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San Martín. Padre nuestro que estás en el bronce...
 
Tras un intento fallido por regresar a su patria, consternado por el enfrentamiento entre unitarios y federales y retirado de toda actividad, San Martín decidió establecerse definitivamente en el Viejo Continente. Mandó entonces a liquidar sus bienes en América y, en 1834, adquirió una casona de planta baja y dos pisos ubicada en la comuna de Grand Bourg, cerca de París. Al año siguiente compró otra propiedad, esta vez en la capital francesa, sobre la rue Saint Georges 35. Durante más de una década, el Libertador repartió su tiempo entre esas dos residencias en compañía de su hija Mercedes, casada con Mariano González Balcarce, y de sus dos nietas.

De los días de Grand Bourg hay testimonios calificados. Allí recibió a ilustres visitantes, como Alberdi (1843), Florencio Varela (1844) y Sarmiento (1846). Vicuña Mackenna cuenta que, en esa época, el General “se levantaba al alba y él mismo se preparaba su bebida matinal, té o café servidos en un mate que San Martín sorbía con una bombilla de caña”. Luego picaba el tabaco de los cigarros y los fumaba envueltos en una chala o en pipa, de las que tenía toda una colección. Hasta ese momento, San Martín conservaba un viejo “choco” que le habían regalado en Guayaquil poco antes de la partida, y pasaba horas enseñándole distintos trucos y piruetas. “El plato fuerte –según Vicuña Mackenna- consistía en fusilarle con su bastón después de haberle condenado como desertor, agudezas que el animal ejecutaba a maravillas siendo el favorito de la casa, hasta que murió de vejez”.

Boulogne sur Mer
A comienzos de 1848, el movimiento revolucionario que sacudió a Francia persuadió al General y a los suyos de que lo mejor para ellos era alejarse de la violencia desatada en las calles de París y buscar un sitio más tranquilo para vivir. San Martín tenía clara conciencia acerca de la naturaleza del conflicto que envolvía a Europa por esos días. En una carta escrita poco tiempo antes de marcharse de París –citada por Ricardo Rojas en El santo de la espada–, San Martín afirma que “la verdadera contienda que hoy en día existe es puramente social; en una palabra, del que no tiene nada contra el que posee”, aludiendo más adelante “a la miseria espantosa de millones de proletarios, agravada en el día con la paralización de la industria”. San Martín, que seguía con atención lo que pasaba en el Viejo Continente y el resto del mundo, fue testigo privilegiado del cambio de signo de los tiempos, anunciado en los albores de ese mismo año por Marx y Engels en el célebre Manifiesto comunista.

Días antes de dejar París, casi como despedida, Mercedes logró convencer a su anciano padre de que posara –por primera y única vez en su vida– ante una cámara fotográfica. Ataviado con una levita de paño de solapa ancha y doble fila de botones, y luciendo un pañuelo anudado al cuello, el viejo general debió permanecer inmóvil durante casi un minuto hasta que su imagen, digna y recia, quedara impresa en la chapa del daguerrotipo. Afortunadamente, esas imágenes vencieron el paso del tiempo y uno de los dos daguerrotipos se conserva hasta hoy en el Museo Histórico Nacional.

En marzo de 1848, San Martín, Mercedes, Mariano Balcarce y las dos nietas partieron a Boulogne sur Mer, una ciudad puerto ubicada en la costa norte de Francia, a la vera del Canal de la Mancha. El Libertador –que en febrero había cumplido 70 años- eligió ese lugar porque se hallaba frente a Inglaterra, adonde pensaba trasladarse si las cosas empeoraban en Francia. En Boulogne ocupó junto a su familia los pisos altos de la residencia señalada con el número 105 de la Grand Rue, con cuyo propietario, el abogado Gerard, que residía en la planta baja, el prócer trabó una sincera amistad. Sólo llevó consigo los muebles de su dormitorio, los papeles y documentos de sus campañas militares y el estandarte de Francisco Pizarro, obsequiado por el gobierno del Perú. El resto de sus pertenencias fueron vendidas más tarde junto a la propiedad de Grand Bourg.

