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  HISTORIA ARGENTINA      
Suicidas de ayer y hoy
 
El caso Nisman, que por estos días sigue ocupando toda la atención, volvió a poner sobre el tapete algo que a todos los seres humanos sin excepción, nos conmueve: el suicidio, más allá de si el caso mencionado lo fue o no.

El suicidio es un evento eminentemente personal, un acto privado podría decirse, sin terceros de por medio. Ahora bien, cuando quien decide quitarse la vida es una persona conocida o destacada se desmorona ese halo protector que encubre los actos privados para transformarlos en hechos públicos, susceptibles de recordación.

Es así como el suicidio está presente en la historia, en la universal y en la nuestra. La primera registra casos emblemáticos, como el de Cleopatra, la reina de Egipto, o el de Adolf Hitler, el fundador de la Alemania nazi, entre muchos otros que jalonan la historia de la Humanidad.

La historia argentina también es pródiga en ejemplos. Por razones de espacio y tenor de esta nota, se citarán los más relevantes, o al menos los que –por distintas razones-  forman parte de la crónica histórica.

La primera hora
Entre los protagonistas de la primera hora de la Patria, incluyendo el período virreinal, existen muy pocos registros de suicidios. Prácticamente la totalidad de los  integrantes de las primeras juntas de gobierno, triunviratos, directores, caudillos, gobernadores, militares, sacerdotes y demás; tuvieron muertes naturales o violentas, pero no autoinfligidas.

El único caso que recoge la crónica histórica es el de Juan Larrea, el vocal de la Primera Junta que se quitó la vida en 1847, abrumado por las deudas y la pérdida de su patrimonio.

Suicidas del amor
Carmen Puch, la niña más bonita de Salta, se dejó morir de amor, luego de que perdió a su amado esposo, Martín Miguel de Guemes. Víctima de una depresión profunda, con tan sólo 25 años de edad y madre de tres hijos, la joven viuda se encerró en su habitación y se sumió en un estado de inanición que le casos la muerte.

Elisa Brown era hija del famoso almirante que asumió la defensa de la Patria en el estuario del Plata. Su prometido, Francisco Drummond, joven marino británico pereció en la batalla naval de Monte Santiago, en 1826. Meses después, con el corazón desgarrado, la joven Elisa, con tan solo diecisiete años cumplidos, se internó en las aguas marrones del Plata y murió ahogada.

Enrique Ocampo era un amante despechado en plena época victoriana (1872). La niña de sus sueños era la agraciada Felicitas Guerrero, cuyo corazón tenía otro dueño. Aquel año, Ocampo se presentó en la residencia de los Guerrero, en el barrio de Barracas, e hirió de muerte a la joven. Luego se quitó la vida con la misma arma de fuego.

Suicidas de la política
El suicidio de Leandro N. Alem conmovió la sociedad política de su tiempo. El tío de Hipólito Yrigoyen, fundador de la Unión Cívica Radical, se quitó la vida el 1º de julio de 1896. “He terminado mi carrera, he concluido mi misión. Para vivir estéril, inútil y deprimido es preferible morir”, dejó asentado en su testamento político, dando claras pistas de los motivos de su desazón.

Un efecto parecido causó, en 1939, la muerte de Lisandro de la Torre. El exsenador de la Democracia Progresista se descerrajó un tiro en el corazón, convencido de que un hombre, probo, íntegro y honesto como él poco podía hacer para frenar el estado de impunidad, fraude y corrupción generalizada de la llamada Década Infame.
La sociedad de los poetas muertos

Resulta curioso el caso de connotados escritores y poetas que eligieron el camino del suicidio para poner fin a sus vidas.

El primero de la lista es Belisario Roldán, escritor y orador brillante, que tomó la decisión terminal el 17 de agosto de 1922. Toda una metáfora el día el día elegido, teniendo en cuenta que el suicida era el autor de aquel del famoso “Padre nuestro que estás en el bronce…”, dedicado al Padre de la Patria, fallecido el mismo día del añoa 1850.

El final de la década de 1930 fue implacable para las letras argentinas. En febrero de 1937, el eximio escritor Horacio Quiroga, autor, entre otras preciosuras literarias, de “Anaconda” y “El libro de la selva”, ingirió veneno mortal mientras estaba internado en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires.

Un año más tarde, el mismo mes, se quitó la vida el –probablemente- más célebre poeta argentino: Leopoldo Lugones. Abrumado por cuestiones personales, y desilusionado con el giro que había tomado el régimen que había contribuido a instaurar tras el golpe aramburista de 1930, tomó cianuro en una posada del Tigre. Su hijo, el conocido represor “Polo” Lugones tomó igual decisión en 1971.

Ese mismo año de 1938, en el mes de octubre, siguió el mismo camino Alfonsina Storni, la más exquisita poetisa del momento. Alfonsina se internó en las aguas oceánicas de Mar del Plata, dejando sus últimos versos: “Voy a dormir nodriza, amiga acuéstame/Pónme una lámpara en la cabecera/Déjame sola…”. Padecía una enfermedad incurable.

Más acá en el tiempo, Raúl Barón Biza, el escritor maldito para algunos, se suicidó en 1964 tras arrojar un vaso con ácido a la cara de Rosa Clotilde Sabbatini, a quien lo unía una relación sentimental. Otros casos  de escritores que pusieron fin a sus vidas: Milcíades Peña (1965), Alejandra Pizernick (1972), Marta Lynch (1985) y Paco Urondo (era a la vez militante Montonero e ingirió la pastilla de cianuro en 1976 antes de ser baleado).

¿Suicidios?
El caso más paradigmático de muerte dudosa fue, en 1953, el de de Juan Duarte, hermano y protegido de Eva Perón, quien tras el deceso de su hemana no logró hacer pie en el esquema de poder. Apareció muerto en su lecho, en paños menores, con un tiro en la sien. Pocos creyeron que se hubiera tratado de un suicidio.

Los polémicos suicidios del brigadier (R) Rodolfo Echegoyen (1990), de Alfredo Yabrán (1996) y de Marcelo Cattáneo (1998), tienen un denominador común: la incredulidad que despertaron en la sociedad por estar ligados a círculos de poder puestos bajo la lupa por la ciudadanía.

Suicidios contemporáneos
No puede dejar de mencionarse los casos frecuentes de los excombatientes de Malvinas, muchos de los cuales optaron por el camino del suicidio, impulsados por el horror de la guerra y la indiferencia de la sociedad a la que no lograron reinsertarse. Las cifras son escalofriantes: ya hay más muertes por suicidio que bajas en el campo de batalla de 1982.

Probablemente una de las pérdidas más dolorosas –todas lo son- fue la de René Favoloro , en el año 2000. El eminente médico platense que había cobrado justa fama y prestigio internacional, superado por las cuestiones económicas que no eran su fuerte, se disparó un tiro…en el corazón.

El supuesto suicidio del fiscal Alberto Nisman que la justicia investiga es el último eslabón de una cadena  que seguramente seguirá engrosándose a lo largo de la historia, porque así lo dispone la frágil condición humana.