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Las batallas del 28 de noviembre
 
Punta Gorda (provincia de Entre Ríos), julio de 1840. “Aquí están estos tres mil hombres que sólo me obedecen a mí y que se entienden directamente conmigo”, dice el general Lavalle, mientras José María Paz lo escucha en silencio, como estudiándolo.

Pocos meses atrás, Juan Galo Lavalle, luego de perder el mando político de la provincia de Buenos Aires en 1829, vivía retirado junto a su familia en una chacra en Colonia, República del Uruguay. Allí hubiese seguido de no haber sido por la insistencia de la Comisión Argentina de Emigrados –dirigida por sus viejos amigos unitarios que conspiraban contra Rosas desde la otra orilla del Plata– para que retomara las armas. No debió haber costado demasiado convencerlo: el ex oficial de San Martín, después de 10 largos años de reposo, necesitaba sentir correr nuevamente la adrenalina por sus venas. Lavalle respondió al llamado de las armas sin titubear y aceptó ponerse al frente de la fuerza militar que, con la ayuda de Francia, los enemigos de Rosas organizaban para luchar contra “el dictador”.

Salió sigilosamente de la Banda Oriental con rumbo a la isla Martín García y, desde allí, él y sus hombres fueron transportados por la flota francesa hasta las costas entrerrianas, donde a poco de desembarcar, en setiembre de 1839, libró con éxito la batalla de Yeruá. La provincia de Corrientes, un bastión antirrosista, había puesto sus efectivos militares bajo las órdenes del prestigioso general argentino. A Yeruá le siguió el ajustado triunfo de Don Cristóbal, en abril de 1840. Entonado por los resultados obtenidos hasta ese momento sobre Pascual Echagüe, el personero de Rosas en el Litoral, el impetuoso Lavalle consideró agotado su periplo en la región y –pese a la enconada oposición de Pedro Ferré, el gobernador de Corrientes– estaba decidido a cruzar cuanto antes el Paraná e ir por Rosas.

Entretanto, José María Paz, que se había fugado de Buenos Aires después de que Rosas le cambiara la prisión por la libertad bajo palabra, también había recalado en Colonia, donde hallaban refugio buena parte de los emigrados argentinos que huían de la temible “Mazorca” rosista. Allí fue tentado por los mismos personajes que habían despachado poco antes a Lavalle para que también él se alistara en el Ejército Libertador que maniobraba en el Litoral argentino y se aprestaba a lanzar el ataque sobre Buenos Aires. Lavalle le había escrito a su viejo camarada de armas en el mismo sentido. “Mucho tuve que luchar para vencer la resistencia de mi esposa, si puede llamarse vencimiento una forzada conformidad”, escribe el célebre Manco al rememorar el reclamo suplicante de Margarita para que cumpliera con su promesa de renunciar a las armas y se quedara en Colonia junto a los suyos. Sin embargo, empujado por la irrefrenable vocación militar que signó su vida, Paz partió al encuentro de Lavalle. “El 29 de junio (de 1840) me embarqué, dejando mi familia anegada en llanto”, asentó en sus Memorias. Tampoco a Lavalle le había sido sencillo dejar a su gente un año antes. Dolores, su mujer, y sus cuatro hijos intuyeron que la emotiva despedida que le dispensaron sería la última en la azarosa vida del infatigable guerrero.

El encuentro
Paz llegó a Punta Gorda, donde acampaba el Ejército Libertador, el 15 de julio de 1840. Tres días más tarde pudo, finalmente, reunirse con Lavalle. Después de más de 11 años, los dos veteranos de la guerra de la Independencia volvían a encontrarse. El aire estaba poblado de fantasmas y celos del pasado. Las personalidades de ambos no congeniaban. Paz era amante del orden, la disciplina y la previsión; mientras que para Lavalle el heroísmo y la entrega estaban por encima de los demás atributos de un soldado. Por esa razón, para el gusto de Paz, las tropas de Lavalle eran tan valientes como indisciplinadas. “Al Ejército Libertador no era aplicable ningún género de organización, ni regularidad, ni economía, ni contabilidad, ni orden, ni disciplina, ni cosa semejante; era un montón de hombres que se llamaban divisiones; animados de entusiasmo y bravura, y muy afectos al General que los mandaba”. Esa fue la opinión descarnada de Paz luego de que vio con sus propios ojos aquel “ejército” de Lavalle acantonado en Entre Ríos.

