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Madres con historia
 
La historia desmiente aquello de que “madre hay una sola”. Hay muchas madres con historia: todos los próceres y celebridades tuvieron una; y varios de ellos hicieron famosas, a su vez, a sus respectivas madres, con quienes mantuvieron relaciones intensas y entrañables, cuando no conflictivas o distantes.

Los textos religiosos fundacionales aportan nombres de madres universales. Eva, la primera mujer, fue también la primera madre. Según el relato bíblico, después que el Creador los castigara, expulsándolos del Edén, ella y Adán tuvieron varios hijos, los ancestros más remotos de la Humanidad. Sin embargo, para el catolicismo, la madre universal por excelencia es la Virgen María, consagrada como tal por haber concebido a Jesús, fundador del cristianismo.

Con el paso de los siglos, la relación madre – hijo estuvo rodeada de mitos y leyendas, una de las más conocidas es la de Edipo y su madre Yocasta, inmortalizados por Sófocles en su célebre tragedia. De la orilla islámica, sobresale la historia de Boabdil el Chico, a quien su madre, la reina Aixa, también conocida como Fátima, le espetó en la cara “no llores como mujer lo que no fuiste capaz de defender como hombre”, al ver lagrimear al último rey de Granada cuando se alejaban definitivamente de la ciudad rendida poco antes.

Madres de aquí
Algunas mujeres figuran en los manuales escolares por cuestiones banales, como el caso de Mariquita Sánchez, a quien se recuerda por haber facilitado salón y piano para estrenar el Himno. Sin embargo, era una dama bien plantada que le puso impronta femenina a la primera hora de la patria y, para no ser menos, tuvo ocho hijos; cinco con Thompson, su primer marido, y otros tres con Mendeville, el segundo esposo.

Juan Manuel Ortiz de Rozas quería casarse con Encarnación Ezcurra, la mujer de sus sueños. Pero había un problema: doña Agustina López Osornio, la dominante madre del novio a quien la prometida de su hijo no le caía en gracia. Los tortolitos pudieron burlar la resistencia materna merced a un ardid, haciéndole creer que Encarnación estaba embarazada. Doña Agustina aprobó el casorio de mala gana, pero así y todo la relación con su hijo quedó dañada, al punto que éste cambió su apellido por el de Rosas a secas.

El caso de José de San Martín también da tela para cortar: hay quienes ponen en duda que su madre biológica fuera doña Gregoria Matorras, como figura en los libros, y se aventuran a sostener que fue en realidad una india guaraní, de allí los rasgos aindiados del prócer. Su esposa, Remedios Escalada, madre de Merceditas, la “infanta mendocina”, es otro ícono maternal a la medida del relato histórico tradicional.

La guerra de la Independencia está colmada de ejemplos heroicos, pero pocos como el de Juana Azurduy, la madre guerrera que perdió a sus cuatro hijos en medio del asedio de los realistas, dueños por entonces del Alto Perú. Todavía hubo tiempo, antes de que mataran a su esposo Manuel Padilla, de tener una quinta hija. 

Las hubo tenaces, como doña Tiburcia Haedo de Paz. La enérgica mujer decidió que su hijo José María, preso en Santa Fe, no moriría solterón. Remó durante más de tres años hasta que le permitieron visitar al cautivo y, cuando llegó la hora, no se presentó sola. Fue acompañada por Margarita Weild, la sobrina veinteañera del general manco, y el matrimonio se consumó nomás en el sórdido calabozo santafesino. Doña Tiburcia se salió con la suya.

En el catálogo de madres esforzadas sobresale por lejos la de Domingo Faustino Sarmiento. Doña Paula Albarracín fue durante más de un siglo el paradigma de madre ejemplar, consagrada a las labores domésticas. Según la imagen que brinda su vástago en “Recuerdos de Provincia”, la abnegada doña Paula, el telar que mecía día y noche, y la higuera que le daba sombra, eran una sola cosa.

Las hubo humilladas por ser madres de fulano de tal. Es el caso de la progenitora de Juan Facundo Quiroga. El “tigre de los llanos” nunca le perdonó a Gregorio Aráoz de Lamadrid que maltratara a su madre paseándola en cadenas por las calles de La Rioja. Así se lo hizo saber en la carta donde, años más tarde, cuando la taba se dio vuelta, le comunicaba que le devolvía a su esposa sana y salva.

Algunos protagonistas de la historia tuvieron menos suerte, como Bernardino Rivadavia, que perdió tempranamente a su madre biológica, aunque como era costumbre en ese tiempo, su padre volvió a casarse con una dama con quien el primer presidente argentino no se llevaba nada bien.

O Simón Bolívar, que perdió a su mamá a los nueve años, cuando ya era huérfano de padre.

Siglo XX
La madre de Hipólito Yrigoyen, Marcelina Alem, era hermana de Leandro N., hijos ambos de Leandro Antonio Alen, un mazorquero que fue ejecutado en la plaza pública tras la batalla de Caseros. Se dice que los descendientes del malogrado rosista cambiaron la “n” del apellido por una “m” para borrar ese pasado desgraciado.

El fundador de otro movimiento popular y tres veces presidente de los argentinos, Juan Domingo Perón, tuvo una madre india, doña Juana Sosa, descendiente de tehuelches. Ese origen y el hecho de que sus padres no estuvieran casados al tiempo de su nacimiento, le trajeron complicaciones al joven Perón a la hora de ingresar al elitista Colegio Militar de la Nación.

En cambio, el guerrillero más famoso, Ernesto Guevara, “El Che”, tuvo una mamá con linaje: Celia De la Serna, descendiente del último virrey del Perú. Liberal, desafiante, culta, la madre del Che dejó su impronta transgresora y bohemia en la personalidad de su hijo, quien mantuvo con ella una relación entrañable, aun a la distancia, hasta la muerte de Celia en 1965.

Allá por 1977, en tiempos del Proceso, comenzaron a dar vueltas en círculos alrededor de la Pirámide de Mayo, después que un policía les gritara que no podían permanecer allí, “que circulen”. Eran un grupo de mujeres tocadas con pañuelos blancos en sus cabezas que, tomadas del brazo, reclamaban cada jueves por la suerte de sus hijos, cuyo paradero desconocían tras haber sido apresados por las fuerzas de seguridad.

"Madres de la plaza”, se les llamó, y cobraron merecida fama y respeto universal por el coraje de haber sabido ligar el amor de madre a la denuncia del terrorismo de Estado.