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Los últimos héroes
 
1982. La dictadura militar instalada a sangre y fuego en la República Argentina seis años atrás, desgastada por la brutalidad de sus procedimientos y envuelta en un halo de corrupción, comenzaba a languidecer. Desde diciembre de 1981, tras un interregno tan fugaz como deslucido del general Roberto Viola, ejercía la presidencia el general Leopoldo Fortunato Galtieri, otro de los mentores del golpe de Estado de 1976. El gobierno militar atravesaba por su peor momento.

El 31 de mayo de aquel año de 1982, una manifestación sindical ferozmente reprimida por la policía había derivado en una verdadera batalla campal librada en las calles y avenidas adyacentes a la histórica Plaza de Mayo. Lo que muy pocos sabían era que, desde hacía tiempo ya, los mandos militares venían trabajando en un proyecto para recuperar por la fuerza las islas Malvinas. Massera y sus secuaces pensaban que esa maniobra, tan sorpresiva como audaz, devolvería a las fuerzas armadas parte del prestigio perdido en los últimos años y les insuflaría el oxígeno político suficiente como para perpetuarse en el poder o, en el peor de los escenarios, hallar una salida honorable a la difícil situación en que se encontraban.

El estancamiento de las negociaciones diplomáticas con Gran Bretaña y el clima de descontento que se vivía en el país persuadieron a los militares de que había llegado la hora de recurrir a aquella providencial tabla de salvación. Ingenuamente, los mandos castrenses creían contar con la complacencia del republicano Ronald Reagan, sin reparar en los lazos estratégicos que unían desde  hacía tiempo a los EE.UU con sus aliados de la OTAN, comenzando por Inglaterra.

Confiados en extremo, tampoco creyeron que el gobierno británico, de la más rancia estirpe conservadora, reaccionaría del modo que lo hizo y se lanzaron a la gran aventura.
Cuando aún no se habían acallado por completo los ecos de la manifestación gremial del día anterior, la junta militar decidió poner en marcha el operativo Malvinas.

Entre las últimas horas del 1º de abril y las primeras del día siguiente, las bisoñas tropas argentinas desembarcaron en las islas y ocuparon Puerto Stanley - Puerto Argentino, a partir de ese momento- sin mayores contratiempos. Los ingleses sólo mantenían una pequeña guarnición que no ofreció resistencia. Hasta allí, la suerte parecía sonreírles a los mandos militares.

Conocida la noticia, la gente ganó las calles y plazas de la república para expresar su alborozo ante lo que consideraban una reparación legítima del despojo sufrido a manos de los ingleses ciento cincuenta años atrás, cuando la corbeta Clío de Su Majestad Británica ancló en la isla Soledad y consumó el despojo. Por aquellos días, el país enteró se embanderó de celeste y blanco.

El espíritu nacionalista, convenientemente soliviantado por el gobierno militar y por la prédica empalagosa de algunos comunicadores oficialistas, salió a relucir en toda su dimensión. El público donaba joyas y dinero, los niños escribían cartas y enviaban golosinas a los soldados, las instituciones civiles se pronunciaban a favor de lo que a todas luces aparecía como una causa legítima. Todos querían expresar su solidaridad, nadie quería ser acusado de indiferencia o traición a la patria.

¡Argentina, Argentina! rugía la misma plaza repleta de gente que horas antes había repudiado a los gobernantes de turno, allí, en el mismo lugar donde cada jueves un puñado de madres de desaparecidos reclamaban por sus hijos secuestrados por los mismos militares que ahora saludaban extasiados desde los balcones de la casa rosada. Muchos de los que ese día agitaban su entusiasmo probablemente ignoraban que se estaba frente a una nueva tragedia en ciernes que se quedaría con otra tajada de la juventud argentina de entonces.