En medio del diálogo que sostuvieron, Paz le confió a su colega que tenía la intención de continuar viaje a Corrientes y organizar allí un ejército de reserva para proteger a esa provincia, que quedaría desguarnecida tras la partida del Ejército Libertador. Como de costumbre, Lavalle no estuvo de acuerdo con el plan de Paz y le ofreció en cambio que se sumara a su campaña como jefe de un Estado Mayor que ni siquiera existía. Paz, sabedor de que su presencia despertaba resquemores y que, además, un ejército no puede tener dos cabezas, prefirió desistir del ofrecimiento y seguir su propio camino. “Sin conocer Corrientes, ni sus recursos, ni las verdaderas intenciones de su gobierno, tomé mi resolución, porque siéndome imposible permanecer en el ejército (de Lavalle), no me quedaba otro arbitrio que éste, o regresar a la Banda Oriental, lo que hubiese producido en el público un pésimo efecto”. Así veía las cosas el metódico general Paz.

Entretanto, Lavalle, tras un último encontronazo con las fuerzas de Echagüe en Sauce Grande, se aprestaba a cruzar el Paraná para marchar sobre Buenos Aires. El último diálogo se produjo en la soleada mañana del 21 de julio, poco antes de la partida, a bordo de la goleta Unión. Lavalle parecía haber mudado de parecer:
– He pensado en su ida a Corrientes y no me parece mal, además de que algunos jefes correntinos me lo han pedido, para que usted trabaje en poner aquello en estado de defensa, por si Echagüe quiere invadir.
– Celebro mucho que estemos de acuerdo, y espero que seré más útil allá de lo que sería en el ejército –respondió el Manco.
Sin embargo, al día siguiente Lavalle volvió a su postura inicial, diciéndole a Paz que “en Corrientes nada hay que hacer”.
– La patria está en el Ejército y usted lo abandona– fueron las poco sutiles palabras de despedida de Lavalle. Nunca más volverían a verse.

Quebracho Herrado

Tras abandonar Entre Ríos, Lavalle marchó resueltamente sobre Buenos Aires, llegando hasta las puertas de la metrópoli. Sin embargo, y contra todas las previsiones, no atacó y se replegó hacia Santa Fe. Tal vez lo disuadieron la indiferencia y la frialdad con que fue recibido. Sin dudas, el recuerdo del holocausto de Dorrego seguía vivo.

Pese a haber ocupado la ciudad de Santa Fe sin mayores resistencias, supo que le sería difícil hacerse fuerte allí. Manuel Oribe, el feroz militar uruguayo que mandaba el ejército federal, le venía pisando los talones. Por esa razón decidió desplazarse hacia Córdoba, donde Gregorio Aráoz de Lamadrid –otro famoso comandante unitario– había logrado tomar el gobierno, desplazando momentáneamente a Manuel López “Quebracho”. Lavalle, consciente de que se hallaba en inferioridad de condiciones, no quería presentar batalla hasta tanto equilibrara las fuerzas con el aporte de las tropas de Lamadrid. Éste se encontraba en El Tío cuando recibió el mensaje que Lavalle le envió desde Los Calchines proponiéndole encontrarse el 20 de noviembre en Romero, cerca de la frontera con Santa Fe, para reunir las tropas de ambos y acordar el plan de batalla. Pedía, además, reses para su ejército hambriento y caballadas para reponer la diezmada tropilla que montaban sus hombres.

Los enviados de Lamadrid llegaron a Romero a la hora señalada, pero no había allí ni rastros de Lavalle, demorado por el estado de sus cabalgaduras y por arrastrar, además, un verdadero éxodo de pobladores sampedrinos y santafesinos que el jefe unitario no quiso dejar a merced del sanguinario Oribe. También seguían al Ejército Libertador no menos de 300 “cuarteleras”, esas legendarias mujeres que acompañaban a sus hombres hasta la misma muerte. Todo eso dificultaba el desplazamiento de las tropas, ocasionando el fatal desencuentro con la gente de Lamadrid, que, cansada de esperar, decidió retirarse dos días antes de que llegara Lavalle. En sus Memorias, Lamadrid se lamenta amargamente: “La falta de franqueza para avisarme, como debió hacerlo, de que el enemigo lo perseguía, y que el mal estado de sus caballadas le había privado de llegar al Romero el día prefijado”. Acorralado y sin posibilidad de recibir refuerzos, Lavalle no tuvo más alternativa que presentar combate cerca de allí, algo que había esquivado durante días.

La batalla de Quebracho Herrado fue terrible. El 28 de noviembre de 1840 fue un día sofocante. Lavalle, con su sombrero panamá ceñido con barbijo y pañuelo de seda celeste y blanco al cuello, blandía en su mano derecha la famosa y temida lanza corta con la que ensartaba sin piedad a sus enemigos.

“¡Libertad, Constitución o muerte!”. A las 2 de la tarde el grito de guerra brotó de la garganta del héroe de Pichincha y Río Bamba rompiendo el tenso silencio reinante en la pampa cordobesa e inmediatamente el aire se pobló de alaridos y cañonazos. La valerosa división Vega, como siempre, fue la primera en cargar contra el enemigo, pero el mal estado de las cabalgaduras le impidió consolidar la ventaja lograda en la embestida; la caballería de Pacheco, momentáneamente dispersada, volvía a agruparse y retornaba al combate una y otra vez. Entretanto, la infantería de Lavalle, mal aprovisionada, pronto se quedó sin municiones y a merced del sable filoso del adversario. Extrañamente, el coronel Vilela, a cargo de otra de las divisiones del Ejército Libertador, casi no participó del combate.

