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Los últimos días del General San Martín
 
Boulogne sur Mer está en el norte de Francia. No es demasiado grande, y debió serlo menos aún en 1848, cuando José de San Martín se instaló en esta ciudad junto al canal de La Mancha, el mismo que del otro lado baña las costas inglesas. Tal vez ésa –la proximidad con Inglaterra-, fue uno de los motivos por los que el viejo general eligió ese lugar y no otro, como podría haberlo hecho, para pasar sus últimos años, dos para ser exactos. No lo sabemos con certeza. Sí sabemos que decidió abandonar París, donde moraba, después de la revuelta revolucionaria de febrero de 1848 que convirtió a la ciudad en un verdadero infierno. San Martín intuía que estaba cambiando el signo de los tiempos, algo anunciado ese mismo año por Marx y Engels en el célebre Manifiesto comunista. En una carta escrita por esos días afirma que: “la verdadera contienda que hoy en día existe es puramente social; en una palabra, del que no tiene nada contra el que posee”. La tenía más que clara.

Poco antes de partir, Mercedes logró convencer a su padre de que posara –por primera y única vez en su vida- para ser retratado. Y lo logró: el anciano permaneció inmóvil durante casi un minuto hasta que su imagen, digna y recia, quedó impresa en la chapa del daguerrotipo que hasta hoy se conserva en el Museo Histórico Nacional. Después, San Martín, Mercedes, Mariano Balcarce y las dos nietas se trasladaron a Boulogne sur Mer, y, una vez allí, se instalaron en los pisos altos de la residencia que alquilaron, señalada con el número 105 de la Grand Rue. Sólo llevó consigo los muebles de su dormitorio, los papeles y documentos de sus campañas militares y el estandarte de Francisco Pizarro, obsequiado por el gobierno del Perú. El resto de sus pertenencias fueron vendidas más tarde junto a la propiedad de Grand Bourg. Aquella primavera boreal de 1848 fue apacible. En Boulogne reinaba el buen tiempo que San Martín aprovechaba para dar largos paseos vespertinos por la cercana orilla del mar en compañía de sus nietas, Mercedes María y Josefa Dominga. Ambas eran su mayor tesoro; con sus ocurrencias le entretenían y animaban, haciendo más llevadera su existencia lejos de la patria. Los días del general en Boulogne discurrían serenamente. Le agradaba aquella ciudad; sólo se lamentaba no poder leer y escribir como solía hacerlo en el pasado por la enfermedad de cataratas que lo aquejaba en forma progresiva e irreversible. La intervención quirúrgica a que se sometió un par de años atrás había dado nulos resultados y cada vez con mayor frecuencia debía pedirle a su hija que le leyera los periódicos y la correspondencia y escribiera las cartas que él le dictaba y sólo se limitaba a firmar.

Sin embargo, la salud de San Martín, que nunca fue buena, se deterioraba día a día. Además de las secuelas de heridas y contusiones sufridas en distintos momentos de su larga carrera militar, el Libertador padecía enfermedades crónicas, como úlceras estomacales y asma. Estas afecciones habían recrudecido en los últimos años y lo tenían a mal traer. El carácter del prócer tampoco ayudaba demasiado: San Martín no era de temperamento tranquilo, sino más bien todo lo contrario, agravado en tiempos pasados por las tensiones y complicaciones en las que habitualmente se hallaba envuelto en razón de sus altas funciones y responsabilidades. A mediados de 1850, visitó los baños termales de Enghien, cerca de París, buscando el alivio de las aguas cálidas y sulfurosas del lugar. Permaneció allí por más de un mes, hasta fines de julio de aquel año, aunque no volvió mejorado. Muy delgado, inapetente e impedido además de valerse por sus propios medios a causa de la pérdida de la visión, San Martín se recluyó en sí mismo, acentuándose aún más su natural introspección. No recibía visitantes ni disfrutaba como antes de la compañía de sus nietas. Su vida se iba apagando lentamente.

Según cuenta Mitre, el 6 de agosto de aquel año de 1850, salió a dar una vuelta por la costanera. En carruaje, porque ya casi no caminaba. Fue entonces cuando sufrió alguna dolencia, un dolor agudo que le hizo llevarse una mano al pecho e interrumpir el paseo. Ese día regresó a su hogar visiblemente desmejorado. “Es la tempestad que llega al puerto”, susurró en francés con un hilo de voz al oído de su hija, que lo recibió consternada y lo ayudó a llegar a sus aposentos. En los días que siguieron a ese episodio estuvo postrado y casi no probó alimentos.

El sábado 17 de agosto, sintiéndose algo mejor, pidió ser trasladado a la habitación contigua, para que Mercedes le leyera los periódicos. Allí, rodeado por sus seres queridos y mientras aguardaba la llegada de su médico de cabecera, le sobrevino una nueva crisis y debió ser recostado en el lecho de su hija. Con dificultad, casi balbuceando, pidió a su yerno que lo llevara de regreso a su alcoba, donde expiró a las tres de la tarde, la hora en que, según se afirma, se detuvieron las agujas del reloj de la casa. Tenía 72 años.