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  HISTORIA DE CÓRDOBA      
Córdoba pasada por agua
 
El agua, por exceso o por defecto, forma parte de la historia urbana de Córdoba. Como indicaba el manual de su tiempo, don Jerónimo Luis de Cabrera fundó la ciudad a la vera de un río, el Suquía, para que a sus habitantes no les faltara el recurso vital. Estaba además el arroyo de la Cañada, de apariencia mansa y escaso caudal, que la atravesaba de sur a norte hasta desembocar en aquel río. Sin embargo, cada tanto sus crecidas causaban grandes destrozos, como ocurrió en 1623, obligando a construir la primera defensa, el Calicanto, en 1671, del que apenas subsiste un pedacito simbólico en Belgrano y bulevar San Juan. El marqués de Sobre Monte, un funcionario colonial progresista, se ocupó del agua y, entre otras cosas, mandó a construir defensas e instalar cañerías y fuentes públicas. Y un gran estanque en el camino a las quintas, que se convirtió en coqueto paseo (el que hasta hoy lleva su nombre), unido al casco urbano por el primer puente sobre la Cañada, el de la actual calle 27 de abril. También empedró calles que cada vez que llovía se convertían en un lodazal. Durante décadas, los desbordes de la Cañada siguieron siendo un dolor de cabeza, como el del 19 de diciembre de 1890, que ocasionó 200 muertes y el del 15 de enero de 1939, que arrasó con el pavimento de madera que cubría las calles céntricas. Fue entonces que se decidió su canalización, obra que concluyó en 1944 y que da el aspecto actual al paseo flanqueado de tipas. En las últimas décadas se prolongó la sistematización hacia el sur.

Las primeras conexiones de aguas corrientes datan de 1882 y los primeros desagües pluviales y cloacales de 1904. El agua estaba presente además en los paseos públicos: en la misma época se levantaron el parque Elisa (hoy parque Las Heras) que contaba con una magnífica fuente y el parque Crisol (Sarmiento), con lago e isla incluida. Para entonces ya existía el dique San Roque, inaugurado en 1891, y con él la interesada leyenda de que el murallón no aguantaría y las aguas embalsadas se derramarían sobre la ciudad causando una tragedia de proporciones. Una falsa alarma que en más de una ocasión sacó a los cordobeses de sus camas. La psicosis sólo se aplacó cuando en 1944 se inauguró el nuevo paredón. Desde entonces, el Río Primero sólo porta malas noticias cada vez que desborda el vertedero y sus aguas anegan los barrios bajos que hallan a su paso. El agua también estaba presente en los baños públicos, como los que existían frente a la llamada Plaza de los Burros.

Mientras Córdoba se pareció más a una aldea que a una gran metrópoli, el agua sólo complicaba las cosas cada vez que una lluvia torrencial hacía de las suyas. Después vino el crecimiento desmesurado y la infraestructura quedó corta. Por eso la ciudad pide a gritos nuevas obras capaces de poner el viejo problema en caja.