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Bustos es Córdoba
 
“Civilización o barbarie”, rubricó Sarmiento, casi rasgando el papel, en la primer hoja del original que acababa de concluir en su exilio chileno. A la barbarie le puso nombre: Facundo; a la civilización no hacía falta, la representaba él mismo. Y desde entonces la cancha quedó marcada a fuego: de un lado los buenos, los civilizados, y del otro los malos, los bárbaros. Una lógica irreductible, un prisma adoptado sin reservas ni matices por quienes años después escribieron la historia oficial.

Juan Bautista Bustos cayó en la volteada junto a los demás caudillos e, igual que ellos, quedó del lado de los malos. A 180 años de su muerte, sigue cautivo del implacable estereotipo de barbarie pergeñado por Sarmiento; un traje a medida para sujetos incultos, violentos y autoritarios. Aferrados al atraso y venerados por masas más ignorantes aún que ellos. Gente primitiva, de a caballo, sin roce mundano, de visiones cortas y ambiciones largas. Así, al menos, los veía la ilustración de aquel tiempo en que la puja por la organización nacional estaba al rojo vivo.

Las cosas por su nombre
Sin embargo, esa visión maniquea de la historia no le cabe a Bustos, es injusta con él. Él no era nada de eso; no era inculto, violento ni autoritario. Más bien todo lo contrario. Para empezar, era instruido; estudió con los padres dominicos y completó su educación tras aprobar el examen de súmulas, los principios elementales de la lógica, la disciplina que regía el pensamiento de la época. Aunque no recorrió el camino académico, cuando tuvo el poder dio un soplo de vida a la vieja Universidad jesuítica, modernizando sus planes de estudio, y creó además la Junta Protectora de Escuelas, para dar impulso a la educación y extenderla a todo el territorio provincial.

Como buen militar, era duro en la acción, pero no violento ni sanguinario. Iniciado durante las invasiones inglesas, fogueado en la campaña de la Independencia, se formó en el seno de ejércitos regulares mandados por maestros de conductas honorables y alto patriotismo como Manuel Belgrano. No en vano prefirió sublevar en Arequito antes que derramar sangre de hermanos. Mientras fue gobernador, aquí no hubo Mazorca ni excesos de esa clase; no hubo persecución política ni represión sangrienta como en otras partes. Bien puede decirse que Bustos dio a Córdoba un decenio de estabilidad en medio de la convulsión reinante en las Provincias Unidas y del internismo desenfrenado de la época.

Autoritarios son quienes no admiten límites a su poder ni toleran opiniones disidentes. ¿Lo fue Bustos? ¿Puede serlo alguien que promovió una Constitución de cuño republicano? Claro que no. El Reglamento Provisorio de 1821 consagraba, entre otras cosas, la división de poderes, el voto ciudadano, las libertades individuales y el derecho al trabajo y la cultura. Una pieza adelantada para su tiempo, una verdadera Constitución como no hubo otra hasta 1853.

Y una más: Si Bustos hubiera sido un gobernante autoritario, ¿hubiera promovido y garantizado la libertad de prensa? ¿Hubiera hecho traer una imprenta a Córdoba para reemplazar la que funcionaba en tiempos coloniales? No, no lo hubiera hecho; lejos estaban los mandones de ese tiempo de apoyar la circulación de la palabra escrita, la difusión del pensamiento y la opinión a la que tanto temían. Bustos no le temía; y muy pronto brotaron periódicos, folletos y papeles de toda clase, a favor y en contra, que fecundaron el debate político en esas horas turbulentas.

La pregunta mordaz
Entonces, si Bustos no era ni autoritario ni violento; si creía en el valor de la educación, en el ejercicio de la soberanía popular y en los derechos ciudadanos, en la libertad de expresión y en el orden legal y no descuidó la economía ni la administración, ¿por qué se lo condenó al olvido? ¿Por qué generaciones enteras le dieron la espalda, sin reconocerle esos méritos, como si hubiese sido un pelafustán? Volvemos a repasar su vida, esta vez con ojo atento, para encontrar alguna pista oculta, algo pasado por alto en la primera lectura. Nada. No hay puntos oscuros ni mácula alguna que pueda mover a vergüenza, escarnio o desilusión. En cambio lo volvemos a ver como hijo de buena familia, instruido, hombre de trabajo, soldado de la patria, gobernante virtuoso, esposo y padre cabal. No encontramos crímenes inútiles, sospechas de corrupción, actos de cobardía ni nada por el estilo. ¿Entonces?

A no ser que hayan molestado sus ideas. Es que Bustos fue políticamente atrevido, un federal tozudo que sobrepaso los límites domésticos y se metió de lleno en la pelea grande de poder, interponiéndose en el camino de verdaderos pesos pesados de la época, como el ascendente Bernardino Rivadavia. Que además fastidió a los enemigos de San Martín, apoyando como pocos la campaña continental del Libertador a quien los hombres de Buenos Aires le habían soltado la mano y querían borrar del mapa. Y que pulseó con los unitarios más connotados de su tiempo, que tenían en mente una idea de país muy diferente a la de él y de otros, como el pobre Dorrego, a quien fusilaron sin miramientos. Y por si fuera poco, pese a ser federal igual que ellos, tuvo roces con algunos de sus pares, como Francisco Ramírez y, más tarde, con el santafesino Estanislao López, más propicio a entenderse con el poder central que con el resto de los gobernadores.

Quizá abrió demasiados frentes al mismo tiempo, tal vez debió especular un poco más como hacía la mayoría, no ir tan a fondo. En cambio de eso cometió el peor de los pecados: pretender disputarle el centro de la escena a los porteños, intentar convertir a Córdoba en el meridiano político de la Argentina en ciernes. Y pagó un alto precio: se lo acusó de anarquista y ambicioso. De querer ser presidente, como si eso fuera algo muy malo. ¿O acaso los presidentes debían pertenecer a la elite autoproclamada salvadora de la patria? No en vano desde la metrópoli se lo difamó, aisló y combatió, hasta derrocarlo. Y no conformes con ello, se lo sepultó en el olvido.

La hora de Bustos
Bustos es el emergente de un tiempo tumultuoso en que Córdoba jugó fuerte y voló bien alto. Un emblema de la rebeldía mediterránea, ese sello inconfundible de identidad de los cordobeses. Símbolo pertinente de esa mezcla de orgullo y dignidad que no se arredra ante nada ni nadie. Ni antes ni después, otro líder puso a la provincia en ese primer plano de consideración general. La prueba está en que, fenecido su tiempo, Córdoba entró en un torbellino de intolerancia, crueldades y pérdida de autonomía, que no fueron sino eso las décadas que siguieron a la de 1820. Por distintas razones, la provincia volvió a estar relegada y condicionada por lo que pasaba en otras partes, sin que resurgiera en todo ese tiempo un liderazgo capaz de reposicionarla políticamente y hacer valer sus antiguos blasones.

No es que haya sido un superhombre, que no lo fue; ni que haya carecido de defectos, que seguramente los tuvo. Tampoco fue el único constructor progresista de la Córdoba que heredamos las generaciones actuales, hubo otros igualmente dignos y honorables, con más talento incluso. Sin embargo, a la hora de elegir uno por encima de los demás, nos quedamos con Juan Bautista Bustos. Por todo lo dicho: las invasiones inglesas, la revolución de Mayo, Arequito, la gobernación. Porque trasunta con mayor fidelidad el espíritu cordobés, naturalmente indómito, y representa mejor que nadie una visión alternativa a la de los centros de poder. En una palabra, porque Juan Bautista Bustos es Córdoba.