Aquella primavera boreal de 1848 fue apacible. En Boulogne reinaba el buen tiempo que San Martín aprovechaba para dar largos paseos vespertinos por la orilla del mar en compañía de sus nietas, Mercedes María y Josefa Dominga. Ambas eran el mayor tesoro del viejo general; con sus ocurrencias le entretenían y animaban, haciendo más llevadera su existencia lejos de la patria. “De qué valen estas condecoraciones si no sirven para callar el llanto de un niño”, espetó San Martín a alguien que le recriminó –cuando las niñas eran más pequeñas- que, complaciente, les permitiera jugar con las medallas ganadas a lo largo de su vida.

Los días del General en Boulogne discurrían serenamente. Pese a estar lejos de la patria, a San Martín le agradaba aquella ciudad; sólo se lamentaba no poder leer y escribir como solía hacerlo en el pasado por la enfermedad de cataratas que lo aquejaba en forma progresiva e irreversible. La intervención quirúrgica a que se sometió un par de años atrás había dado nulos resultados, por esa razón, cada vez con mayor frecuencia debía pedirle a su hija que le leyera los periódicos y la correspondencia y escribiera las cartas que él le dictaba y sólo se limitaba a firmar. Un listado cronológico de acontecimientos públicos y privados – una docena en total- asentados en un ejemplar de El arte de hablar francés, de Chantreau, que aún se conserva, probablemente sea lo último que escribió de puño y letra.

Tempestad que llega al puerto
La salud de San Martín, que nunca fue buena, comenzó a deteriorarse aún más. Además de las secuelas de heridas y contusiones sufridas en distintos momentos de su larga carrera militar, el Libertador padecía de enfermedades crónicas, como úlceras y asma. Víctima de esta última, San Martín había pasado muchas noches en vela, sentado en una silla para poder respirar. Sin embargo, las que le ocasionaron los mayores trastornos fueron las enfermedades gastrointestinales: úlceras, gastritis, hemorroides y estreñimiento. Como consecuencia de éstas, a menudo sufría cólicos, vómitos y hemorragias que en más de una ocasión hicieron peligrar su vida. A menudo solía recurrir a un brebaje a base de láudano para aliviar los dolores. Estas afecciones habían recrudecido en los últimos años, especialmente a fines de 1847, cosa que el Libertador admitió en una carta que le escribió en esa época a su entrañable amigo Tomás Guido. El carácter del prócer tampoco ayudaba demasiado. San Martín no era de temperamento tranquilo, sino más bien todo lo contrario, agravado en tiempos pasados por las tensiones y complicaciones en las que habitualmente se hallaba envuelto en razón de sus altas funciones y responsabilidades.

A mediados de 1850 se trasladó a los baños termales de Enghien, cerca de París, buscando el alivio de las aguas cálidas y sulfurosas del lugar. Allí se encontró con Félix Frías, un compatriota de filiación liberal y acérrimo enemigo de Rosas, con quien San Martín se carteaba. Entre baño y baño, Frías y el General platicaron largamente acerca de la suerte de la América emancipada, escenario en ese momento de estériles enfrentamientos entre hermanos. “Abrigo una fe profunda en el porvenir de aquellos países”, le confió un esperanzado San Martín a su amigo, pese a que conocía la situación de allende los mares.

