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  HISTORIA ARGENTINA      
Magnicidio en el palacio San José
 
Lunes Santo del año 1870. El sol otoñal desaparece lentamente detrás de las cuchillas entrerrianas. Urquiza, mate en mano, reclinado sobre una de las columnas de la galería que rodea al primer patio del majestuoso Palacio San José, conversa apaciblemente con uno de los administradores de sus estancias. Hace ya más de 10 años que dejó la presidencia de la extinguida Confederación Argentina. Desde entonces, se recluyó en Entre Ríos, repartiendo su tiempo entre la Gobernación y la placentera estancia en su residencia, que se halla a corta distancia de Concepción del Uruguay. Allí disfruta a sus anchas de la vida familiar.

Tan pronto se ingresa a la paradisíaca morada, el visitante queda maravillado por la exquisitez y buen gusto que hay en cada detalle. Salta a la vista que el dueño de casa no ha escatimado en lo más mínimo para que ése, su hogar, tenga el máximo confort y todos los adelantos de la época. Urquiza ha hecho traer desde distintos lugares de Europa los mejores muebles, cristalería, tapices, cortinados, alfombras, porcelanas y vajilla. El vasto parque que rodea la casa termina en un ensoñador lago privado, poblado de cisnes y flamencos. Árboles de todo el mundo, estatuas, senderos, una inmensa pajarera con papagayos y faisanes multicolores: Amado Bonpland, el sabio naturalista francés que había sabido arreglar los jardines de la emperatriz Josefina, esposa de Napoleón Bonaparte, no dejó nada librado al azar.

A pocos pasos de donde Urquiza departe con el visitante, su esposa, Dolores Costa, y sus hijas cuchichean y ríen esperando la hora de la cena. Todo es apacible, nada hace prever la tragedia que se avecina. Sobre esa misma galería –donde se exhiben los grandes cuadros de Juan Manuel Blanes que rememoran los triunfos militares del dueño de casa- abren sus puertas algunas de las 38 habitaciones con que cuenta la residencia, entre ellas el majestuoso “Salón de los Espejos”, donde apenas dos meses atrás –febrero de 1870– Urquiza recibió la visita del presidente de la Nación, Domingo Faustino Sarmiento. Ese día, el suntuoso salón lució sus mejores galas para recibir al ilustre visitante; las 144 lunas de cristal importadas de Francia que recubren el cielo raso refulgieron como nunca, lo mismo que la platería y la fina porcelana inglesa.

Del otro lado de la galería, en el escritorio donde Urquiza atiende los asuntos políticos, los dos hombres más poderosos de su tiempo habían limado amigablemente viejas rencillas que los llevaron a distanciarse tras la batalla de Caseros. Horas más tarde, sellaron su pública reconciliación paseando por los magníficos jardines desbordantes de azaleas, aljabas, geranios y rosales. Aún no se apagaron los ecos del banquete de gala servido en el “Patio de Honor”, convertido ese día en sala de recepción, y la encantadora fiesta veneciana celebrada a orillas del lago artificial cercano a la casa para homenajear a Sarmiento. Todavía resuenan en los oídos de Urquiza las lisonjas que le prodigó el sanjuanino: “Que si disidencias locales o desacuerdos los habían separado al día siguiente de Caseros (...) el patriotismo los había reunido de nuevo para trabajar juntos por la felicidad de la patria...”. Aquel encuentro –civilizado y promisorio- fue la gota que colmó el vaso de la corta paciencia de los enemigos del gobernador de Entre Ríos. El encono de los federales más duros había empezado tras la inexplicable conducta de su jefe en Pavón, en 1861, cuando, teniendo a su merced a Mitre, el entrerriano prefirió abandonar el campo de batalla y emprender la retirada. Más tarde, tampoco le perdonaron que se mantuviera impasible mientras Mitre, siendo presidente, arrasaba los últimos focos de resistencia federal; ni que más tarde se plegara sin chistar a la ominosa guerra contra el Paraguay. Ni qué hablar de su reconciliación con Sarmiento, verdugo del “Chacho” Peñaloza y de otros gauchos rebeldes. Como no hay peor astilla que la del mismo palo, fue uno de los hombres del propio riñón de Urquiza, Ricardo López Jordán, sobrino del legendario Pancho Ramírez, quien se convirtió en su más enconado adversario y planeó el atentado contra su vida. Además del conflicto de poder, López Jordán creyó llegada la hora de lavar el honor de una tía, a la que Urquiza, siendo joven, sedujo y abandonó, tardando 20 años en reconocer los frutos de aquel amorío.