El gobierno de Margaret Thatcher, pasado el estupor inicial, reaccionó enérgicamente; los viejos piratas no estaban dispuestos que una remota junta bananera les birlase una de sus más preciadas posesiones de ultramar. ¡Qué venga el principito!, alardearon los militares, ensoberbecidos por el descomunal e inédito apoyo de la población, cuando poco después de que fracasaran las gestiones de buenos oficios de Alexander Haig, el emisario de Reagan, para evitar la guerra, el gobierno inglés despachó una poderosa flota a los mares del sur.
A partir de ese momento no hubo retorno: la Argentina marchaba inexorablemente a una confrontación para la que no estaba preparada. La gente no tenía la obligación de saberlo; los militares sí.

Terror en el Atlántico
El enemigo dio un ultimátum y fijó una zona de exclusión de 200 millas marítimas alrededor de las islas; todo lo que se encontrara dentro de ese perímetro sería considerado una amenaza y, por ende, atacado. Entretanto, el gobierno de los EE.UU se quitó la careta y comprometió oficialmente su apoyo a Gran Bretaña, su aliado estratégico. La dictadura chilena colaboraba sin disimulo con el enemigo. La Argentina se quedó prácticamente sola, frente a  frente con una de las mayores potencias mundiales.

El 1º de mayo la aviación británica inició las operaciones bombardeando e inutilizando la pista de aterrizaje de Puerto Stanley -¿o Puerto Argentino?

Ese mismo día, el ARA General Belgrano, un viejo crucero, con sus cuarenta y cuatro años a cuestas, navegaba por las frías aguas del Atlántico Sur, sin saber el trágico destino que le esperaba. El barco –que dada su antigüedad iba a ser convertido en museo naval- antes de ser adquirido por la Armada Argentina había sobrevivido providencialmente al bombardeo japonés a Pearl Harbor en 1941. USS Phoenix, se llamaba entonces.
Lo que sus tripulantes ignoraban aquel 1º de mayo, era que hacía ya varias horas que el submarino nuclear HMS Conqueror había detectado su presencia en el área y lo venía persiguiendo.

El día siguiente, domingo 2 de mayo, a las cuatro de la tarde, el almirante Chris Wredfor Brown dio la orden. A las cuatro y un minuto el primer torpedo lanzado por el Conqueror dio de lleno en el corazón del viejo crucero, hiriéndolo de muerte. Luego vinieron dos impactos más; uno de ellos le rebanó la proa. La suerte del Belgrano estaba echada.

Los 1.093 marineros que viajaban a bordo del barco de la Armada argentina, la mayoría de ellos conscriptos navales, pasaron sin escalas de la sorpresa al pánico. Pocos segundos después del primer impacto, que abrió un inmenso boquete en el casco, el agua entraba a torrentes inundando los compartimentos inferiores de la embarcación mientras que un humo negro inundaba el ambiente, tornándolo irrespirable. En el interior del buque, en medio de la oscuridad reinante, se entrecruzaban gritos desesperados, ayes de dolor y órdenes perentorias de los superiores, creando un clima apocalíptico. Todo el mundo corría, aturdido, de un lado hacia otro, procurando ayudar. Las bombas de achique funcionaban a pleno, mientras la enfermería se poblaba de heridos, casi todos con quemaduras graves. Las bajas se contaban por centenares, la cubierta y el resto del barco quedaron cubiertos de cuerpos mutilados.

Al cabo de unos pocos minutos el viejo crucero comenzó a inclinarse peligrosamente sobre babor: el ARA General Belgrano se estaba hundiendo y nadie podría ya evitarlo. ¡Abandonen el barco! fue la orden y todos corrieron a las balsas inflables para dejar la nave cuanto antes. Los que no tuvieron la suerte de abordar una de ellas y cayeron al agua se congelaban irremediablemente al cabo de unos pocos minutos; quedaban inertes, flotando en el agua con el chaleco salvavidas colocado. El agua empetrolada y el furioso batir de las olas hacían aún más difícil los esfuerzos por rescatar a los sobrevivientes. Las frágiles balsas danzaban en aquel enloquecido sube y baja, mientras los remeros luchaban por alejar las pequeñas embarcaciones del casco de la nave, ya próximo a desaparecer de la superficie, procurando evitar la succión que sobrevendría tras el naufragio. Los buzos tácticos, desde un gomón a motor, dispersaban los botes y los ayudaban a alejarse del lugar.

