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La semana trágica
 
Hipólito Yrigoyen tenía ante sí el duro desafío de demostrar que el radicalismo, que había sido tenaz opositor, era capaz de gobernar el país. En ese camino, trató de moralizar el Estado y de mejorar la situación del pueblo, aunque muchas de sus iniciativas no pasaron el filtro del Congreso, donde la oposición pisaba fuerte. Pese a que solía mediar personalmente en los conflictos laborales, tampoco logró frenar las luchas obreras que cada tanto conmovían el ambiente. Así las cosas, se llegó al año 1919, que comenzó de manera trágica.

La cosa comenzó como siempre, con un conflicto focalizado. Esa vez le tocó a los Talleres Metalúrgicos Vasena, ubicados en el barrio porteño de Barracas. Los obreros de ese establecimiento reclamaban mejores salarios y, como siempre, la jornada laboral de ocho horas y el descanso dominical pago. La empresa se negó a considerar el planteo y, los primeros días de diciembre de 1918, se largó la huelga. Enseguida, el conflicto ganó en dureza. Mientras los trabajadores impedían el paso de los carros que abastecían la materia prima, la patronal ponía en acción los piquetes rompehuelgas organizados para la ocasión. Lo de siempre. La tensa situación era celosamente vigilada por soldados del escuadrón de Seguridad y bomberos armados.

Enero caliente

Enero arrancó bien caliente, con una balacera que terminó con un policía muerto y tres civiles heridos. La cosa fue subiendo de temperatura, hasta que el martes 7 se produjo otra batahola callejera y esta vez los muertos fueron cuatro obreros y los heridos más de treinta. El conflicto se extendió y trabajadores de otras ramas se plegaron a la huelga; el clima beligerante de los primeros años del siglo renacía en las calles porteñas, mientras el oficialismo intentaba en vano acercar a las partes. El jueves 9 se llevó a cabo el sepelio de las víctimas. Ese día, el ambiente se cortaba con un cuchillo; mientras el cortejo fúnebre avanzaba hacia la Chacarita, portando los ataúdes a pulso, en otros puntos de la ciudad se producían disturbios, quemas de tranvías y asaltos a armerías. Elpidio González, el jefe de Policía, salió a dar la cara e intentó calmar a los manifestantes, arengándolos desde lo alto de un carro volcado. De nada sirvió el gesto: el mediador debió salir a las apuradas y la cosa siguió fuera de cauce: el escuadrón de Seguridad, reforzado por efectivos del Ejército, ametralló a los manifestantes ocasionando treinta muertos, entre ellos cinco niños. Entretanto, el avance del cortejo desataba nuevos enfrentamientos a su paso, como el que terminó con el incendio del orfanato de la Casa de Jesús y una nueva batalla campal con policías y bomberos. A esa altura, actuaban a cara descubierta grupos de civiles armados que más tarde formarían la Liga Patriótica Argentina.

En el cementerio
Sin embargo, lo peor estaba por pasar. La multitudinaria columna llegó a la necrópolis poco antes de que cayera la tarde y apenas comenzaron los discursos inflamados al pie de las tumbas, el cuerpo de caballería, la infantería y los bomberos cargaron sobre la gente que corría en todas direcciones, pisoteando las sepulturas y parapetándose contra los murallones. La acometida fue feroz, a sablazo limpio, con disparos de armas de fuego y atropelladas de los equinos; se calcula que hubo otros cincuenta muertos. Entretanto, en el parlamento ardía un debate poblado de acusaciones cruzadas entre los distintos bloques. Ante el desborde, el presidente nombró al general Luis Dellepiane comandante militar de la ciudad y autorizó que las tropas ganaran las calles, que al caer la noche ofrecían el aspecto de una plaza sitiada. Al día siguiente los anarquistas llamaron a una huelga general por tiempo indeterminado, que no tuvo demasiado eco. Mientras los muertos permanecían insepultos, de a poco el ejército retomó el control de la situación, aunque los incidentes continuaron durante todo ese fin de semana. Las represalias corrieron por cuenta de los grupos civiles que, en nombre de la argentinidad,  no se privaron de atacar objetivos judíos.

El sangriento episodio que pasó a la historia como la Semana trágica marcó a fuego la historia argentina y dejó un sabor amargo a Yrigoyen que, desbordado por los acontecimientos, no logró parar la masacre. Todo lo que pudo hacer fue apadrinar un acuerdo tardío que marcó el punto final de la tragedia. Según el diario socialista La Vanguardia, el saldo final de aquellas tristes jornadas fue de 700 muertos y 4.000 heridos.

En Córdoba
Mientras esto sucedía en Buenos Aires, en nuestra Córdoba todavía estaba fresco el recuerdo de la Reforma, el movimiento estudiantil que meses antes había sacudido los claustros universitarios con huelgas, movilizaciones y declaraciones altisonantes, descollando Deodoro Roca, Horacio Valdéz y Enrique Barros entre los líderes más activos. Si bien el blanco de los reformistas no era el gobierno nacional, Yrigoyen siguió los acontecimientos de cerca y envió a José Salinas, uno de sus ministros, para apaciguar la situación. El partido radical, entretanto, estaba convulsionado por profundas divisiones internas entre dos fracciones irreconciliables, “azules” y “rojos”, que llevaron a la renuncia prematura del gobernador Eufrasio Loza y a la asunción del vicegobernador Julio César Borda. No sorprendió entonces que en los comicios convocados a fines de 1918 para elegir al nuevo gobernador, el Partido Demócrata se impusiera a un radicalismo dividido. El año 1919 arrancó bien caliente; mientras en Buenos Aires ardía la semana trágica, el 14 de enero se produjo en Córdoba una manifestación de protesta, que como siempre terminó con una represión policial y balazos, en este caso frente a la sede de La Voz del Interior, que en ese tiempo estaba en la calle 9 de Julio. Rafael Núñez, el gobernador electo, asumió en mayo de aquel año.