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  HISTORIA ARGENTINA      
Orden General
 
El 19 de julio de 1819, el General San Martín redactó la proclama más recordada de la gesta libertadora. Un repaso a las instancias previas que motivaron al Libertador.

Mediados de 1818. El General José de San Martín había concluido su cometido en Chile y tenía ahora sus miras puestas en el Perú, el corazón del poderío español en América. Las memorables victorias de Chacabuco y Maipú, que habían decidido el destino de Chile, quedaban atrás: el gran objetivo era ahora atacar Lima y completar la obra libertadora.

Por aquellas horas, lo que desvelaba a San Martín era conseguir los recursos necesarios para encarar ese tramo decisivo de la campaña, que incluía operaciones de gran envergadura como, por ejemplo, trasladar hombres, cabalgaduras y pertrechos por mar hasta la capital virreinal. Con esa finalidad, poco después de la batalla de Maipú, el Libertador viajó a Buenos Aires para pedir apoyo al gobierno que encabezaba Juan Martín de Pueyrredón. No le fue mal: expuso su plan ante los hombres de la Logia y se fue con la promesa de una suma considerable para financiar la expedición, pero estaba aún en Mendoza cuando recibió la infausta noticia de que aquel auxilio jamás llegaría. En su carta, Pueyrredón le explicaba que era imposible colocar el empréstito, "aunque se llenen las cárceles y los cuarteles". Descorazonado, San Martín presentó la renuncia. No quería saber nada más.

La noticia, que resonó como un cañonazo en ambos lados de la cordillera, surtió efecto. Presuroso, el director supremo le pidió que retirara la dimisión. "Dejémonos ahora de renuncias", contestó Pueyrredón, a la vez que le autorizaba a endeudarse por cuenta del gobierno de Buenos Aires. Entonces sí, el general repasó la cordillera y retomó la conducción del ejército de los Andes, dispuesto a encarar la etapa culminante de la campaña.

El frente interno
Sin embargo, cuanto más se alejaba la guerra de la independencia de nuestras fronteras, más se enardecía el conflicto interior. La disputa de las autoridades porteñas con Artigas y los caudillos del Litoral estaba al rojo vivo, al tiempo que la sombra de una invasión española se cernía una vez más sobre las Provincias Unidas.

Temerosos de que los jefes provincianos atacaran la metrópoli, los hombres de Buenos Aires ordenaron a los dos ejércitos, del Norte y de los Andes, a que acudieran a defenderlos, pese a que un tercer ejército permanecía en las inmediaciones de Buenos Aires. Belgrano acató la orden y despachó desde Tucumán, donde se hallaba, parte de sus fuerzas a Córdoba, para contener a las montoneras santafesinas que operaban en el sur de aquella provincia.

La orden directorial era tan temeraria como desatinada: al replegarse, el ejército de línea dejaba sin retaguardia a los valerosos gauchos de Güemes, que defendían como podían la frontera norte, asediada por los realistas desde el Alto Perú. Pero así estaban las cosas. Como el conflicto, lejos de apaciguarse, siguió su curso, en los primeros meses de 1819 Belgrano en persona bajó hasta Córdoba con el resto de sus tropas. El creador de la Bandera, por entonces muy enfermo, no pudo superar aquel trance amargo que a la postre aceleró su muerte.

San Martín, entretanto, hondamente preocupado por el recrudecimiento de la guerra interior, decidió regresar a Mendoza para, desde allí, interceder ante las partes en conflicto "a fin de transar una contienda que no puede menos que continuada ponga en peligro la causa que defendemos". Eso fue lo que le escribió a O’Higgins. A Estanislao López, el mandamás santafesino, se dirigió sin ambages, como era su estilo: "Unámonos, paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan; divididos seremos esclavos...", le exhortaba, para rematar su carta con aquella frase tan esclarecedora como profética: "Mi sable jamás saldrá de su vaina por opiniones políticas".

Les escribía a Artigas y a López apelando a su patriotismo, pero en realidad el mensaje iba dirigido a los hombres del puerto, donde ese intento amigable de mediación no cayó nada bien. Ellos no querían saber nada con aquellos personajes que se atrevían a cuestionar su autoridad. Por toda respuesta, le enviaron la orden de regresar con el ejército de los Andes a defender el territorio argentino. San Martín simuló acatar la directiva pero dilató las cosas todo lo que pudo. Sus intenciones eran otras. Como fuere, sus esfuerzos no cayeron en saco roto: por aquellos días se firmó un armisticio entre santafesinos y porteños que el Libertador festejó alborozado. Corría el mes de abril; ahora sí el horizonte aparecía despejado para la gran empresa.

Se vienen los españoles
Sin embargo, la noticia de la invasión española agitó nuevamente las aguas. San Martín comprendió que lo primero era defender con uñas y dientes los logros alcanzados y, lo que era más importante, contagiar de mística a los hombres que tendrían sobre sus espaldas aquella misión. Faltaban muchas cosas, pero patriotismo y coraje no podían faltar. Entonces, el general, sentado frente a su mesa de campaña, tomó la pluma y, de puño y letra, redactó la proclama más recordada de la gesta libertadora: la legendaria Orden General del 19 de julio de 1819:

“Compañeros del exercito de los Andes: La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos: si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres, y si no andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: seamos libres, y lo demás no importa nada... Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de corage”.

José de San Martín.