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La revolución de 1943 y el coronel que llegó para quedarse
 
El 4 de junio de 1943 las Fuerzas Armadas tomaron nuevamente el poder, desplazando esta vez a los conservadores y poniendo punto final a la llamada “década infame”. Además, aquella revolución puso en escena a Juan Domingo Perón.

Revoluciones se les llamaba en ese tiempo a las algaradas cívico-militares que se armaban de tanto en tanto y no siempre resultaban exitosas. Lo de golpe de Estado vino más tarde, cuando las Fuerzas Armadas se tomaron en serio que eran capaces de gobernar.

La revolución de 1943 derribó al gobierno civil encabezado por Ramón Castillo, el último mandatario de una época poco feliz que pasó a la historia como "década infame". Castillo era el vicepresidente de Roberto Ortiz, un radical antipersonalista que, en 1942, enfermo y casi ciego, renunció a la presidencia y poco después murió. Lo sucedió entonces Castillo, anciano ya, catamarqueño de cuna, que ejercía la representación de las fuerzas conservadoras en la alianza gobernante. A él le tocó ser la cara visible de un régimen caracterizado por el manipuleo electoral, la intolerancia y los negociados espurios. Su mayor desvelo fue encontrar un sucesor que asegurara la continuidad de la dinastía oficialista tras la muerte del líder natural del espacio conservador: el general Agustín P. Justo. Si no cayó antes fue porque la principal fuerza opositora, el radicalismo, se hallaba debilitada por las divisiones internas y la desaparición física de sus principales líderes, Yrigoyen y Alvear.

Lisandro de la Torre, otro protagonista de ese tiempo azaroso, se había suicidado en 1941, y no asomaba en el horizonte ninguna alternativa civil ni personaje providencial capaz de devolver la esperanza que los atribulados argentinos habían perdido hacía rato.

El terreno era entonces propicio para que los militares se dieran una vuelta por el poder, como ya lo habían hecho en 1930 tras el derrocamiento de Yrigoyen, sólo que esta vez la maniobra tenía algo de reparadora. El telón de fondo lo aportaba la guerra que se libraba en la vieja Europa y que enfrentaba a las grandes potencias mundiales con la Alemania de Hitler. El debate que sacudía al Ejército argentino era qué hacer con aquella guerra: si permanecer neutrales como hasta entonces, sumarse al bando aliado o, por qué no, apoyar al Eje. En realidad, la posición dominante en el seno de la fuerza oscilaba entre la neutralidad y cierta simpatía, cuidadosamente disimulada, hacia los nazis. La neutralidad propiciada por el Gobierno era, en la práctica, una forma de apoyar a los aliados, ya que posibilitaba que los barcos de bandera nacional abastecieran de granos y carnes a Inglaterra y otras naciones sin ser atacados en alta mar y ese parecía ser el término medio apropiado para lucrar con la situación sin comprometerse más de la cuenta. Sin embargo, la presión por modificar el estatus elegido por las autoridades argentinas fue en aumento después de que los Estados Unidos, tras el exabrupto japonés de Pearl Harbour, entraran de lleno en la guerra. Fue entonces cuando la diplomacia estadounidense usó todas sus armas para que la Argentina siguiera el mismo camino.

El GOU en acción
Así las cosas, en el seno del Ejército nació una logia secreta, el GOU (Grupo de Oficiales Unidos o Grupo Obra de Unificación) que reunía en su seno a una veintena de altos oficiales que se juramentaron mantener la neutralidad a toda costa. Eran, además, anticomunistas confesos y no tenían mando de tropas. Había en ese cenáculo de inspiración nacionalista un par de generales y varios coroneles: uno de ellos llamado Juan Domingo Perón, con 47 años cumplidos, que hasta allí no acreditaba una foja de servicios demasiado poblada. Apenas algunos cursos en la Escuela de Guerra y un par de misiones, una en Chile y otra en la Italia fascista.

Los acontecimientos se precipitaron cuando se conoció el nombre del sucesor de Castillo: Robustiano Patrón Costas, un conservador de la más rancia estirpe que garantizaba la continuidad de las prácticas que habían agotado la paciencia de la gente. Y de los militares.

El propio Castillo encendió la mecha cuando, el 3 de junio, despidió a su ministro de Guerra, el general Ramírez, a quien tenía por conspirador. Esa misma noche hubo un cónclave de altos mandos y la suerte del presidente quedó echada. A la mañana siguiente, bien temprano, el general Arturo Rawson salió de Campo de Mayo al frente de una columna de 10 mil hombres decidido a tomar la Casa de Gobierno. La marcha se desarrolló sin inconvenientes, salvo una escaramuza con efectivos de la Escuela de Mecánica de la Armada que dejó el saldo de 30 muertos y un centenar de heridos. Pero eso fue todo; el Gobierno, que carecía de respaldo civil y militar, se desplomó en pocas horas. Ante la vacilación de Ramírez y la negativa de Farrell, el propio Rawson ocupó la poltrona presidencial. Duró poco: fue desalojado al día siguiente por sus propios camaradas, que lo consideraban poco menos que un usurpador. El pretexto para echarlo lo proveyó el propio Rawson, que reclutó a los miembro de su gabinete de las filas conservadoras, algo inadmisible para los inspiradores de la movida. Esta vez, a Ramírez no le quedó más remedio que calzarse la banda presidencial. ¿Y Perón? Tal parece que el entonces coronel no participó activamente de los sucesos o prefirió un perfil bajo: no estuvo en la reunión donde se decidió la revolución ni se lo vio durante los acontecimientos del día siguiente. Recién apareció cuando el desenlace era un hecho consumado al lado del general Farrell, el otro hombre fuerte de la hora, además de Ramírez. Por lo visto, Perón, que había sido el soporte intelectual de la movida, se reservaba para más adelante.

En medio de la indiferencia ciudadana, la Corte Suprema de Justicia reconoció al nuevo Gobierno, que lo primero que hizo fue clausurar el Congreso hasta nuevo aviso. En realidad, los flamantes ocupantes del poder no tenían demasiado claro qué hacer ni cuánto tiempo se quedarían en la Casa Rosada. Eso era algo que se vería más adelante.

Colofón
El presidente Ramírez debió navegar a dos aguas entre los aliadófilos y los neutrales que convivían en su gabinete y en el propio GOU, lo que tornó turbulenta la relación con los Estados Unidos. Entretanto, Perón, prudentemente alejado de la controversia, tejía su propia trama. Primero como ayudante de Farrell, por entonces ministro de Guerra, y más tarde desde la Secretaría de Trabajo, donde adquirió un perfil propio y consolidó la red de alianzas y apoyaturas que terminarían por colocarlo en el centro de la Argentina en ciernes. Pero ésa es otra historia...