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Las batallas del 20 de febrero
 
El mismo día, pero con 14 años de diferencia –los que van desde 1813 a 1827–, se libraron dos batallas decisivas para la definitiva integración territorial de la Argentina: la de Salta, en 1813, que permitió consolidar el dominio de las provincias norteñas; y la de Ituzaingó, en 1827, que dejó abierta la posibilidad –luego frustrada- de recuperar la Banda Oriental.

Salta
Tras el resonante triunfo de Tucumán (24 de setiembre de 1812) que detuvo el avance realista, el ejército de Belgrano volvió a marchar hacia el norte con intenciones de recuperar los territorios del Alto Perú hasta los límites del antiguo Virreinato del Río de la Plata. Este era el plan urdido por las autoridades revolucionarias en medio de las turbulencias políticas que desencadenaban sucesivos cambios de gobierno. El fin del efímero Segundo Triunvirato y la instalación de la Asamblea General Constituyente del año 1813 sorprenden a Belgrano en plena marcha hacia Salta, primer objetivo de la contraofensiva patriota. Cuando recibe la noticia, el general ordena un alto y, desplegando una vez más la insignia celeste y blanca, hace jurar a sus hombres fidelidad al nuevo gobierno y a la flamante bandera. “¡Éste será el color de la nueva divisa con que marcharán al combate los nuevos campeones de la patria!”, arenga a los tres mil soldados formados a la vera del río Pasaje. Después de la ceremonia, el río pasará a llamarse Juramento. El ejército reanuda la marcha y se aproxima a Salta, que se halla ocupada por los realistas. El primer obstáculo se presenta poco antes de llegar. El general español Pío Tristán, el mismo que Belgrano venció en Tucumán, previendo una posible invasión. ha mandado a fortificar y artillar el camino del Portezuelo, único acceso a la ciudad. Belgrano detiene la marcha; sabe que presentar batalla en ese lugar sería sumamente desventajoso y no puede retroceder. Providencialmente, uno de sus oficiales, el capitán José Apolinario Saravia, revela la existencia de una senda sólo conocida por los indígenas del lugar, que atraviesa la estrecha Quebrada de Chachapoyas y que, dando un gran rodeo, podría conducirlos a la retaguardia misma del enemigo. Esa misma tarde del 18 de febrero de 1813, bajo un aguacero torrencial, Belgrano y sus hombres emprenden la penosa marcha a través de los escarpados cerros. Durante toda la noche hombres y bestias transcurren por un angosto sendero, lidiando a brazo partido con las 50 carretas que transportan armas y bagajes y con las 12 piezas de artillería que integran el parque. Extenuados, al amanecer del día 19 llegan a la hacienda de Castañares, una legua al norte de la ciudad, donde acampan bajo la persistente lluvia.

Alguien advierte a Tristán de la maniobra que ha permitido a Belgrano burlar sus defensas. “¡Sólo que fueran pájaros!”, replica el incrédulo jefe realista, hasta que cae en la cuenta de que efectivamente ahora tiene a los criollos a sus espaldas. Sin pérdida de tiempo ordena el desplazamiento de sus 3.500 hombres, que presurosamente toman posiciones al pie del cerro San Bernardo, donde emplazan 10 piezas de artillería dispuestos a impedir que Salta caiga en manos del enemigo. Entretanto, el mismo Saravia que mostró a Belgrano la ruta salvadora, vestido con ropas de paisano para no levantar sospechas, se infiltra en la ciudad para obtener información sobre las fuerzas realistas, lo que a la postre será decisivo. El resto del día transcurre lentamente, en medio de una tensa calma, lo mismo que la noche que le siguió. Belgrano –que no pegó un ojo por la fiebre y amaneció con vómitos de sangre– había mandado a preparar una especie de carreta ligera tirada por caballos para desplazarse a pesar de su dolencia. Sin embargo, no la necesitó y pudo, finalmente, montar su propio caballo.

El cielo del 20 de febrero se presentó plomizo, pero al poco rato los rayos del sol iluminaron los cerros salteños. Los hombres de Belgrano, empapados y mal dormidos, percibieron la salida del sol como un buen augurio. Cuando todo estuvo preparado para la batalla, el creador de la bandera ordenó el ataque. Las primeras escaramuzas favorecieron a los españoles, incluso una bala alcanzó la humanidad de Eustaquio Díaz Vélez, uno de los jefes patriotas, sacándolo de combate.

“¡Avance usted y llévese por delante al enemigo!”, ordena entonces Belgrano a Manuel Dorrego, quien, cumpliendo literalmente la consigna y a fuerza de bravura, pronto recupera el terreno perdido. Superado el instante dramático, cuando la carga patriota se generalizó, Tristán retrasó sus líneas en procura de lograr una mejor posición defensiva, pero primero las alas del ejército realista y luego el centro, comenzaron a ceder ante la furiosa embestida.

