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Pasión y muerte de Manuel Dorrego
 
"Navarro, diciembre 13 de 1828. Participo al gobierno delegado que el coronel don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división. Firmado: Juan Lavalle”.

¿Qué tremendo crimen había cometido Dorrego para merecer semejante castigo? En realidad, ninguno; por lo que su fusilamiento fue un verdadero crimen político, el más estremecedor de la década y, tal vez, del siglo.

El proyecto unitario encarnado por Bernardino Rivadavia hizo crisis en 1827, después de que las provincias rechazaran de plano la Constitución nacional de neto corte centralista que había sancionado el Congreso y que en vano se les trató de imponer. Para entonces, la autoridad de Rivadavia estaba seriamente cuestionada y la mayoría de los caudillos provinciales se había coaligado en su contra. El deshonroso tratado de paz con el Brasil –suscripto por Manuel José García, el representante designado por el Gobierno argentino- fue la gota que colmó el vaso y precipitó la caída de Rivadavia, la que finalmente se produjo en julio de 1827.

Con la renuncia del primer presidente argentino se extinguieron el Congreso y el Poder Ejecutivo nacional. Sólo quedaban en pie las provincias. Para llenar el vacío de poder que se había producido, en el mes de agosto de aquel año la Junta de Representantes de la provincia de Buenos Aires eligió gobernador propietario a Manuel Dorrego, un ex oficial de la Guerra de la Independencia enrolado en el bando federal, que tenía tanto de valiente como de díscolo y arrebatado. “El loco”, le decían. Dorrego asumió en medio de una profunda crisis financiera, con el país envuelto aún en la encarnizada guerra contra el Brasil y asolado por un creciente estado de anarquía interna. El flamante gobernador de la provincia más poderosa del país tenía ante sí el enorme desafío de restablecer las maltrechas relaciones con el resto de las provincias y convocar a un nuevo congreso para retomar el espinoso tema de la organización nacional y el dictado de una nueva Constitución.

Dorrego y Bustos
Sin perder tiempo, Dorrego trabó vínculos amistosos con los caudillos más connotados de la hora, como Facundo Quiroga y Estanislao López, y con el ascendente gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos, el opositor más tenaz que tuvo Rivadavia. El mandatario cordobés designó a su sobrino Francisco Ignacio Bustos para entenderse con Manuel Moreno, el representante de Dorrego, y labrar una alianza entre Buenos Aires y la estratégica provincia mediterránea. El 21 de setiembre de 1827 se suscribieron dos tratados entre ambas provincias, uno público y otro secreto. En ellos se convino todo lo atinente a la prosecución de la guerra contra el Imperio del Brasil y la celebración de una Convención Nacional en Santa Fe, donde los firmantes del pacto se comprometían a impulsar la adopción de la forma federal de gobierno. Las cláusulas secretas, a instancias del gobernador de Córdoba, establecían que las autoridades de Buenos Aires debían tomar recaudos para evitar la salida del país de los principales responsables de la gestión rivadaviana, a la vez que todos los antecedentes de la misma debían ser girados al congreso próximo a reunirse para su debido examen y rendición de cuentas. Bustos no quería por nada del mundo que Rivadavia saliera airoso pese a haber abandonado el poder; en tanto que a Dorrego, la alianza con Córdoba le permitía destrabar las relaciones con buena parte del interior profundo y asegurarse, a su vez, nuevos contingentes para la guerra contra el Brasil, que estaba decidido a librar hasta las últimas consecuencias.

Sin embargo, los caminos de los dos caudillos federales pronto se separaron. Incluso, Bustos llegó a retirar sus representantes del demorado Congreso de Santa Fe, debilitando de ese modo la posición de Dorrego. Es que el gobernador de Córdoba tenía, igual que el bonaerense, sus propias ambiciones presidenciales.

El golpe de Lavalle
Entretanto, los unitarios no se resignaban a haber sido desplazados del poder por la “chusma” que sostenía a Dorrego y conspiraban abiertamente contra el Gobierno. La prensa unitaria, feroz y con plumas más avezadas a su servicio, preparó pacientemente la atmósfera revolucionaria. Los hombres de levita, llamados peyorativamente “lomos negros” por sus adversarios, sólo necesitaban de un brazo armado dispuesto a dar el golpe y por esa razón dirigían sus miradas hacia los oficiales de mayor prestigio que peleaban la guerra contra el Brasil, como Juan Lavalle y José María Paz. Mientras, en las provincias los caudillos de la época consolidaban más y más su poder. Muy pronto Dorrego se convirtió en la cabeza del federalismo y Lavalle en la del unitarismo.

