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Lo que el separatismo nos legó
 

El separatismo no es una tentación exclusiva de los catalanes: también estuvo presente en la historia argentina y americana.

Donde había tres virreinatos y un imperio, hoy hay doce países sudamericanos. El virreinato del Río de la Plata se partió en cuatro antes de cumplir 50 años: Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay. Lo que constituía una unidad territorial y jurídica no pudo resistir un separatismo temprano, alentado por intereses foráneos, ambiciones personales y localismos acendrados que fragmentaron ese inmenso territorio en la hora independentista, a comienzos del siglo XIX. ¿Qué fue del sueño de la Patria Grande de los padres fundadores?

La primera hora de la actual República Argentina no estuvo exenta de arrestos separatistas. El Protectorado de los Pueblos Libres, de inspiración artiguista, puede computarse como un intento autonómico temprano, que podría haber derivado en una partición física. De hecho, las provincias que lo conformaban —salvo Córdoba— no concurrieron al Congreso de Tucumán que declaró la independencia en 1816.

La década siguiente fue el tiempo de los caudillos, un momento particular de nuestra historia institucional donde no existió gobierno nacional —salvo la efímera presidencia rivadaviana— y las provincias reasumieron su plena soberanía, respaldada por leyes, ejércitos y aduanas propias. Más tarde, en 1849, Sarmiento, en su clímax antirrosista, llegó a plantear la entrega de la Patagonia a Chile.

Sin embargo, el intento separatista que llegó a consumarse ocurrió poco después, cuando Buenos Aires se convirtió en un estado independiente luego de la batalla de Caseros, en 1852. Malquistada con el vencedor —Justo José de Urquiza—, la dirigencia porteña rechazó lo acordado por los representantes provinciales en San Nicolás de los Arroyos para institucionalizar el país. La mesa de la discordia estaba servida.

El 11 de septiembre de 1852, apenas nueve meses después de librarse de Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires pateó el tablero y consumó la secesión. Se designó gobernador a un “halcón” porteñista: Valentín Alsina, acompañado por otro duro, Bartolomé Mitre, al frente del Ministerio de Gobierno.

De hecho, la provincia no participó de la Convención que sancionó la Constitución el año siguiente, conservando para sí el control del puerto y de la Aduana, la caja más apetecible, y reasumiendo la representación exterior delegada en Urquiza. Entretanto, la Confederación con sede en Paraná, que reunía a las trece provincias restantes, debía llevar adelante la titánica tarea de edificar un Estado nacional desde la nada y sin recursos.

Urquiza desistió de reprimir el levantamiento septembrino para no desatar una guerra civil de alcances imprevisibles, aunque resolvió prescindir de la provincia escindida, al menos en lo formal, declarándola “potencia extranjera”. Temía, a su vez, que otras provincias, soliviantadas por el mal ejemplo, imitaran la conducta de Buenos Aires y decidieran apartarse de la frágil Confederación. La unión nacional pendía de un hilo.

Abierta la grieta, el gobierno de Paraná trató de lograr la reincorporación de la díscola hermana mayor sin resignar los principios contenidos en la Constitución jurada. Buenos Aires, por su parte, declamaba su adhesión a la quimérica unificación nacional pero imponía a la vez condiciones indigeribles para el resto de las provincias. El tironeo parecía no tener fin: cartas y manifiestos iban y venían desde Paraná a Buenos Aires y viceversa. Opúsculos emponzoñados y gestos poco amigables alimentaban la hostilidad entre las partes. La puja dejó de ser una cuestión de publicistas y corrillos para pasar al terreno de los hechos. La guerra de aquí se anticipó a la que dividió a los EE.UU. entre 1861 y 1865.

Recién en 1859, luego de la batalla de Cepeda, que los bonaerenses perdieron a manos de las fuerzas confederadas, Buenos Aires flexibilizó un tanto su postura separatista. El Pacto de San José de Flores plasmó esa voluntad. Sin embargo, el conflicto no tardó en renacer. Tras la batalla de Pavón, librada en noviembre de 1861, en la que Mitre se quedó con el triunfo, la Confederación Argentina se extinguió y la poderosa Buenos Aires “nacionalizó” su hegemonía sin necesidad de segregarse del resto.

Hasta el final del siglo no hubo nuevas algaradas separatistas, salvo el desopilante episodio de un francés –Orelie Antoine de Tounens—que se proclamó rey de la Patagonia.

En el siglo XX se profundizaron el centralismo y la concentración de población y recursos en una sola provincia, lo que obliga a replantear la configuración territorial y jurídica de la Argentina para reanimar un federalismo reducido a letra muerta. Por supuesto, bien lejos de cualquier tentación separatista.