona así —hay sobrados antecedentes— y el gran público termina por olvidar sus reparos originales, condenando a los conservacionistas a llorar en los rincones mientras grandes y chicos disfrutan de parques, fuentes, avenidas, planetarios o lo que fuere, emplazados en el lugar antes ocupado por museos anodinos, edificios vetustos o molestas antiguallas. También en este caso suele funcionar la abominable sentencia a la que se aferran, entre otros especímenes autoritarios, los demoledores: «el fin justifica los medios», peligrosa por donde se la mire.

Si fuera por ellos -los autotitulados abanderados del progreso-, quedaría muy poco en pie, ya que tarde o temprano toda construcción envejece y todo espacio puede ser reutilizado con otros fines. Claro que convendría indagar acerca de la concepción de progreso que los guía. Con seguridad, es una visión unidireccional, carente de matices e impregnada de sentido económico y conveniencias subalternas, cuando no de ignorancia supina.

El progreso de los pueblos es un proceso tan complejo y respetable que cuesta abordarlo con pocas palabras, y además escapa al objeto de este trabajo. Sólo diremos que se trata de un fenómeno integral, que abarca muchos más planos que el económico, y que la turbina más poderosa que lo impulsa es la acumulación de saber, de conocimiento científico y cultural, valores intangibles pero mucho más trascendentes que las manifestaciones externas de una modernidad vacía de contenido, que tiene más de markeing que de sustancia. La Roma antigua o la Grecia clásica, por ejemplo, marcaron a fuego la historia universal por la grandiosidad de su legado cultural, que perdura a través de los siglos.

Como fuere, nobleza obliga reconocer que, en ocasiones, a los conservacionistas se les va la mano en la pretensión de no tocar nada, de que todo permanezca inmutable. Es imposible: los conglomerados urbanos, igual que los seres vivos, crecen, se desarrollan, mutan, tienen nuevas necesidades que deben ser atendidas. No se puede tener un museo a cielo abierto ni poner un corsé a las ciudades, porque provocaríamos los mismos efectos que ese adminículo provocaba en las damas de antaño: estrangulamientos, sofocaciones, desmayos, y, hasta la muerte.

¿Y a quién le corresponde hacer de árbitro en estas cuestiones? Pues al Estado, que ejerce la representación colectiva de la sociedad que ha delegado su poder soberano en él. Al Estado le compete intervenir cada vez que se suscita el conflicto entre el interés general y el particular, algo recurrente en nuestra época. En otras palabras, al Estado le incumbe frenar la piqueta o habilitarla, según el caso, cuando la empuñan los privados, y ser cauto, muy cauto, a la hora de blandirla por su propia cuenta.

Y algo muy importante a tener en cuenta: no siempre coinciden la valoración y la perspectiva de los contemporáneos con las de las sociedades por venir, por esa razón conviene aplicar un criterio restrictivo; en otras palabras, en caso de duda, abstenerse de voltear, una vez que se demuele no hay marcha atrás.