Las posiciones eran irreconciliables. Las elecciones de mayo de 1828 para renovar la Junta de Representantes de la provincia de Buenos Aires encendieron el conflicto entre ambos bandos. Aquellas elecciones fueron muy reñidas. Se enfrentaban las clases ilustradas –con Alvear, Lavalle y Soler a la cabeza– con el “populacho” acaudillado por Dorrego. Cuando el triunfo de los unitarios parecía irreversible, en una de las parroquias donde se votaba se presentó la fuerza pública para impedir la derrota del oficialismo. La oposición, que estaba prevenida, se abroqueló y sólo permitía sufragar a quienes pertenecían a esa jurisdicción. En el momento de máxima tensión, Lavalle, que tenía a su cargo los comicios en ese lugar, se plantó delante del regimiento y con su habitual arrogancia espetó al oficial que lo mandaba “que en aquel momento no había gobierno; y que por consiguiente no podía impartir orden alguna, y que era muy extraño que un oficial de honor que debía esperar una ocasión favorable para demostrar su energía en el campo de batalla viniera a hacer ostentación de sus armas en el pretil de un templo y ante el pecho de un pueblo desarmado”, ordenándole que retirara inmediatamente la tropa bajo su mando. El oficial, amilanado por la autoridad y prestigio del superior, acató la orden; pero la chusma desenfrenada atropelló las mesas y arrebató los registros, impidiendo que se contaran los votos. El banquete de la discordia entre unitarios y federales estaba servido.

El 27 de agosto de 1828 se firmó el tratado definitivo de paz con el Brasil, que no dejó conforme a nadie. Inmediatamente, las tropas que habían peleado aquella guerra fueron desmovilizadas y comenzaron a retornar al país. El 29 de noviembre desembarcó el grueso del Ejército nacional que, triunfante en Ituzaingó, no se resignaba a aceptar la pérdida de la Banda Oriental, por la que tanto se había luchado. Por esa y otras razones, el motín estaba en marcha. El 1º de diciembre los regimientos salieron de los cuarteles y, comandados por Lavalle, derrocaron a Dorrego. Poco después, Lavalle se hizo proclamar gobernador por una módica asamblea reunida en el atrio de la iglesia de San Francisco, donde los presentes manifestaron su apoyo al general unitario levantando sus sombreros con la mano derecha.

Producida la sublevación que lo desplazó del poder, Dorrego salió a la campaña para organizar la resistencia. Su único aliado en esa empresa era Juan Manuel de Rosas, un poderoso hacendado de la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, el pobrerío de la ciudad y la campaña estaba en contra de los “lomos negros” y con el concurso de aquellas gentes en pocos días Dorrego logró reunir unos dos mil hombres de pelea. Lavalle, a su vez, delegó el mando en el almirante Guillermo Brown, otro veterano de la guerra contra el Brasil, y salió a la campaña al frente del Ejército nacional para conjurar la resistencia de Dorrego y Rosas.

Navarro
El 9 de diciembre, Dorrego presentó combate en los campos de Navarro, en la planicie bonaerense. Las tropas experimentadas y bien pertrechadas de Lavalle no tuvieron mayores dificultades en dar cuenta del improvisado ejército de gauchos mal armados de Dorrego. Sin embargo, el gobernador depuesto pudo escapar. Rosas le sugirió pasar inmediatamente a Santa Fe, y buscar allí el amparo de Estanislao López. Dorrego desoyó el consejo y se demoró inexplicablemente en un campo de Areco, junto a su hermano y otros partidarios. Al día siguiente, los oficiales de Pacheco, a quien Dorrego creía su amigo, lo apresaron y despacharon a Buenos Aires. La noticia llegó el día 11 a la metrópoli, donde los unitarios querían evitar a toda costa que el prisionero pusiera sus pies. Temían, además, que Lavalle defeccionara ante su antiguo camarada de armas perdonándole la vida. Entretanto, otros oficiales se movieron para evitar la desgracia que se cernía sobre Dorrego, entre ellos Gregorio Aráoz de Lamadrid, quien intercede sin éxito ante Lavalle para que reciba al preso. La suerte de Dorrego estaba echada.