Para entonces, el encarnizado combate, que lleva ya más de tres horas, se ha trasladado a las calles de la ciudad, hacia donde huyen desordenadamente los españoles. Finalmente, Tristán comprende que es inútil continuar la lucha y se rinde. Un indulgente Belgrano promete al emisario del general vencido una honrosa capitulación, cuyos términos se acuerdan esa misma tarde. Al día siguiente, dos generales, más de 100 oficiales y dos mil soldados desfilan ante Belgrano y depositan sus armas a los pies del vencedor. Además, juran solemnemente no volver a tomarlas en contra de las Provincias Unidas hasta el límite del río Desaguadero, en el Alto Perú. El jefe patriota releva a su colega de la humillación de ofrendarle personalmente su sable y, en cambio, le abraza a la vista de todos los presentes. “El abanderado entregó, finalmente, la real insignia, que simbolizaba la conquista y un vasallaje de 300 años”, recuerda José María Paz, testigo y protagonista de aquella justa. La conducta de Belgrano levantó críticas en el bando de los revolucionarios más duros. “Hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia y no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria”, respondió el general a sus detractores.

En el campo de batalla quedaron 500 muertos de ambos bandos, que fueron inhumados allí mismo en una fosa común. Sobre ella se levantó una gran cruz de madera que rezaba: “A los vencedores y vencidos en Salta el 20 de febrero de 1813”, y que perduró por más de 60 años antes de caer vencida por el tiempo. Complacida por el suceso militar, la Asamblea dispuso premiar a Belgrano con 40 mil pesos, que éste declinó para que se levantaran cuatro escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Salta.

Ituzaingó
A fines de 1825, después que Juan Antonio Lavalleja y los famosos “33 orientales” ocuparan la Banda Oriental para reincorporarla a las Provincias Unidas, el Brasil, ofendido, declaró la guerra y bloqueó el puerto de Buenos Aires. El emperador Pedro I no estaba dispuesto a aceptar que los arrogantes argentinos le arrebataran “su” provincia Cisplatina, ni tampoco a permitir que se erigiera allí un Estado independiente: o de Brasil o de nadie, parecía ser la consigna de la corte del Janeiro.

Los vientos de guerra trajeron al país a lord John Ponsonby, el ministro designado por Canning para arreglar el diferendo suscitado por la posesión del codiciado territorio. Previo a presentarse ante el presidente Rivadavia, el inglés había estado en Río, procurando hacer entrar en razones a don Pedro, el emperador de allá, aunque sin éxito. Gran Bretaña está interesada en poner fin a la guerra facilitando la independencia de la Provincia Oriental y, de paso, obtener la libre navegabilidad de los ríos interiores para poder introducir sus mercancías sin problemas. Mostrándose obediente, Rivadavia acepta los consejos del diplomático y dispone despachar a Manuel García, hombre de su confianza, para negociar los términos de la paz ante la corte brasileña. En rigor, la guerra se limitaba por el momento a algunas escaramuzas navales del almirante Brown –quien de la nada había formado una pequeña escuadra- para sortear el bloqueo impuesto por el vecino Imperio. Sin embargo, el comisionado ni siquiera emprendió el viaje. El emperador no acepta hablar de paz sino que prefiere redoblar la apuesta y profundizar una guerra a todas luces impopular. Su prestigio, dice, está en juego.
Entretanto, Inglaterra, que por cuerdas separadas negocia otras cuestiones con el Brasil, opta por dar un paso al costado y dejar que las cosas sigan su curso. Sin pérdida de tiempo, los brasileños alistan una fuerza militar considerable, pronta a invadir la Mesopotamia argentina y aniquilar a las tropas allí reunidas bajo el mando de Carlos María de Alvear. El ejército republicano cuenta con 7.700 hombres y en él se han enrolado muchos veteranos y héroes de la Guerra de la Independencia: Lavalle, Chilavert, Espejo, Olazábal, Paz, Iriarte. La mayoría de sus soldados fueron reclutados en el Litoral, lo mismo que las milicias orientales comandadas por Lavalleja. Alvear, niño mimado por la aristocracia porteña, no era muy querido por los oficiales. Uno de ellos, Tomás de Iriarte, dice en sus Memorias que “Alvear estaba trastornado con el mando del ejército. Había tomado un tono enfático y petulante que a todos chocaba (...). No convenía tanta ostentación a un general que todavía no se había acreditado al frente del enemigo...”.

