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  HISTORIA ARGENTINA      
Rosas entre blancos y colorados
 
El 6 de diciembre de 1842, en Arroyo Grande, tierra entrerriana, se libró una de las batallas más encarnizadas y menos conocidas de nuestra historia. Participaron argentinos y uruguayos.

En tiempos de Rosas, la política rioplatense –argentina y uruguaya– se dirimía en un mismo tablero. Las tensiones de aquellos días se irradiaban hacia la Banda Oriental, donde buscaban refugio los enemigos del Restaurador, en tanto que, a su vez, las principales figuras de la vecina orilla, queriéndolo o no, quedaban atrapadas en el conflicto argentino. Ese fue el caso de dos acérrimos rivales en la porfía oriental: Fructuoso Rivera y Manuel Oribe, protagonistas centrales de aquella hora, solo que en bandos opuestos. Cuando en 1838, Rivera –ex lugarteniente de Artigas y jefe de los “colorados”– desalojó de la presidencia a Manuel Oribe, el líder de los “blancos” buscó amparo en Buenos Aires. Allí, Rosas, además de recibirlo con los brazos abiertos, le dio el mando del poderoso ejército federal. Fue el empujón que necesitaba Rivera para meterse de lleno en la guerra contra Rosas y sellar una alianza con la nutrida colonia argentina que operaba desde la otra orilla.

En aquel tiempo, la guerra se había desplazado al Litoral, donde la provincia de Corrientes, bajo el mando de Pedro Ferré, se había convertido en uno de los pocos bastiones antirrosistas que quedaban en pie. Por esa razón, renombrados jefes unitarios como Juan Lavalle y José María Paz ofrecieron sus servicios al gobernador correntino para apuntalarlo y lanzar desde esa provincia una ofensiva capaz de tumbar al Restaurador de las Leyes. La primera intentona, la de Lavalle, terminó en un gran fracaso. Sin embargo, el resonante triunfo obtenido por las fuerzas correntinas comandadas por el general Paz en Caaguazú, el 28 de noviembre de 1841, encendió nuevamente la ilusión de los enemigos de Rosas. Entonado por aquella victoria, a comienzos de 1842, Paz invadió Entre Ríos desde el norte, en tanto que el ejército de Rivera cruzaba el río Uruguay para sumarse a la contraofensiva en marcha. Entre temeroso e irritado por las malas nuevas, Rosas ordenó a su eficiente brazo armado, Manuel Oribe, que interrumpiera su campaña en las provincias norteñas y cargara sobre el enemigo común. Oribe capitaneaba el ejército que había arrollado a Lavalle y a Lamadrid, integrado por soldados reclutados en las provincias y célebre por la fiereza con que trataba a sus enemigos. En tanto, en el bando opositor, los celos y la mutua desconfianza entre Pedro Ferré y el general Paz malograron la posibilidad de consolidar la ventaja inicial.

En medio del conflicto de poder, la Legislatura de Entre Ríos nombró gobernador al propio general Paz. Esa fue la gota que colmó la paciencia de Ferré, quien, disgustado, retiró las tropas que había confiado al famoso “Manco” y cedió la dirección de la guerra a Fructuoso Rivera. Hasta ese momento el jefe oriental se había mantenido al margen, esperando el desenlace de aquella interna para jugar sus propias fichas. Por algo le llamaban el “Pardejón” Rivera.

Entretanto, el ejército de Oribe, obedeciendo una vez más los designios de Rosas, atravesó a toda marcha el centro del país y cayó primero sobre Santa Fe, aplastando la débil resistencia que le opuso el gobernador de aquella provincia, Juan Pablo López, y luego sobre Entre Ríos, donde se le sumó la poderosa caballería de Urquiza. Todo estaba dispuesto para el enfrentamiento decisivo entre los dos líderes orientales, en un lance que dirimiría la suerte del Litoral y, en el mismo acto, el antiguo pleito entre ambos.

La batalla
El encuentro se produjo el 6 de diciembre de 1842, en las puntas del Arroyo Grande, al sur de Concordia. El llamado Ejército Aliado Libertador que comandaba Rivera contaba con unos siete mil efectivos, mientras que el Ejército Unido de la Confederación Argentina, capitaneado por Oribe era bastante más numeroso. En uno y otro bando revistaban experimentados y valerosos oficiales: Urquiza, Pacheco, Virasoro, Chilavert.

El entrevero comenzó temprano y se prolongó varias horas bajo un sol abrasador; mientras las cargas de caballería se sucedían de un lado y del otro, la infantería peleaba arduamente cada palmo de terreno, hasta que las bajas y el cansancio comenzaron a producir sus efectos. Finalmente, las fuerzas de Oribe quebraron la resistencia del rival y se alzaron con el triunfo. Como era costumbre, luego de la batalla vinieron las crueldades. A los que no cayeron en combate se los pasó a degüello: aquel día Oribe se mostró más sanguinario que nunca, en especial con sus compatriotas, a quienes quería escarmentar de una vez y para siempre.

“Esta batalla, Excelentísimo Señor, ha sido de aquellas que no dejan al enemigo esperanza alguna. No puede darse una victoria más completa, y los salvajes unitarios han llevado el terrible escarmiento que les tenía preparada la Justicia y el Cielo”, rezaba el parte de guerra elevado por el vencedor a Juan Manuel de Rosas, su jefe y protector. Rivera, por su parte, aquel día salvó el pellejo pero perdió casi todo su ejército.

La batalla de Arroyo Grande fue el punto final de la ofensiva antirrosista iniciada en 1840. Ese año, los enemigos de Rosas habían puesto toda la carne en el asador: el bloqueo al puerto metropolitano, el levantamiento de los Libres del Sur en la provincia de Buenos Aires, el fallido complot del coronel Ramón Maza, el activismo de los emigrados en el extranjero, la conformación de la Coalición del Norte y las malogradas campañas de Lavalle y Lamadrid por el interior del país y de Paz en el Litoral. Nada hizo mella en el corazón del poder; todo aquello fue pasajero, apenas una tormenta de verano que no llegó a empapar al gran Rosas.

En Arroyo Grande quedó liquidada la incipiente alianza opositora del Litoral. Rosas, viendo cómo el tablero se inclinaba nuevamente a su favor, recuperó la calma perdida tras la derrota de Caaguazú. A Oribe, en tanto, le quedaba expedito el camino hacia su objetivo más preciado: Montevideo, que seguía en manos de sus enemigos. Muy pronto comenzaría a escribirse una epopeya legendaria: el sitio de la capital uruguaya, pero esa es otra historia...