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Las trenzas de la discordia
 
El 7 de diciembre de 1811, los Patricios se amotinaron porque los obligaron a cortarse la coleta que llevaban como símbolo de identidad del Regimiento más antiguo de Buenos Aires. El episodio pasó a la historia como el “Motín de las Trenzas”.

El regimiento de Patricios tiene su propia historia dentro de la historia argentina. Nació al calor de la lucha contra las invasiones inglesas, cuando de la nada hubo que improvisar batallones capaces de enfrentar a los experimentados intrusos que llegaron sin anunciarse. El jefe que le puso rostro e identidad al regimiento se llamaba Cornelio Saavedra, convertido en el hombre fuerte de una plaza sacudida por los vientos revolucionarios que cada vez soplaban con más fuerza.

El papel de los Patricios durante los momentos cruciales de la Revolución de Mayo fue clave: representaban el poder militar y eso les bastó para inclinar la balanza a favor del bando criollo y, a un mismo tiempo, catapultar a su líder a la presidencia de la Primera Junta. De entrada nomás, Saavedra quedó envuelto en una dura disputa interna con Mariano Moreno, que no tardó en resolverse a su favor, borrando al otro del mapa. Sin embargo, a los pocos meses también él debió abandonar la escena, devorado por la turbulenta política rioplatense que latía al compás de una guerra con final incierto. Con Saavedra lejos de Buenos Aires, la Junta de Gobierno, engordada por la incorporación de los diputados del interior, tampoco duró demasiado. El poder quedó entonces en manos del porteñísimo Primer Triunvirato, de inspiración rivadaviana. Una de las primeras medidas del nuevo gobierno fue precisamente sepultar al saavedrismo para siempre y para eso nada mejor que comenzar por el regimiento que aún le era fiel. Lo primero que hicieron fue transformarlo en un cuerpo de línea igual que los demás, y no sólo eso: sin consultar a sus integrantes, colocaron al mando a Manuel Belgrano, que estaba de regreso en la metrópoli tras la fallida campaña al Paraguay. El nuevo jefe no era un militar de carrera y su carácter apacible y conciliador no lo ayudaba demasiado, como tampoco lo ayudaban sus vínculos con el morenismo residual. Aún así, Belgrano se hizo cargo del díscolo cuerpo con el mandato de ponerlo en caja.

Además del vistoso uniforme que remataba la tradicional galerita con la pluma, los Patricios se caracterizaban por la trenza; una coleta que ostentaban orgullosamente como símbolo de pertenencia y autonomía. Al caer la tarde del 6 de diciembre, Belgrano, recién asumido, efectuó una inspección de rutina e inmediatamente dispuso una serie de medidas reglamentarias. Una de ellas, la más desafortunada, mandaba a oficiales y soldados a cortarse las trenzas, y si no lo hacían por propia voluntad, los integrantes del cuerpo de Dragones lo harían por ellos. Por razones de higiene, se dijo. Ardió Troya. Aquella era una ofensa que los altivos patricios no estaban dispuestos a soportar: humillarlos de esa forma a ellos nada menos, que eran la flor y nata de las armas patrias; no, de ninguna manera. Esa misma noche los suboficiales y tropas se negaron a cumplir la orden: desalojaron a empujones a los jefes y coparon el cuartel. Belgrano, preocupado por el cariz que tomaban los acontecimientos, regresó precipitadamente al lugar, pero fue recibido con mueras a su persona y vivas al ex jefe desterrado. A esa altura el motín había adoptado la estética usual: toma de rehenes –un oficial enviado por las autoridades a parlamentar– y que sólo se negociará con algún integrante del Triunvirato, con nadie más. Entonces compareció Feliciano Chiclana. A él le presentaron el pliego de condiciones: que se fuera Belgrano y otros oficiales indeseables y se los tratase "como a ciudadanos libres y no como cuerpo de línea". Chiclana les contestó lo que indica el manual: primero depongan las armas y luego conversamos, ¿está claro?

La represión
Mientras el Triunviro regateaba con los sublevados, por si las negociaciones fracasaban, efectivos de otros batallones ajenos a la protesta y algunos civiles armados rodearon sigilosamente la manzana. Durante toda la noche hubo tensas negociaciones, infructuosas promesas y amenazas veladas. Juan José Castelli, que se hallaba sometido a proceso y alojado en el cuartel, intentó convencerlos de que era mejor llegar a un acuerdo antes que enfrentarse a las tropas leales. Lo mismo les pidió el Obispo de Buenos Aires. Pero nada; los amotinados estaban dispuestos a resistir y tuvieron la mala idea de abrir fuego contra los sitiadores y matar y herir a algunos de ellos.

Eso solo bastó para que comenzara la fulminante represión, dirigida por José Rondeau y de la que participó activamente el entonces coronel French. Atacados –literalmente– por los cuatro costados, los sitiados no tuvieron más remedio que rendirse. A esa hora el sol ya brillaba en lo alto. El combate duró unos pocos minutos, pero dejó un saldo de cerca de 50 muertos y otros tantos heridos, la mayoría del bando rebelde. Por supuesto, los cabecillas fueron arrestados y el regimiento sufrió una serie de humillantes penalidades por haberse atrevido a desairar al gobierno. Por esas horas, no había quien les quitara de la cabeza a las autoridades que aquella chirinada había sido soliviantada por los enemigos de adentro; así que se imponía aplicar mano dura, nada de perdonar. Por esa razón las trenzas no fueron lo único que perdieron los Patricios ese día: los responsables de la asonada fueron sometidos a juicio sumario y varios de ellos condenados a muerte. La pena se ejecutó el 10 de diciembre y, como era de estilo, después de fusilados, los cuerpos sin vida fueron colgados en la plaza pública a la vista de todos para que la macabra visión sirviera de escarmiento.
Esa vez fueron 11 integrantes del regimiento los que corrieron la desgraciada suerte, mientras que otros 20 fueron enviados a la isla Martín García, donde cumplirían condenas que iban de cuatro a 10 años de prisión.

Colofón
La operación se completó con acusaciones a mansalva, persecución de sospechosos y la expulsión de los diputados del interior que aún quedaban en Buenos Aires. El que peor la pasó fue el Deán Funes, que fue arrestado y sometido a juicio.

Bernardino Rivadavia, el hombre fuerte del momento, podía respirar tranquilo: al menos esa vez no les alcanzó a sus adversarios para voltearlo del poder. Sin embargo, unos pocos meses más tarde, en marzo de 1812, arribó la fragata inglesa George Canning trayendo de regreso al país a un puñado de oficiales americanos que no tardarían en hacerse cargo de la situación... y del poder. Pero ésa es otra historia.