Permaneció en Enghien por más de un mes, hasta fines de julio de aquel año, aunque no volvió mejorado. “No pudo, por el mal tiempo, hacer el ejercicio que le era necesario; perdió el apetito y fue postrándose gradualmente”, escribió Mariano Balcarce por esos días. Muy delgado, inapetente e impedido –además- de valerse por sus propios medios a causa de la pérdida de la visión, San Martín se recluyó en sí mismo, acentuándose aún más su natural introspección. Casi no frecuentaba a personas ajenas al círculo familiar. No recibía visitantes ni disfrutaba como antes de la compañía de sus propias nietas. Su vida se iba apagando lentamente. Según cuenta Mitre, el 6 de agosto de aquel año de 1850, San Martín salió de paseo por la costa del Canal de la Mancha en carruaje, porque ya casi no caminaba. Fue entonces cuando sufrió alguna dolencia que le hizo llevarse una mano al pecho e interrumpir el paseo. Regresó a su hogar visiblemente desmejorado. “Es la tempestad que llega al puerto”, susurró en francés con un hilo de voz al oído de su hija, que lo recibió consternada. En los días que siguieron a ese episodio estuvo postrado y casi no probó alimentos. El sábado 17 de agosto, sintiéndose algo mejor, pidió ser trasladado a la habitación contigua, para que Mercedes le leyera los periódicos. Allí, rodeado por sus seres queridos y mientras aguardaba la llegada de su médico, le sobrevino una nueva crisis y debió ser recostado en el lecho de su hija. Con visible dificultad, pidió a su yerno que lo llevara de regreso a su alcoba, donde expiró a las tres de la tarde, la hora en que, según se afirma, se detuvieron las agujas del reloj de la casa.

Camino a la eternidad
El velatorio de San Martin se realizó en la misma casa. “Su rostro conservaba los rasgos pronunciados de su carácter severo y respetable. Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho y otro entre dos velas que ardían al lado del lecho de muerte. Dos hermanas de caridad rezaban por el descanso del alma que abrigó aquel cadáver”, fue el sombrío cuadro con que se encontró Félix Frías al arribar a la casa, pocas horas después del deceso del prócer. Desde allí partió el día 20 un reducido cortejo con destino a la Catedral de Nuestra Señora de Boulogne, donde quedó depositado el ataúd conteniendo el cuerpo embalsamado de San Martín hasta que, en 1861, fue trasladado al panteón familiar en el Cementerio de Brunoy, donde se habían mudado sus deudos.

Algunos años antes de su muerte, en enero de 1844, “visto el mal estado de mi salud”, como él mismo lo consignó, San Martín había escrito de puño y letra su testamento. En ese documento, además de legar su sable a Juan Manuel de Rosas, expresó el deseo íntimo de que su corazón descansase en Buenos Aires, cosa que se cumplió recién el 28 de mayo de 1880, siendo presidente Nicolás Avellaneda. Como le tocara hacerlo 20 años antes con Rivadavia, Domingo Faustino Sarmiento –ferviente admirador de San Martín- fue el encargado de recibir la urna funeraria que contenía sus restos. En el muelle de Santa Catalina, en medio de un clima solemne y recoleto, se alzó la voz estentórea del sanjuanino, saludando la repatriación de las cenizas del Padre de la Patria, que fueron depositadas en un magnífico mausoleo erigido por disposición del Congreso Nacional en una de las capillas laterales de la Catedral de Buenos Aires, donde continúan hasta hoy, custodiadas por efectivos del Regimiento de Granaderos a Caballo que fundara el propio San Martín.

Mercedes falleció en París el 28 de febrero de 1875. Mariano, el esposo de Mercedes, murió en 1885. La mayor de las nietas de San Martín murió a temprana edad –27 años- en 1860. La restante, Josefa Dominga, en cambio, vivió hasta los 88 años, falleciendo en 1924 sin dejar descendencia. Fue ella quien, en 1886, le remitió a Bartolomé Mitre el archivo completo de su abuelo, que sirvió de fuente al vencedor de Pavón para su obra más famosa: la Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, base de la historiografía oficial. También fue Josefa la que, en 1899, envió a la Argentina los muebles del dormitorio del General, que tan amorosamente había conservado todos esos años, junto a un croquis para que se los colocara respetando su disposición original, tal como se hallan exhibidos en el Museo Histórico Nacional. En 1909 una comisión de argentinos residentes en Francia concretó la inauguración de una estatua ecuestre del Gran Capitán en Boulogne Sur Mer, a orillas del brumoso Mar del Norte. Fue el día de la inauguración, tras correr el velo que la cubría, cuando Belisario Roldán pronunció aquel memorable rezo laico que comienza: “Padre nuestro que estás en el bronce...”