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  HISTORIA ARGENTINA      
Rivadavia, ¿ángel o demonio?
 
Políticamente derrotado y retirado definitivamente de la vida pública, en 1829 Bernardino Rivadavia partió rumbo al exilio. Permaneció un tiempo en la Banda Oriental y luego siguió viaje a Europa. En París se dedicó a traducir textos, entre otros El arte de criar gusanos de seda, de Dándolo. En 1834, creyendo que en su patria había amainado el temporal, intentó volver a Buenos Aires, pero el gobierno de Viamonte, el mismo día que arribó, lo envió de regreso. Para evitar una nueva separación, su esposa, Juana del Pino –hija de uno de los últimos virreyes españoles-, y Martín, su hijo menor, marcharon con él a un nuevo exilio. Los Rivadavia se instalaron en Colonia, en la Banda Oriental, y más tarde en Río de Janeiro, donde en 1841 murió Juanita. Rivadavia, viudo y despechado con los argentinos, se trasladó a Europa. A comienzos de 1843 se radicó en Cádiz, donde alquiló un piso en una casona del barrio de la Constitución para vivir junto a dos sobrinas políticas. Allí murió el 2 de setiembre de 1845, pidiendo que su cuerpo “no volviera jamás a Buenos Aires”. Tenía 65 años de edad.

Su carrera política comenzó en tiempos de la Revolución de Mayo. Aunque no formó parte de la Primera Junta, poco más tarde fue secretario político del Primer Triunvirato, que tuvo corta vida. En 1814 se trasladó a Europa para cumplir una delicada misión diplomática junto a Manuel Belgrano, permaneciendo en el Viejo Continente varios años. A su regreso se desempeñó como ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires –desde 1820 no había gobierno nacional- y desde ese cargo impulsó fuertes reformas que embistieron a fondo contra las viejas prácticas e instituciones heredadas de los tiempos de la colonia. Concluido el mandato del gobernador Martín Rodríguez y, por lo tanto, sus funciones ministeriales, Rivadavia pasó una nueva temporada en Europa.

A su regreso, en 1826, fue designado presidente por el congreso convocado para dictar una constitución. Gobernó sin sustento popular y con demasiados frentes abiertos: la puja entre unitarios y federales estaba en su momento más álgido y el país libraba una encarnizada guerra contra el Brasil, y, por si esto fuese poco, la Constitución –que finalmente se sancionó en diciembre de 1826– fue unánimemente rechazada por las provincias. Acosado por los cuatro costados, el tambaleante gobierno de Rivadavia se desplomó definitivamente en junio de 1827. La paz firmada con el Brasil, que significó la pérdida definitiva de la Banda Oriental, fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de sus enemigos, que no eran pocos. “Soy la razón y no quiero ser la fuerza”, dijo un desolado Rivadavia al presentar la renuncia. Esa fue su última declaración política; inmediatamente cayó el telón sobre su actuación pública. Con 47 años cumplidos, sólo le cabía esperar mansamente la muerte.

Seguramente, durante los largos 16 años que duró su exilio, Rivadavia pudo reflexionar acerca de por qué su estrella, que llegó a brillar muy alto en el firmamento de la política argentina, se apagó súbitamente, condenándolo no sólo al ostracismo sino además –lo que es peor aún- al escarnio público. La lista de los cargos levantados en su contra era larga; sus detractores le endilgaban la paternidad del “unitarismo salvaje”, el nacimiento de la deuda externa, la entrega del patrimonio nacional al capital extranjero, el desmantelamiento de las fuerzas armadas, el ataque a la religión católica, la resignación de la soberanía y la pérdida de la identidad nacional, entre otras felonías por el estilo. Las pruebas acumuladas en su contra, a su vez, eran contundentes: la Constitución centralista de 1826, el ruinoso empréstito concertado con la Baring Brothers, los contratos leoninos suscriptos con la Minnin Company, las ofensivas reformas militar y religiosa, la escandalosa ley de enfiteusis, el desprecio hacia las provincias y sus caudillos, el ominoso tratado de paz con el Brasil firmado por Manuel García, etcétera.

Contra semejantes acusaciones, era poco lo que Rivadavia podía alegar en su favor, como no ser haber intentado –aunque no siempre del modo más correcto- remover las bases del viejo régimen colonial, para modernizar el país y dotarlo de instituciones progresistas. Tal vez su fracaso se debió –pensaría Rivadavia en su destierro- a que el error fue adelantarse a los tiempos de un país que aún no estaba maduro para ciertos cambios o a que le faltó “cintura política” y no reparó en el poder que aún conservaban ciertas corporaciones ancestrales, como la Iglesia Católica, que jamás le perdonó, por ejemplo, la supresión del diezmo. O que Facundo Quiroga no estaba dispuesto a quedarse fuera del lucrativo negocio de las minas de Famatina. Lo cierto es que muy pocos lo reivindicaron en su tiempo y menos aún luego de su muerte.

Murió lejos de su patria, solo y olvidado. Siguiendo sus deseos, su cuerpo fue sepultado en Cádiz. Sin embargo, la última voluntad de Rivadavia no fue respetada y sus restos fueron repatriados en 1857. Desde 1932 descansan en el mausoleo levantado en plaza Miserere, sobre la avenida porteña que lleva su nombre. La casona donde vivió varios años –en la Defensa al 300– hasta hace poco seguía en pie, aunque irremediablemente condenada a la piqueta.