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Moreno. Morir en alta mar.
 
“Cada día se aumenta más mi pesadumbre al ver que se cumplen cuatro meses, 18 días, de tu salida, y todavía no tengo el consuelo de recibir carta tuya...”, escribía el 9 de junio de 1811 María Guadalupe Cuenca a Mariano Moreno. La desdichada mujer seguía dirigiéndole sus cartas a Londres, una tras otra, ignorando que su amado esposo jamás pisaría tierra inglesa: Moreno había muerto el 4 de marzo y desde entonces su cuerpo yacía en el fondo del mar.

El ex secretario de la Primera Junta se había embarcado el 24 de enero de 1811, forzado a un exilio dorado en Europa tras perder la pulseada con Cornelio Saavedra y el ala conservadora del gobierno patrio. Después de una larga serie de entredichos provocados por el recelo mutuo que ambos se profesaban, a principios de diciembre de 1810 se produjo el desenlace de la tortuosa relación entre el presidente y el secretario de la Primera Junta. Por esos días, en el Regimiento de Patricios se llevó a cabo un banquete con el pretexto de festejar el triunfo de Suipacha. Al promediar la velada, un oficial pasado de copas propuso un brindis en honor de Saavedra, a quien llamó “emperador de América”. La anécdota hubiera caído prontamente en el olvido si no fuera porque algún comedido corrió con el cuento a Moreno, quien esa misma noche, indignado por lo sucedido, redactó el flamígero Decreto de Supresión de Honores. “Ningún habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido, debe tener impresiones contra la libertad de su país”, sentenció Moreno, que no toleraba veleidades monárquicas.

A la mañana siguiente, bien temprano, el fogoso secretario puso el documento aún con la tinta fresca delante de las narices de Saavedra, pensando que éste se negaría a firmarlo. Sin embargo, aunque de mala gana, el presidente de la Junta estampó su firma al pie. Aquel desplante de Moreno fue la gota que colmó el vaso y apuró los tiempos de su salida del gobierno. La estrategia que urdió Saavedra para sacarse de encima a su molesto rival fue llevar a la práctica la propuesta de uno de sus aliados, el deán Gregorio Funes. El diputado cordobés hacía tiempo que reclamaba la integración de los representantes de las provincias a la Junta, cosa a la que los morenistas se oponían tenazmente, conscientes de que de ese modo la relación de fuerzas cambiaría sustancialmente, dejándolos en minoría frente a los amigos de Saavedra. La jugada del presidente de la Junta fue un jaque mate: Saavedra sabía que Moreno, republicano a ultranza, no podría oponerse a una propuesta democratizadora como aquella aun sabiendo que consentirla significaría su propio fin. Para mayor desgracia, Castelli y Belgrano, dos morenistas con mando de tropa, se hallaban lejos de Buenos Aires, combatiendo en el Alto Perú.

Luego de la votación, Moreno comprendió que su tiempo se había acabado y el 18 de diciembre presentó la renuncia: antes de que se cumplieran siete meses de su creación, el gobierno patrio perdía a su principal inspirador. Para completar la operación, sus adversarios pergeñaron una salida elegante y lo despacharon a la lejana Europa a cumplir una misión diplomática que Moreno, temiendo por su vida, aceptó. A partir de ese instante, el revolucionario “Plan Secreto de Operaciones” pasó a ser letra muerta y el morenismo una fuerza en vías de extinción. “Moreno se embarcó para Londres, muy detestado de este pueblo por sus crueldades”, escribió el deán Funes a su hermano Ambrosio que permanecía en Córdoba y con quien se carteaba a menudo.

Moreno abordó la fragata inglesa “Fama” sumido en las peores acechanzas. “No sé qué cosa funesta se me anuncia en este viaje”, les dijo a sus amigos antes de partir. Lo acompañaban Manuel, su inseparable hermano, y Tomás Guido; mientras que French, Beruti, Donado y otros cofrades que solían juntarse a conspirar en el café de Marco se quedaban en Buenos Aires para procurar que la llama de la Revolución no se apagara inexorablemente bajo el influjo del saavedrismo gobernante. Horas antes de la despedida, Guadalupe recibió un presente macabro: alguien le envió un abanico de luto, un velo para viudas y un par de guantes negros. ¿Aviso mafioso o broma de pésimo gusto?

Guadalupe, presa de los peores presentimientos, aferrando con fuerza a su pequeño hijo, despidió a Moreno entre sollozos. No bien el barco se hizo a la mar, el viajero comenzó a sentirse mal. Yaciente y afiebrado, no probaba bocado y se negaba a abandonar su camarote. Preocupados, su hermano y Guido le pidieron en vano al capitán que alterara el rumbo y atracara en las costas del Brasil, para desembarcar al enfermo y llevarlo a un hospital. Mientras, los días transcurrían y Moreno no mejoraba. En medio de la travesía, el capitán del barco le administró una mezcla de antimonio y tartrato de potasio, que en medidas regulares provoca vómitos, pero en dosis excesivas puede ocasionar la muerte. “Su último accidente fue precipitado por la administración de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento”, escribió Manuel. Después de ingerir el remedio, Moreno empeoró súbitamente y, en medio de convulsiones, falleció pocos instantes después. “Viva mi patria aunque yo perezca”, fueron sus últimas palabras.

Mientras el cadáver de Mariano Moreno se hundía en las frías aguas del Atlántico, en Buenos Aires comenzaba la purga de morenistas... pero esa es otra historia.