Mientras es conducido a Buenos Aires, presa de la desesperación, Dorrego escribe cartas. Le pide a José María Díaz Vélez, ministro de Gobierno, que lo espere a su llegada a la ciudad. Sabe que su vida pende de un hilo. A Guillermo Brown le solicita que interceda para que se le permita desterrarse voluntariamente en los Estados Unidos, donde estuvo años atrás cuando Juan Martín de Pueyrredón, siendo Director Supremo, lo conminó a dejar el país. También recurre a su amigo Miguel Azcuénaga y a los ministros británico y norteamericano. Nada de eso surte efecto.

Los unitarios que han copado el Gobierno e influyen notablemente sobre Lavalle se estremecen ante la posibilidad de que Dorrego llegue con vida a la ciudad y redoblan sus intrigas. “No se sabe bien cuánto puede hacer el partido de Dorrego en este lance; él se compone de la canalla más desesperada (...) El señor Díaz Vélez había determinado que Dorrego entrase a la ciudad; pero yo, de acuerdo con el señor A., le hemos dicho que, dando ese paso, abusaría de sus facultades...”, escribe Salvador María del Carril, anunciando a Lavalle que el prisionero marcha ahora a su encuentro. “Así, considere usted la suerte de Dorrego. Mire usted que este país se fatiga 18 años hace en revoluciones sin que una sola haya producido un escarmiento”, agrega, atizando el espíritu del altivo general, quien ese mismo día recibe otra carta en igual sentido, esta vez de Juan Cruz Varela. “Este pueblo espera todo de usted, y usted debe darle todo”, le dice el bardo porteño al que tiene la vida de Dorrego en sus manos.

Epílogo
Dorrego, resignado a su suerte, consume sus últimas horas escribiendo a su esposa e hijas.

El 13 de diciembre, a las dos y media de la tarde –vestido con una chaqueta de lanilla escocesa, pantalón azul, corbata negra y botas altas- el condenado se sienta dignamente en el patíbulo para esperar la muerte. Una venda amarilla le cubre los ojos. El calor es sofocante. Poco antes, su primo, el padre Castañer, le brindó el último auxilio religioso. Dorrego mantuvo su fe católica hasta último momento. El general Lamadrid, agobiado, se retira; no soporta presenciar el injusto fin de su amigo y camarada de armas de Suipacha, Tucumán y Salta. El pelotón de fusilamiento está listo para ejecutar la fatídica orden. Cuando por fin ésta llega, una sorda descarga quiebra el silencio de la siesta bonaerense. Una bandada de cotorras, sobresaltada por los disparos, echa a volar. El cuerpo sin vida de Dorrego yace en el suelo, desangrándose lentamente. Lavalle, soliviantado por sus amigos, ha hecho fusilar a un héroe de la Guerra de la Independencia sólo porque no piensa como él e interfiere en sus planes. “La historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido o no morir”, dejará luego asentado en el parte con el que comienza esta nota. En Buenos Aires los unitarios suspiran aliviados, mientras Juan Cruz Varela toma nuevamente su pluma y escribe con regocijo: “La gente baja / ya no domina / y a la cocina / pronto volverá”. En las orillas, en cambio, el pueblo está triste. “Cielito y cielo nublado / por la muerte de Dorrego / enlútense las Provincias / lloren, cantando este cielo”, replica el cantar popular que lastimeras guitarras bordonean en la desolada campaña bonaerense. “Con la víctima de Navarro se sepultó la paz de la República y la prosperidad de nuestra tierra”, profetiza Juan Manuel de Rosas al conocer la infausta noticia, mientras se prepara para ocupar el vacío dejado por Dorrego, claro que con mayor suceso que éste.

En una lóbrega casa, tras los postigones cerrados, una mujer llora su dolor. Es Angelita, la joven esposa del muerto, que estruja entre sus dedos la última carta de Dorrego: “En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué, mas la providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado".

A su hija Angelita le deja una sortija como recuerdo. A Isabel, su otra hija, unos tiradores.
Manuel Críspulo Bernabé Dorrego tenía 41 años.