En febrero del año 1827 los escarceos se hicieron más frecuentes. Mientras Guillermo Brown logra un resonante triunfo en la batalla de Juncal, frente a la isla del mismo nombre en la desembocadura del Paraná Guazú, Juan Lavalle vence en Bacacay y Lucio Mansilla en Ombú. Todo está dispuesto para el enfrentamiento definitivo, que finalmente se produce el día 20 en la planicie de Ituzaingó, a la vera del río Santa María, en el actual Estado de Río Grande do Sur. Con las primeras luces del alba, el ejército republicano, que había logrado salir de la incómoda situación en que se hallaba, tomó la iniciativa.

La infantería del ejército imperial comandado por el Marqués de Barbacena rechazó las primeras cargas de caballería, hasta que, con enorme decisión, uno a uno, los regimientos de Paz, Brandsen y Lavalle se lanzan al ataque arrollando al enemigo. Tras seis horas de lucha encarnizada, el jefe brasileño no logra emparejar las acciones ni puede impedir el desbande de sus hombres. “Al fin tuvieron que dar media vuelta (...). Se rearmaron y volvieron otra vez al paso de carga; pero se repitió la misma escena. Fueron rechazados con gran pérdida y se retiraron para no volver más”, recuerda Iriarte. Del lado argentino hubo 147 bajas y 256 heridos, mientras que los brasileños perdieron alrededor de mil hombres entre muertos y extraviados. Otros 150 fueron hechos prisioneros. Uno de los caídos en acción fue el coronel Federico Brandsen, destacado oficial del Ejército de Los Andes.
Pese a que la suerte de las armas había favorecido a la República Argentina, la negociación que siguió a la batalla reflejó todo lo contrario. Rivadavia, amenazado por los caudillos provinciales que habían rechazado su Constitución, estaba urgido por sellar la paz para poder disponer de las tropas que peleaban aquella guerra. Ponsonby ve entonces llegado el momento oportuno y vuelve a presionar, logrando que el tambaleante presidente argentino despache a García a gestionar una paz de apuro con el Brasil. El 24 de marzo, el delegado del gobierno argentino firma con los representantes del vecino país un humillante tratado preliminar según el cual la Argentina no sólo renunciaba a los derechos ganados en el campo de batalla, sino que se comprometía, además, a convertir a la estratégica isla de Martín García en territorio neutral y a indemnizar al Brasil por la “guerra de corsarios”. Al conocerse la noticia, en las filas del ejército republicano cundió el desánimo.

El 20 de junio, ufano y con el tratado bajo el brazo, Manuel García regresó a Buenos Aires. Dos días después estalló la indignación en la metrópoli. Acosado por la presión popular, Rivadavia desconoce el ominoso tratado y acusa a su delegado por haber firmado algo que, en su opinión, “destruye el honor nacional y ataca la independencia y todos los intereses esenciales de la República”. Sin embargo, el gobierno estaba herido de muerte y, finalmente, envuelto en el escándalo, Rivadavia renunció a la presidencia de la República. Entretanto, las acciones militares que –con intermitencias- habían proseguido tras la batalla de Ituzaingó, se paralizaron definitivamente, al tiempo que Alvear era relevado, quedando Lavalleja al mando. Al año siguiente, el 27 de agosto de 1828, se firmó la paz definitiva que dio lugar a la independencia del territorio en disputa, hoy República Oriental del Uruguay.

Epílogo
Lo que vino después de la batalla de Salta no fue bueno. Reanudadas las acciones en el Alto Perú, la suerte fue adversa a las armas criollas. Los contundentes reveses de Vilcapugio y Ayohuma obligaron a una retirada que a la postre fue definitiva, ya que nunca se recobraron esos territorios, hoy ocupados por la hermana República de Bolivia. No obstante, la batalla de Salta está grabada a fuego como una de las gestas más heroicas de la lucha por la independencia.

De la batalla de Ituzaingó, en cambio, no es mucho lo que quedó en la memoria colectiva, empañada por la deshonrosa negociación que le siguió. Sin embargo, no hay argentino que no vibre de emoción cada vez que suenan los inconfundibles acordes de la marcha de Ituzaingó. Según cuenta la tradición, esta marcha militar habría sido escrita por el mismísimo emperador Pedro I –que era un notable músico y compositor aficionado- y confiada a la fanfarria brasileña para que la ejecutase tras la primera victoria que obtuvieran en aquella campaña. Al dispersarse el ejército imperial, en medio del desorden que sucede a toda derrota, la partitura quedó abandonada en un arcón junto a otras piezas musicales. De allí fue rescatada por los argentinos, quienes la bautizaron con el nombre con que se conoce y desde entonces se la ejecuta en ceremonias oficiales, desfiles y revistas presidenciales.

Así se fue dibujando el mapa de la patria...