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  HISTORIA ARGENTINA      
Los cañones de Mansilla
 
Desde que los fondos buitres nos escamotearon la fragata Libertad, volvió a hablarse de soberanía nacional. La expresión que alude al dominio, la posesión y control efectivo de los recursos y atributos de país independiente, durante buena parte de nuestra historia tuvo una dimensión espacial directamente asociada a la custodia de límites y fronteras.

Con el paso del tiempo, esa visión territorialista fue incorporando otros componentes menos tangibles pero igualmente relevantes a la hora de medir el rango de autodeterminación de toda nación; como la generación de conocimiento científico y tecnológico, la autosuficiencia económica o la capacidad defensiva.

Puestos a buscar una fecha emblemática para evocar el Día de la Soberanía, se eligió el 20 de Noviembre de 1845. Ese día, se libró el combate de la Vuelta de Obligado, uno de los hitos sobresalientes de la épica argentina, aun cuando la crónica académica, no pudiendo ignorarlo por completo, le bajó el precio, reduciéndolo a la categoría de episodio menor. Se entiende: lo contrario hubiera significado enaltecer a Juan Manuel de Rosas y declarar Padre de la Soberanía Nacional a la bestia negra de los autores del relato canónico.

Hasta que se restableció el feriado extinguido en 1976, apenas si se dedicó un billete -el de veinte pesos- para conmemorar el legendario combate y alguna que otra mención en los manuales escolares.

La acción
Ocurrió cuando Juan Manuel de Rosas llevaba ya diez años de su segundo y re-re-alargado mandato al frente de la provincia de Buenos Aires. Para entonces, la oposición interna había entrado en franco retroceso, sin líderes ni ejércitos capaces de destituirlo. No debe sorprender, por tanto, que ese espacio vacante lo ocuparan las fuerzas extranjeras enfrentadas al hombre fuerte y encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación.

El principal punto de discordia entre Rosas y las potencias europeas era la utilización discrecional que éstas hacían de los ríos interiores para comerciar sin pasar por la Aduana porteña.

Así las cosas, allá por el mes de noviembre de aquel año, la escuadra anglo francesa que operaba en la región se dispuso a remontar el Paraná con el propósito de alcanzar Corrientes y Paraguay, destinos finales del intercambio de productos. Como de costumbre, los barcos mercantes –casi un centenar- iban custodiados por buques de guerra, acorazados y artillados con lo más adelantado para la época.

Harto de esas incursiones no autorizadas, Rosas encomendó a su cuñado, el general Lucio Norberto Mansilla, que reforzara las baterías emplazadas en lo alto de las barrancas que encajonaban el ancho Paraná en la llamada Vuelta de Obligado, un recodo del río próximo a la localidad bonaerense de San Pedro.

En tiempo record se montó una treintena de viejos cañones y se clausuró el curso del río, atravesando a todo su ancho embarcaciones menores unidas entre sí por gruesas cadenas para impedir el paso de los barcos enemigos.
Cuando la flotilla anglo francesa estuvo a la vista, Mansilla, mientras sonaban los acordes del Himno Nacional ejecutado por la banda de Patricios, arengó a voz en cuello a las tropas criollas: “Tremole en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco, y muramos todos antes de verlo bajar de donde flamea”.

Tan pronto las naves que encabezaban el convoy aminoraron la velocidad para maniobrar en la serpenteante Vuelta de Obligado y se aproximaron a la orilla, arreciaron los “Viva la patria” proferidos por los milicianos y se largó el intenso cañoneo que duró hasta la tarde de ese día 20.

Cuando los cañones de Mansilla se quedaron sin municiones y los artilleros caían extenuados de cansancio o alcanzados por esquirlas de las bombas enemigas, las tropas inglesas intentaron un desembarco al que siguió un encarnizado combate cuerpo a cuerpo a la vera del río, en medio del barro y los pastizales ribereños.

Al caer la tarde, tras soportar durante horas el bombardeo y repeler una y otra vez los intentos de abordaje de los soldados criollos, los intrusos lograron cortar las pesadas cadenas que se hundieron en el lecho barroso del río franqueando el paso. Los barcos mercantes, que desde la mañana aguardaban el desenlace del combate, levaron anclas y pudieron continuar la travesía.

Las manufacturas inglesas y de otros países industrializados de Europa que llevaban en sus bodegas, las mismas que hasta hacía poco colmaban los almacenes de Montevideo, llegarían a destino, pero esta vez el “peaje” pagado por los mercaderes fue alto: el río quedó sembrado de restos de embarcaciones consumidas por las llamas y muertos por doquier.

Derrota con gloria
Bien puede decirse que para el bando patriota el resultado del combate dejó sabor a derrota, pero para el enemigo fue una victoria a lo Pirro: finalmente sortearon el cerco, sí, pero a un costo enorme en hombres y embarcaciones. A los armadores de esa expedición comercial los preciados frutos de la tierra que, como siempre, cargarían en destino para luego enviar a los puertos de ultramar les salieron  más caros que otras veces. No sólo eso: a partir de ese momento, el tráfico comercial en el Litoral, que dejaba jugosas ganancias a los socios criollos de los ingleses, quedaría herido de muerte.

Aquella memorable acción militar, aunque no logró impedir el paso de la flota enemiga, sirvió de advertencia y aumentó el prestigio de Rosas como defensor de la soberanía nacional, tanto que le valió el reconocimiento del general San Martín, quien además de colmarlo de elogios, le legó su legendario sable corvo, el que lo había acompañado en su campaña libertadora. En la carta que envió a su amigo Guido luego de que se enteró de la hazaña, el Libertador escribió: “Los argentinos no somos empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”.

El héroe mayor de esa gesta heroica se llamó Lucio Norberto Mansilla, el comandante que dirigió el emplazamiento de las baterías en lo alto de las barrancas para desde allí hostigar a la flota anglo francesa. En el fragor del combate, lo alcanzaron las balas enemigas y aún así, malherido, siguió al pie del cañón hasta que se agotaron los proyectiles y ya no hubo con qué disparar.

Tanta heroicidad y patriotismo, valen mucho más que veinte pesos.