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  HISTORIA ARGENTINA      
Perón y el mítico avión negro
 
A la 1.45, hora española, del 2 de diciembre de 1964, cuando el piloto del vuelo 991 de Iberia dio la orden de ajustarse los cinturones, Juan Domingo Perón sintió que un escalofrío recorría su cuerpo: después de nueve  años de exilio, estaba camino a la Argentina.

A fines de 1964, la bipolaridad mundial gozaba de buena salud, la música de Los Beatles sonaba en todas partes y cada día la humanidad se asombraba con algo nuevo. En la Argentina, el presidente Arturo Illia, que había llegado al poder con el 24 por ciento de los votos, gobernaba bajo la mirada atenta de los militares. 

Juan Domingo Perón, derrocado en 1955, con 69 años cumplidos, llevaba ya nueve en el exilio; en países latinoamericanos los primeros cinco y en la España franquista los cuatro últimos. El panorama que se le presentaba no era el mejor: su movimiento seguía proscripto y, por más que sus seguidores más fieles seguían bregando para traerlo de regreso, esa posibilidad aparecía cada vez más lejana: los mandos militares no lo hubieran permitido ni tampoco el gobierno de Arturo Illia se mostraba dispuesto a facilitar las cosas. Tanto las Fuerzas Armadas como los partidos tradicionales preferían que la Argentina tuviera un presente y un futuro político sin el peronismo o, al menos, sin su líder, que no entraba en los planes de nadie que no fuera peronista.

Pero eso no era todo: lo peor del caso para Perón era que en el seno del propio movimiento venía cobrando fuerza una corriente heterodoxa liderada por Augusto Timoteo Vandor, el poderoso secretario de la Unión Obrera Metalúrgica, que propiciaba un “peronismo sin Perón”, una versión descafeinada, funcional a los planes de quienes querían sacarse al susodicho de encima. Se los bautizó “neoperonistas” para diferenciarlos de los otros, los llamados ortodoxos. Ese cisma en gestación, que ponía su liderazgo en tela de juicio, fue lo que finalmente decidió al habitante de la quinta 17 de Octubre, del barrio madrileño de Puerta de Hierro, a considerar la idea de concretar el regreso tantas veces anunciado y, otras tantas, desactivado. 

Perón sabía bien que cada vez que se agitaba el fantasma del “avión negro”, despertaba los temores dormidos de sus enemigos a la vez que insuflaba ánimo a las vapuleadas huestes partidarias. No vaya a ser que los argentinos creyeran que él era un cobarde, como solían aguijonear sus enemigos.

Operativo retorno
Los primeros en conocer la decisión  fueron los principales capitostes que actuaban en el país: Augusto Vandor y el dirigente de los textiles Andrés Framini, por la rama gremial; Delia Deglioumini de Parodi en representación de la rama femenina y Alberto Iturbe, delegado personal de Perón. Todos ellos, más el empresario Jorge Antonio que se ocupaba de las cuestiones financieras del viaje, integraron la comisión para coordinar el Operativo Retorno, como lo bautizaron.

Lo que hasta ese momento había sido un secreto bien guardado, rápidamente se convirtió en un rumor imparable. El presidente Illia al principio no se mostró preocupado por la versión. Para bajarle el perfil, dijo que el retorno “era una cuestión del señor Perón”, no de él. Los militares pusieron el grito en el cielo: por nada del mundo tolerarían el retorno del “tirano prófugo”, como le llamaban para escarnecerlo. Ni los “azules” ni los “colorados”, las dos fracciones en que se hallaba dividido el Ejército, querían saber nada del asunto.

Cuando la versión se convirtió en noticia, el distendido discurso oficial viró hacia la preocupación; el canciller Miguel Ángel Zabala Ortiz dejó en claro que Perón no podía regresar al país y, si lo hacía, sería detenido de inmediato para responder por las causas judiciales que seguían abiertas, entre ellas una por estupro. Sin decirlo, el gobierno argentino apostaba a la estrecha relación que mantenía con la dictadura que había sucedido a Joao Goulart en el Brasil, escala obligada de los vuelos transcontinentales.

El 1º de diciembre por la noche, para burlar a los espías de Francisco Franco que lo vigilaban, Perón salió de su residencia oculto en el baúl de un automóvil. En Barajas, mostró un pasaporte a nombre de Juan P, Sosa, abordó el avión –que no era negro- y se acomodó en la primera clase junto a la decena de personas que integraban la comitiva. Cuando la máquina de Iberia se posó en la pista del aeropuerto El Galeao, las autoridades brasileñas hicieron descender al pasajero, le requisaron el arma que llevaba y le comunicaron que no podía seguir viaje a Buenos Aires. Por pedido especial del gobierno argentino, aclararon para deslindar responsabilidades.

Mientras, Ricardo Illia, secretario privado del presidente, se esforzaba por desmentir que su hermano hubiese tenido algo que ver en la maniobra. Sin embargo, años más tarde, el propio Zavala Ortiz confirmó que el gobierno argentino hizo la gestión ante el de Brasil para evitar males mayores. Ni qué hablar de lo que pasaba en esos momentos por las cabezas de los militares argentinos se mezclaban en un loco carrusel las prevenciones contra el peronismo, la amenaza comunista soliviantada por la reciente revolución cubana y el peso del mandato supremo de custodiar los valores occidentales y cristianos en un mundo en erupción.

Tras mantenerlo cautivo durante algunas horas, los brasileños, haciendo caso omiso a los argumentos esgrimidos por Perón, lo enviaron de regreso a España en compañía de su tercera esposa, Isabelita, y del empresario Jorge Antonio, en tanto que el resto de la comitiva siguió viaje a Buenos Aires.
Mientras en las bases cundía el desaliento, los adversarios de Vandor sostenían que el “Lobo” había apoyado la audaz empresa sólo para demostrar que el regreso de Perón era inviable y que debía tomarse en serio la alternativa de un liderazgo local.

Lo que vino después
Perón, otra vez en Madrid, después de recibir la dura advertencia del gobierno español de que no volvería a tolerar una falta como ésa mientras fuera su huésped, prosiguió con la vida apacible que llevaba antes de partir, recibiendo visitas, contestando cartas y cuidando sus caniches. Al año siguiente, 1965, hubo elecciones legislativas en las que el llamado neoperonismo, entonado por el regreso fallido, presentó candidatos propios en varios distritos, entre ellos Mendoza, que se transformó rápidamente en la elección más caliente de todas. Perón copó la parada y envió a Isabel para que no quedaran dudas de que él apoyaba al candidato “leal”, que finalmente sacó más votos que su contrincante neoperonista, apoyado por Vandor.

Este episodio le sirvió a Perón para confirmar que, pese a todo, el jefe del movimiento seguía siendo él, a la vez que persuadió a los militares de que lo mejor para no correr nuevos sobresaltos electorales era congelar por un buen tiempo la política en la Argentina. Con ese fin, al año siguiente derrocaron a Illia y pusieron en marcha la llamada Revolución Argentina. Pero ésa es otra historia.