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Los mundiales de fútbol y sus contextos
 

El primer torneo mundial de fútbol se realizó en 1930, en Uruguay. Apenas 38 días después de la final que Argentina perdió con el local, fue derrocado el presidente Hipólito Yrigoyen.

La sede del segundo campeonato fue Italia, en 1934, en plena “Década infame”, como se conoce a esa etapa caracterizada por el fraude patriótico y los negociados de la carne. Con un equipo enteramente amateur, Argentina no pasó de la primera ronda. En 1938 no concurrimos al Mundial de Francia, desairados por los organizadores que desecharon la alternancia de la sede a la que aspirábamos.

Los torneos de 1942 y 1946 se suspendieron por la Segunda Guerra que asolaba al mundo. Tampoco concurrimos a los dos siguientes —1950 y 1954—, durante la primera y segunda presidencia de Juan Domingo Perón, respectivamentte. El de 1950 se jugó en Brasil, y el de 1954 en Suiza. Según la mayoría de los analistas, más allá de algunas cuestiones y conflictos circunstanciales, Perón —que apoyó a otros deportistas— tomó la decisión porque no estaba convencido de hacer buen papel a raíz de la emigración de jugadores famosos a Colombia tras la huelga de futbolistas de 1948, pese a que había otras grandes figuras en el país.

Tras largos 24 años de ausencia, reaparecimos en Suecia, en 1958. En todo ese tiempo pasaron muchas cosas: desde hacía un par de meses, presidía el país Arturo Frondizi. El 15 de julio Checoslovaquia nos metió seis goles y nos despachó de regreso. El público recibió a la selección con abucheos y monedazos, alimentando la fama de mufa del presidente, caricaturizado como Fúlmine por el genial Lino Palacio.

En el siguiente turno, 1962, la cita fue en Chile. Frondizi ya no estaba, lo reemplazaba José María Guido, un títere de los militares que habían depuesto al presidente y mandado a Martín García a fines de marzo de ese año. Tampoco nos fue bien ese año.

La inestabilidad política volvió a dar la nota durante el Mundial de Inglaterra, en 1966. Nuestra selección fue despedida por un presidente civil —Arturo Illia— y recibida a la vuelta por el general Juan Carlos Onganía, cabeza del golpe de Estado del 28 de junio de 1966 que destituyó al primero. El hecho sobresaliente fue la expulsión del capitán, Antonio Ubaldo Rattin, y el consiguiente desplante de este a la reina

En 1970 nos quedamos fuera del Mundial de México. Ni para eso sirvió aquella la dictadura.

Cuatro años después, en Alemania, una noticia proveniente de Buenos Aires causó alto impacto en la concentración argentina: la muerte del presidente Juan Domingo Perón, acaecida el 1 de julio de 1974. El plantel —había varios peronistas— consideró no presentarse a jugar el partido con la República Democrática Alemana en señal de duelo, aunque finalmente lo hizo, pese a que ya no tenía posibilidad de pasar a la siguiente ronda.

Sede, al fin. Fue en 1978, en un país sumido nuevamente en el facto tras el golpe de Estado de 1976. El presidente Jorge Rafael Videla y la Junta Militar jugaron fuerte para que la copa quedara en el país y el título ayudara a mejorar el clima interno y, sobre todo, la imagen internacional de una dictadura cuestionada por la violación de derechos humanos.

En 1982, en el Mundial de España, Argentina debutó el 13 de junio, apenas un día antes de la rendición en la guerra de Malvinas. La sombra de la tragedia se proyectó sobre un seleccionado que no pudo llegar a las instancias finales, eliminado por Brasil. Al regreso, había otro general en la Casa Rosada: Reynaldo Bignone, reemplazante del caído en desgracia Leopoldo Fortunato Galtieri.

Recuperada la democracia, en 1986, al presidente Raúl Alfonsín le tocó saborear las mieles del éxito y alzar por segunda vez la ansiada copa. Sin embargo, la misma suerte le fue esquiva en los años que siguieron, en que debió enfrentar dificultades de toda índole.

Una curiosidad de la larga estadía presidencial de Carlos Saúl Menem fue que le tocaron tres Mundiales: los de 1990 (Italia), EE.UU. (1994) y 1998 (Francia), sin que pudiera darse el gusto de festejar el título, como seguramente hubiera querido: de los tres volvimos con las manos vacías, lo más cerca que estuvimos fue en Italia, donde fuimos finalistas ante Alemania. El uno a uno —un peso, un dólar— pobló los estadios de argentinos.

En 2002, el Mundial se repartió entre Corea y Japón. Fue otro fracaso, que pasó un tanto desapercibido porque el país aún estaba sumido en la peor crisis en décadas, la de finales de 2001, que arrasó con la presidencia de Fernando de la Rua, la convertibilidad, y el sueño de miles de argentinos que salieron a las calles a reclamar que se vayan todos.

Los últimos tres certámenes —Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014— son historia reciente. Correspondieron a la etapa kirchnerista (2003-2015), compartida por Néstor y Cristina, que dejaron poco para celebrar aunque se jugó una final contra Brasil.
Dadas las circunstancias actuales, al presidente Mauricio Macri y al pueblo argentino no les vendría nada mal una alegría con tonada rusa. Depende de Messi y los muchachos.