A las 5 de la tarde, cuando la superioridad del ejército federal era más que evidente y el campo de batalla estaba sembrado de muertos y heridos, Lavalle ordenó la retirada. Lo que quedaba de su ejército se dispersó en el más completo desorden. Los soldados huían campo traviesa arrojando las armas para aligerarse de peso y poder escapar del degüello. La derrota fue total. Lavalle perdió toda su infantería, sus bagajes y casi toda la caballería. Salvó su vida huyendo presurosamente con un puñado de hombres rumbo a la Villa de los Ranchos (Villa del Rosario) donde finalmente se reunió con Lamadrid. Muy pocos sobrevivieron a la masacre. El Ejército Libertador quedó reducido a poco más de 500 hombres.

“¡Oh! ¡Lo que media entre una batalla ganada y otra perdida! Media todo el presente y hasta el porvenir”, sentenció el general Paz al enterarse de la infausta noticia.

Rosas podía respirar tranquilo.

Caaguazú
Paz había puesto en juego todo su oficio en la preparación del ejército de reserva correntino para completar lo que Lavalle había dejado inconcluso cuando se marchó un año antes, o sea enfrentar a Pascual Echagüe y liberar el Litoral. Derrotado Lavalle, las últimas esperanzas de los enemigos de Rosas estaban depositadas en el Manco.

Serían las 2 de la madrugada del 28 de noviembre de 1841 cuando comenzó a mermar el cañoneo que había durado toda la noche. El día anterior había sido abrasador y éste no le iría en zaga. La tropa del general Paz, inferior en número a la de Echagüe, ocupaba la ribera del río Corrientes en el paso de Caaguazú. El Manco había elegido cuidadosamente la disposición de sus fuerzas para tomar ventaja del enemigo, aprovechando la topografía del terreno y del estero que allí se forma. Antes del alba, la infantería de Echagüe avanzó sobre la posición de los correntinos, guarnecida por el fuego a discreción que vomitaba una artillería muy superior a la de Paz. Sin embargo, los soldados del Manco estaban protegidos por unas pequeñas lomadas que hicieron que las pérdidas apenas se notaran. Poco a poco, los bravos correntinos salieron de sus refugios y contraatacaron, dando cuenta del enemigo que se dispersó en medio de una gran confusión. Las acciones concluyeron a las 11 de la mañana. El triunfo del general Paz había sido rotundo. “Toda su infantería, artillería, gran parque, y porción de carretas, de vestuario y armamentos, está en nuestro poder. Se persigue a sus restos con tenacidad y me mandan a cada instante prisioneros. Echagüe y Servando (Gómez) es difícil que escapen”, escribía Paz con mal disimulado orgullo a Fructuoso Rivera desde el campo mismo de batalla, pocos minutos después de haber concluido el encarnizado combate.

Caaguazú cortó abruptamente el clima de euforia que se vivía en Palermo, donde su morador aún festejaba las victorias federales de Famaillá y Rodeo del Medio y la muerte de Lavalle, ocurrida poco antes. Rosas, en medio de tanto regocijo, creía desvanecido para siempre el peligro unitario. Sin embargo; el infatigable y malquerido general Paz volvía a aguarle la fiesta, obligándolo, una vez más, a poner los pies sobre la tierra.

Epílogo
Lavalle no pudo reponerse del duro revés sufrido en Quebracho Herrado. Con más fervor que fuerzas recompuso su tropa y volvió a dar pelea en Famaillá (provincia de Tucumán), donde volvió a ser derrotado por el ejército de Oribe. Poco después, el 9 de octubre de 1841, perdió la vida mientras pernoctaba en la ciudad de San Salvador de Jujuy. Ese mes hubiera cumplido 44 años. Sus fieles subordinados rescataron el cadáver y portaron los restos de su jefe hasta Bolivia, para impedir que cayera en manos del enemigo y su cabeza fuera bárbaramente tributada a Rosas.

El general Paz, tras la resonante victoria de Caaguazú, se vio envuelto en un conflicto de poder con el gobernador de Corrientes, Pedro Ferré, que lo obligó a alejarse del Litoral. Luego de dirigir la defensa de Montevideo del sitio impuesto por Oribe, en 1846 retornó a Corrientes, pero nuevamente tuvo problemas políticos, esta vez con el gobernador Madariaga. Marchó al exilio del que retornó en 1852 tras la batalla de Caseros, poniéndose al servicio del gobierno de Buenos Aires. Murió en 1854 a la edad de 63 años. Sus restos descansan en el atrio de la Catedral de Córdoba.