El crimen
Gritos airados que provienen del fondo de la morada rompen la quietud del crepúsculo. Por la entrada posterior, utilizada habitualmente como acceso principal, al grito de “¡Muera el traidor vendido a los porteños!”, medio centenar de hombres ingresan en tropel a la residencia. Embistiendo todo lo que se cruza en su camino, atraviesan el patio del parral y el de Honor, hasta que cinco de ellos se plantan, desafiantes, frente al entrerriano. Por un momento, Urquiza cree que se trata de su propia gente, agitada por algún motivo que desconoce, pero enseguida cae en la cuenta y advierte que en realidad son sus enemigos que vienen por él. “¡Son asesinos... cierre la puerta del pasillo!”, ordena a los gritos. Tratando inútilmente de escabullirse hacia su dormitorio para buscar un arma, recibe un balazo en pleno rostro. Al caer junto al vano de la puerta, estampa la huella de su mano ensangrentada en uno de los postigos. Lola, una de las hijas de Urquiza, presa de la desesperación, abraza a su padre malherido. Todo es griterío, corridas y confusión. Nicomedes Coronel –uno de los sicarios- se abalanza sobre la víctima que yace en el piso y le aplica cinco feroces puñaladas. Instantes después, Urquiza muere en brazos de su esposa; sus hijas, fuera de sí, lloran desconsoladamente. El burdo asesinato ha sido consumado. La “operación comando”, cuidadosamente pergeñada por López Jordán, ha dado sus frutos. Los tres grupos cumplieron con su parte: el comandado por el mayor Robustiano Vera, que tenía a su cargo neutralizar la guardia de infantería del Palacio; el del oriental José María Mosqueira, que debía encargarse de trancar las puertas para impedir la entrada de refuerzos, mientras el cordobés Simón Luengo y el “Tuerto” Álvarez llegaban hasta la persona del gobernador para acabar con su vida. Esa misma noche, en Concordia, caían asesinados dos hijos de Urquiza: Justo Carmelo, jefe de Policía, y Waldino, jefe Militar. La revolución, por el momento, había triunfado. López Jordán, exultante, se hacía nombrar gobernador de Entre Ríos.

La víctima
Justo José de Urquiza había nacido en el Talar del Arroyo Largo, provincia de Entre Ríos, el 18 de octubre de 1801. Era el undécimo hijo de José Narciso de Urquiza y Alzaga y de María Cándida García y González. A temprana edad fue enviado a Buenos Aires a estudiar en el Real Colegio de San Carlos, donde conoció a otros jóvenes de clases acomodadas. Desde joven demostró aptitudes para los negocios, y en poco tiempo se convirtió en un hábil comerciante que vende percales, sedas, muselinas, cintas, ponchos y frenos en sus tiendas; introduce tabaco y vino del Uruguay y envía a cambio caballos y cueros a la tierra oriental. Con la ayuda de su padre rápidamente sentó las bases de una fortuna personal que acrecentó a lo largo de su vida, llegando a poseer casi un millón de hectáreas, además de saladeros, empresas navieras y diversas industrias.

Su primera incursión política se registró en el año 1826, cuando fue elegido presidente de la Legislatura entrerriana. Renunció al poco tiempo y en los años subsiguientes se dedicó a ensanchar su patrimonio y a traer hijos al mundo. En 1831 se vio involucrado en un movimiento político que fracasó, cayendo preso en Santa Fe. De regreso en su provincia, el gobernador Pascual Echagüe lo nombró comandante general de la Frontera del Uruguay. Urquiza ya era teniente coronel. A esta altura de su vida –corría el año 1833– comienza a advertirse en él la preocupación por la institucionalización de la República así como la desconfianza de que fuera Rosas quien concretase ese anhelo. Sin embargo, no hace públicas sus diferencias y se mueve dentro del sistema federal que responde verticalmente al poderoso gobernador de Buenos Aires. Por esos años se foguea como militar participando sucesivamente en las batallas de Pago Largo, Cagancha y Sauce Grande. En 1841 la Legislatura entrerriana lo designó gobernador de la provincia. El Entre Ríos que le tocó gobernar, según la minuciosa pintura trazada por Beatriz Bosch, “tiene menos de 50 mil habitantes. Los indios ya se han extinguido. Pocos negros esclavos en los pueblos. Mulatos y mestizos forman el núcleo mayor de los ejércitos. Los blancos, de origen europeo, practican los oficios y el comercio. Grandes estancias de ingleses, irlandeses y escoceses ocupan las costas del Uruguay. La ganadería proporciona el medio de vida dominante. Un corto rebaño, más unas cuantas vacas y ocasionalmente un maizal permiten la subsistencia de la familia tipo. Manadas de caballos salvajes retozan por doquier (...) Barcos a vela timoneados por genoveses o por vascos navegan por el Paraná y el Uruguay con cargas de cueros y de troncos”.