A las cinco de la tarde en punto, una hora después de haber sido torpedeado, el ARA General Belgrano desapareció definitivamente de la vista, hundiéndose para siempre en las aguas del Atlántico Sur. Sólo quedaron en la superficie las sesenta balsas, cual extraño cortejo de techos anaranjados zarandeado por las olas. Los ocupantes de las botes salvavidas tiritaban de frío y lloraban desconsoladamente. Cuando finalmente corrieron los cierres del techo de las balsas, todos sabían que muchos compañeros habían muerto e ignoraban si ellos mismos no correrían la misma suerte.

A las seis de la tarde ya era noche cerrada. Estaba nublado y el cielo amenazaba tormenta. Las olas encrespadas se levantaban por encima de los siete metros, un viento inclemente soplaba a casi 100 kilómetros por hora. Los sobrevivientes, zarandeados por la marejada y empapados hasta los huesos, pasaron la peor noche de sus vidas. Se limitaban a darse calor entre ellos y a achicar el agua que inevitablemente se filtraba y se acumulaba en el piso de los botes, congelándoles los pies.

El día siguiente amaneció más calmo y asomó el sol entre las nubes. Poco después del mediodía los náufragos avistaron los aviones de reconocimiento que patrullaban la zona en busca de sobrevivientes. Los ocupantes de las balsas proferían gritos de júbilo y disparaban cuantas bengalas podían hallar entre los útiles de emergencia.

El rescate se demoraba y pronto caería nuevamente la noche. Los muchachos desesperaban ante la posibilidad de tener que pasar otra noche en medio de aquella pesadilla; algunos rezaban, otros se abrazaban entre sí. Cuando asomaron las primeras sombras, los potentes reflectores de los barcos de rescate trajeron alivio a los sufridos náufragos. En unos pocos minutos abordaron a los destructores Bouchard y Piedrabuena y al aviso Gurruchaga. Si el Conqueror permanecía en la zona, esta vez no actuó. Pronto estarían en tierra firme...

Tras el hundimiento del ARA General Belgrano la polémica quedó servida. Los agresores insisten hasta hoy que el barco estaba dentro de la zona de exclusión y que se dirigía a las islas y que por esa razón fue atacado. Y que en cualquier caso una nave enemiga en esa zona beligerante representaba una amenaza para la Task Force. Los mandos argentinos sostienen lo contrario, o sea que el crucero se hallaba fuera de la zona vedada y que navegaba hacia puerto, en dirección contraria a las islas. Afirman que el barco había variado el rumbo el día anterior y enfilaba hacia el continente. El barco está sumergido a 4.200 metros de profundidad, imposible constatarlo.

La intempestiva acción de los ingleses echó por tierra las últimas gestiones de paz y despeñó la guerra de Malvinas hacia su trágico final. A partir de ese momento, los británicos, decididos a liquidar el pleito cuanto antes, pusieron en marcha una escalada arrolladora que culminó el 14 de junio de aquel año de 1982 con la toma de Puerto Argentino -¿o Puerto Stanley?- y la rendición de los ocupantes de las islas.

Dos días después, el general Galtieri renunció a la presidencia de la Nación, iniciando el derrumbe de la dictadura.
El 31 de diciembre de 1982 un parlamentario inglés denunció ante la Cámara de los Comunes que la primer ministro fue quien fría y deliberadamente dio órdenes de hundir al Belgrano, sabiendo que se estaba ofreciendo una paz honorable y que los torpedos del Conqueror iban a torpedear aquellas negociaciones.

¿Cómo saberlo?
Los muertos fueron 323. Los últimos héroes...