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Los tratados secretos del 1º de mayo
 
1865. Las cosas en la región estaban así: en la Argentina, tras la batalla de Pavón y el repliegue urquicista, mandaba Bartolomé Mitre; en el Paraguay, Francisco Solano López, que había sucedido a su padre, era el dueño absoluto del poder; en tanto que en el Brasil reinaba Pedro II. La República Oriental del Uruguay, envuelta en una interminable crisis interna, estaba bajo el control del Brasil.

Paraguay, reconcentrado en sí mismo, emergía en la región como un país independiente, forjado a lo largo de casi 50 años de gobiernos dictatoriales: los de Gaspar Rodríguez de Francia y de Carlos López, su sucesor. El país guaraní había logrado cierto grado de desarrollo y progreso; tuvo fundiciones, ferrocarriles y telégrafos antes que sus vecinos y exhibía una incipiente industria nacional. En la región, era, por lejos, la nación menos dependiente de Gran Bretaña, la potencia del momento; sin embargo, desde hacía tiempo, los gobernantes paraguayos recelaban de sus vecinos, temerosos de que ahogaran su desarrollo autónomo. Así las cosas, en marzo de 1865, los paraguayos se embarcaron en una confrontación abierta con el Imperio del Brasil por unos territorios en litigio. Un mes más tarde, las tropas paraguayas se internaron en la provincia de Corrientes, atacando el puerto de aquella ciudad y capturando dos naves argentinas. El belicismo paraguayo empujó al Brasil y la Argentina a solidarizarse entre sí y sellar un pacto para frenar y destruir al Paraguay. La ocasión era propicia, además, para saldar antiguas cuentas, como la navegabilidad de los ríos y ciertos diferendos limítrofes en la región. Fue entonces que el 1º de mayo de 1865, los cancilleres del Brasil, la Argentina y el Uruguay firmaron en Buenos Aires el famoso “Tratado de la Triple Alianza”, por el cual “los aliados se obligaban solemnemente a no deponer las armas sino de común acuerdo, y mientras no hayan derrocado al gobierno del Paraguay”. Además, los futuros vencedores se repartieron por anticipado los despojos del vencido.

El ministro inglés en Buenos Aires, Edgard Thornton, influyó decisivamente sobre el ánimo del gobierno argentino para que diera este paso. Mitre, subestimando el coraje y la fortaleza de los paraguayos, declaró que los aliados tomarían Asunción en tres meses. Lejos estaba de imaginar que la siniestra guerra que se había puesto en marcha duraría más de cinco largos años y culminaría luego de que él hubiera abandonado la presidencia. Después que la prensa inglesa lo diera a conocer –el Tratado era secreto- las reacciones no se hicieron esperar. Juan Bautista Alberdi se convirtió en uno de los críticos más acérrimos de la guerra en ciernes que costaría miles de vidas y la destrucción, literalmente hablando, del Paraguay.

Pacto Roca - Runciman
1933. En tiempos del gobierno de la “Concordancia”, bajo la presidencia de Agustín P. Justo, se firmó un tratado con Inglaterra que dio mucho que hablar. Preocupado por las consecuencias de la Conferencia de Ottawa, que podían acarrear una fuerte caída de las ventas de carnes enfriadas al Reino Unido, el gobierno argentino envió una misión a Londres encabezada por el vicepresidente de la Nación, Julio A. Roca (h), con el objetivo de negociar las nuevas condiciones del comercio entre ambos países.

Para encubrir el verdadero propósito de la misión –que partió hacia Londres en enero de 1933– se dijo que se trataba de una visita de cortesía, en retribución de la que el Príncipe de Gales había hecho al país en 1931. Sin embargo, el punto central de la agenda argentina eran las carnes, el negocio más lucrativo del momento que estaba en manos de los frigoríficos, en su mayoría ingleses, y de los invernadores de la pampa húmeda. Los ingleses, a su vez, estaban interesados en liberar las divisas bloqueadas por la política de control de cambio aplicada por las autoridades argentinas y en conseguir preferencias arancelarias para sus mercancías.

Así las cosas, después que “Julito” Roca y Walter Runciman, el negociador británico, se vieran las caras, comenzó una intensa ronda de negociaciones. Finalmente, el 1º de mayo, en solemne ceremonia, se firmó el famoso tratado, que no se dio a conocer sino un año más tarde y según el cual la Argentina lograba una cuota de carne enfriada a cambio de liberar las libras esterlinas pendientes de liquidación. Además, el tratado aseguraba a las empresas de capital británico “un tratamiento benévolo que tienda a asegurar el mayor desarrollo económico del país y la debida y legítima protección de los intereses ligados a tales empresas”. Asimismo, el gobierno argentino redujo los derechos de importación al carbón y a otros 235 productos de procedencia inglesa. Para conformar a los ganaderos argentinos, se acordó que un 15 por ciento de la cuota acordada sería manejada por el gobierno local, mientras que los ingleses se reservaban el manejo del 85 por ciento restantes.

Cuando los términos del ominoso tratado tomaron estado público, hubo reacciones de toda índole. Mientras el diario La Nación aplaudía el pacto celebrado con la principal potencia mundial, el socialista Vanguardia destacaba: “Resulta chocante la preocupación patriótica de nuestro gobierno por alimentar con la mejor carne argentina a los ingleses, cuando nuestro pueblo pasa hambre”. Hubo, además, un acalorado debate parlamentario, especialmente en el Senado de la Nación, donde Lisandro de la Torre denunció el negociado de la carne. Esa intervención le costó la vida a su discípulo, el senador electo por Santa Fe, Enzo Bordabehere, y minó de tal forma la salud física y moral de Lisandro de la Torre que, poco después, el 5 de enero de 1939, se quitó la vida.