Urquiza gobernó ininterrumpidamente durante los 10 años siguientes y lo hizo de modo progresista y tolerante, procurando mejorar y modernizar la vetusta administración provincial. Dio fuerte impulso a la educación, fundó el prestigioso Colegio del Uruguay y la colonia agrícola de San José. Participó en las batallas de Arroyo Grande ,en 1842, y de India Muerta, en 1845. Para entonces, Urquiza ya es el principal sostén del poder rosista en la región; sin embargo, el entrerriano esperaba el momento para romper con el Restaurador de las Leyes, el que finalmente llegó en los albores de 1851. El 1º de mayo de ese año, Urquiza emitió el famoso “Pronunciamiento” y declaró la guerra a Rosas, que concluyó con la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852.

Luego, Urquiza fue Director Provisorio de la Confederación y artífice de la sanción de la Constitución Nacional en 1853. Entre 1854 y 1860 ejerció la presidencia de la Confederación Argentina, con asiento en la ciudad de Paraná. Durante todo ese tiempo gobernó en medio de un duro conflicto de intereses con la provincia de Buenos Aires, que rechazaba su autoridad, manteniéndose separada del resto de las provincias.

Tras la batalla de Pavón, librada en setiembre de 1861, Urquiza le soltó la mano a su sucesor, Santiago Derqui, cediendo la conducción de la organización nacional a Mitre y a los hombres de Buenos Aires. Volvió a acariciar el sueño presidencial hacia 1870, probablemente pensando en las elecciones de 1874. En esas circunstancias lo sorprendió la muerte el 11 de abril de 1870. Sus restos reposan en la basílica de la Inmaculada Concepción, ubicada frente a la plaza principal de Concepción del Uruguay. En el Museo Histórico Nacional se conserva una mascarilla fúnebre de yeso, mientras que una impresionante fotografía de la época muestra su cuerpo sin vida poco antes de ser amortajado.

El juicio de la historia
A 135 años de su muerte, el juicio sobre Urquiza es dual. El estigma del caudillaje lo persigue hasta hoy. Así parece entenderlo Félix Luna, para quien “Caseros fue una lucha interna dentro del partido federal, donde el viejo caudillo fue desplazado y un nuevo caudillo, Urquiza, dio un paso adelante”.
Alberdi, contemporáneo del entrerriano, en Pequeños y Grandes Hombres del Plata se muestra decepcionado por la actitud asumida en Pavón: “¿Para qué ha dado tres batallas? Caseros para ganar la presidencia, Cepeda para ganar una fortuna, Pavón para asegurarla. Acaba su vida como la empezó, por ser un satélite de Buenos Aires (...) Ganó la batalla de Pavón y le regaló a Buenos Aires la victoria, yéndose a su casa y dejando el campo de batalla en manos de los vencidos”.

En términos parecidos se expresó, por ejemplo, José Hernández, el autor del Martín Fierro. La mayoría de los federales de su tiempo, desairados por la complacencia de Urquiza para con sus encarnizados enemigos, no comprendieron su consigna de “unión nacional”.

Queda la sensación de que este juicio crítico, directamente ligado a la última etapa de la vida de Urquiza, prevaleció por sobre sus logros más perdurables, tales como la sanción de la Constitución Nacional y el haber sentado las bases de la futura organización del país. El prejuicio de los porteños les impidió, a su vez, comprender la fuerza de la “política de fusión” pregonada por Urquiza después de la batalla de Caseros, un auténtico mensaje de unidad lanzado en un momento crucial de la vida argentina. Tampoco sus propios compañeros de ruta valoraron el paso al costado dado por Urquiza tras la batalla de Pavón como un gesto de pacificación, sino que lo leyeron como un acto de traición a la causa federal.

Mientras que para algunos Urquiza fue apenas un caudillo provinciano un poco más ilustrado que el resto, que dedicó su vida a amasar una inmensa fortuna y acumular poder, para muchos fue un visionario, capaz de ver más allá de las pasiones y urgencias de su tiempo, y un ejemplo de desinterés al permitir que otros consumaran el anhelado sueño de la organización nacional. Probablemente influyó en este juicio ambiguo el hecho de que la historia oficial la escribieron los vencedores, particularmente los hombres de Buenos Aires, quienes a pesar de haberlos librado Urquiza de su peor enemigo –Juan Manuel de Rosas– no fueron generosos con su memoria.