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  HISTORIA ARGENTINA      
Vilcapugio, la primera de dos grandes derrotas
 
Un día como hoy, hace exactamente 193 años, comenzaba a perderse definitivamente el Alto Perú, la actual Bolivia.

Tras la batalla de Salta, los españoles, derrotados, se replegaron hacia el Alto Perú. El gobierno porteño, urgido de éxitos, no quería dejar pasar la oportunidad de recuperar el terreno perdido luego de la debacle de Huaqui. Por esa razón, empujaba a Belgrano a que se lanzara cuanto antes en pos del enemigo. Sin embargo, el vencedor de Salta manejaba sus propios tiempos: "Después de una acción, tanto el que gana como el que pierde, queda descalabrado: así me sucede a mí", les escribió desde Salta, procurando calmarles la ansiedad. "Tenga V.E. presente que los enemigos han tenido auxilios para llegar descansadamente, aunque en derrota, por el despoblado desde Jujuy hasta Oruro, y que el Ejército de la patria, después de dos meses y medio transcurridos por una parálisis de sus movimientos, no ha podido ocupar la villa de Potosí...", le contestaron, impacientes, desde Buenos Aires.

Finalmente, tras recibir esas y otras reconvenciones, a principios del mes de mayo las fuerzas patriotas ocuparon Potosí y, poco más tarde, el general Belgrano instaló el cuartel general de su ejército en aquella villa, a la vera del codiciado cerro de la plata. Entretanto, el enemigo concentraba sus tropas en Oruro, algunas leguas al norte, reforzadas por hombres y pertrechos llegados desde Lima, la capital virreinal. Belgrano permaneció en Potosí casi tres meses, poniendo a punto a su ejército y alimentando la inquina de los mandos porteños que le exigían entrar en acción.
El general sabía que no pisaba territorio fértil para la revolución y que aún estaba fresco el recuerdo del paso de Castelli y de las crueldades cometidas por los enviados de la Primera Junta poco tiempo atrás. Belgrano prefería ganarse la confianza de los lugareños, de quienes esperaba colaboración en aquella guerra.

Los prolegómenos
Finalmente, el ejército –que, engrosado por los reclutamientos, era ahora de alrededor de 3.500 hombres– se puso en marcha. Las tropas tardaron 20 días en recorrer unas 20 leguas por un terreno árido y escarpado, hasta arribar a la pampa de Vilcapugio, una planicie sembrada de piedras y rodeada por altas montañas. El ejército español, comandado por Pezuela, estaba cerca de allí y superaba en hombres y armamentos al de Belgrano, pero aún no estaba listo para la pelea. El general argentino tampoco estaba resuelto a atacar; esperaba refuerzos desde Cochabamba y, además, que un contingente de indígenas atacara a los españoles por la retaguardia para dividir las fuerzas de éstos en dos frentes de combate. Sin embargo, el ataque prometido no tuvo la envergadura que Belgrano esperaba y fue fácilmente repelido por los realistas. Lo más grave fue que unos papeles reservados cayeron en poder del enemigo y entonces éste supo, entre otras cosas, que los patriotas esperaban el arribo de refuerzos. Ni lerdo ni perezoso, el jefe español decidió adelantar sus planes y lanzó la ofensiva. El 30 de setiembre, por la noche, los soldados de Pezuela escalaron la cuesta que los separaba de la pampa de Vilcapugio para caerles por sorpresa a los patriotas. Noche fría aquella, y sin luna.

1º de octubre de 1813. Dos y media de la madrugada. Los hombres de Belgrano duermen en sus tiendas de campaña mientras, sigilosamente, los españoles comienzan a descender por la ladera. Con las primeras luces de la alborada, los guardias advierten la presencia del enemigo, pero ya es demasiado tarde. Dan la voz de alarma y ni el propio Belgrano puede creer lo que ven sus ojos. Con los primeros rayos de sol, suenan los cañonazos que anuncian el combate en ciernes y todo el mundo se despabila aprestándose para el duelo inminente. A las apuradas, Belgrano dispone sus fuerzas en el campo de batalla lo mejor que puede; frente a sí, una marea colorada avanza al son del redoble de sus tambores y con los pabellones del rey desplegados al viento. El espectáculo es grandioso e impresionante a la vez; la tensión podía palparse en el ambiente.

Cuando ambos ejércitos estuvieron frente a frente, en medio del fuego cruzado y de la humareda, Belgrano ordena a los suyos cargar a bayoneta calada. En poco rato, el ala izquierda española flaquea y comienza a dispersarse. A Pezuela, que sigue atentamente los movimientos, se lo ve desconcertado; aquello no entraba en sus cálculos.

Sin embargo, poco antes del mediodía y cuando las acciones favorecían al bando patriota, las tropas de Belgrano, presas de la confusión, se repliegan abandonando inexplicablemente el campo de batalla. Belgrano intenta contener a sus hombres, pero la rápida reacción del enemigo, que ahora carga sobre ellos, profundiza el caos. Belgrano, impotente, sólo atina a tomar en sus manos la bandera y manda a tocar a reunión, para reagrupar las pocas fuerzas que aún le quedan, mas todo esfuerzo es inútil: nada puede hacerse para reanudar el combate. El general inclina su cabeza; la batalla que hasta hacía pocos minutos parecía ganada está irremisiblemente perdida.

A las 3 de la tarde, Belgrano, al frente de unos 400 hombres, emprende la retirada. Hay que apurar el paso; la tarde se puso fría de repente y pronto el sol comenzará a ocultarse entre las montañas. Entre los hombres que marchan va José María Paz, quien dejará asentado en sus célebres Memorias aquellos tristes momentos que le tocó vivir junto a Belgrano: "La noche era extremadamente fría y habíamos escapado sólo con lo puesto. Llegamos a un lugar donde sólo había uno o dos ranchos inhabitados. Esa fue la primera vez que comí carne de llama...".

Atrás quedaban 300 muertos y casi todo el armamento. Afortunadamente para los sobrevivientes, Pezuela también había sufrido fuertes bajas y no estaba en condiciones de lanzarse en su persecución.

Pese a aquella tragedia, Belgrano llegó a Macha y logró recomponer parte de su fuerza. Sin embargo, la suerte le seguiría siendo esquiva: a fines del mes siguiente, noviembre de 1813, volvió a ser derrotado, esta vez en Ayohuma, y su estrella comenzó a apagarse; pero esa es otra historia...