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La política, antes y ahora
 
 “Cambia, todo cambia”, reza la canción que popularizó Mercedes Sosa. Cambios permanentes que abarcan todos los campos de la actividad humana: las ciencias, la economía, el deporte o la cultura. Y la política, por cierto, que ya no es la misma que en los tiempos de la tiza y el carbón.

Para corroborarlo, echemos un vistazo retrospectivo: ¿Qué se hacía en el pasado para juntar votos cuando no gobernaban los militares? Propaganda callejera, con altoparlantes montados sobre vehículos destartalados que recorrían los barrios arrojando volantes que recogían los pibes; pintadas artesanales en paredones, nunca en el frente de las casas; actos en la vía pública o en clubes populares, con presentadores latosos; reuniones en locales partidarios; giras proselitistas por pueblos y ciudades, única forma de hacer conocer a los candidatos: la televisión recién asomaba en el horizonte mediático.

Y el clásico delivery preelectoral, que consistía en dejar por debajo de la puerta de cada casa un sobre, con indicación de la escuela y mesa donde le tocaba votar al morador de la vivienda junto al voto, prolijamente doblado, del partido. Así, cada familia tenía sobre la mesa del comedor el muestrario completo de la oferta electoral del momento. Casi no había propaganda gráfica y radial, y muy pocos afiches. Ni hablar de encuestas y cosas por el estilo: los resultados se palpitaban por pura intuición u olfato.

¿Quién pagaba los gastos de campaña? Un poco, el partido, y la mayor parte, los candidatos. No había “recaudadores” ni las empresas ponían plata en las campañas. Eran tiempos en que la mayoría de los políticos salía más pobre de lo que entraba a la función pública. Por supuesto, no había militantes pagos, todo se hacía por amor a la camiseta.

La participación femenina era escasa. Muy pocas mujeres subían a los palcos; estaba mal visto que las damas cambiaran el hogar por el comité: la política era cosa de hombres, sobre todo, mayores.
La noche de la votación, la familia, reunida alrededor de la infaltable radio a válvulas, seguía las alternativas del escrutinio como si fuese un partido de futbol o una novela: algunos comentaban, otros sacaban cuentas en un papel, todos pendientes del desenlace.

Urnas bien guardadas
Después del golpe de Estado de 1966, vinieron siete años de dictadura. La llamada Revolución Argentina congeló la política y prohibió toda forma de expresión ciudadana.

No fue casual, entonces, que la oposición al régimen de facto se canalizara de forma violenta, con grandes puebladas, como el Cordobazo, o mediante la lucha armada. Las reuniones políticas eran clandestinas, lo mismo que la propaganda. Eran tiempos de pintadas furtivas, panfletos caseros y actos relámpago. De palos y gases.

Durante toda esa etapa la actividad política estuvo suprimida; se reanudó recién a fines de 1972, cuando se puso en marcha un nuevo proceso electoral, esta vez con la participación del peronismo. La campaña fue pintoresca y bullanguera, más que nada por la fuerte presencia juvenil, que le trasmitió su impronta. Mucha movilización, cánticos, bombos, volantes, pintadas, fogones, y el cotillón propio de los eventos festivos: se disfrutaba el fin de la dictadura y el renacimiento de la democracia. Nadie imaginaba que todo aquello duraría tan poco.

La bisagra de 1983
Tras otros siete años de dictadura, la política volvió a escena. El final de la guerra de Malvinas abrió el camino a las elecciones del 30 de octubre de 1983. En los meses previos, se mezclaron las viejas prácticas proselitistas, a las que siguió aferrado el peronismo, con las nuevas tendencias que puso en juego el radicalismo.

El Partido Justicialista (PJ) reprodujo una campaña de perfiles similares a la de diez años atrás, sin el fervor juvenil de entonces y con el peso del recuerdo aún fresco de los años de plomo. Como si nada hubiera cambiado. La Unión Cívica Radical (UCR), en cambio, apostó a la profesionalización de la campaña y a una estética moderna que concitó el apoyo de las nuevas generaciones y los sectores progresistas de la sociedad tras el pensado eslogan: “Ahora Alfonsín”.

En esa época debutaron -entre otras novedades- los publicistas, las encuestas y los cortos televisivos de buena factura; una batería tecnológica propia de las grandes campañas norteamericanas. El candidato radical, asesorado por David Ratto, aplicó las nuevas herramientas; mientras que los candidatos peronistas llevaron adelante una campaña vetusta y no exenta de gestos autoritarios, como la quema de un féretro, televisada para millones de argentinos.

Fue la primera vez que se hicieron encuestas de intención de voto y también salieron a escena los recaudadores de fondos, que llegaron para quedarse.

Después de esa elección emblemática, la política ingresó de lleno en la era de la imagen. Las técnicas modernas se universalizaron y de allí en más fueron utilizadas por los principales partidos en la misma medida, incluso mediante la “importación” de publicistas foráneos, como el brasileño Duda Mendoca, contratado por José Manuel De la Sota en 1991.

La imagen de los candidatos pasó a ser más importante que las plataformas partidarias, tanto que muchos debieron cambiar de peinado, arreglarse los dientes o abandonar los anteojos antes de salir en los afiches.
Proliferaron gurúes y consultores, y la mayoría de las agencias de publicidad incorporaron el rubro político. Los medios masivos se convirtieron en canales de expresión de los candidatos en campaña, que de a poco fueron dejando de lado los actos públicos como principal vía de contacto con sus votantes para militar en los sets de televisión.

Las encuestas afirmaron su reinado: se hizo uso y abuso de ellas y, desde entonces, nada se hace sin “medir” su impacto en la opinión pública. La última novedad fueron los sondeos “a boca de urna”.

Una sublimación de ese nuevo estilo, tan moderno como superficial, fue la irrupción, a mediados de la década de los noventa, de lo que dio en llamarse “la nueva política”. Una receta simple y tentadora a la vez, consistente en decir siempre lo que el público quiere o prefiere escuchar, por más obvio o trivial que sea y aun cuando no coincida con la opinión del ocasional protagonista. Lo más importante pasó a ser el discurso mediático; lo otro, lo que se piensa de verdad, se siente, o se hace cada día, es harina de otro costal. El culto de lo “políticamente correcto” está por encima de todo eso.

Para entonces, el “cupo femenino” amplió el espacio de participación de las mujeres, sobre todo en las listas.

El día después
 “Que se vayan todos”, rugía la gente a fines de 2001, mientras fatigaba sus cacerolas y martillaba las puertas cerradas de los bancos, buscando con la mirada algún político desprevenido para desquitarse. En aquellos días aciagos, un clima de crispación se adueñó de la Argentina y alteró súbitamente los comportamientos individuales y colectivos.

Fue un fenómeno de ruptura que golpeó duramente a la política tradicional, que de allí en adelante debió resignarse a compartir el espacio público con otras expresiones, como el fenómeno piquetero y las llamadas organizaciones sociales, cuando no a soportar el desdén de la sociedad. Como correlato de aquella crisis, los liderazgos personales pasaron a tener más peso que los partidos, vaciados y reducidos a un rol formal antes que sustancial en la democracia argentina.

Néstor Kirchner advirtió la nueva realidad y adoptó un estilo transgresor, menos acartonado y más espontáneo que sus antecesores A su vez, el apego al pensamiento setentista del extinto presidente y de su esposa reinstaló en el discurso oficial reminiscencias de la ideología dominante en aquellos años.
Aunque no se llevó a cabo la reforma política que venía de sufrir incontables marchas y contramarchas, se avanzó en la sanción de una ley que establece las internas abiertas y obligatorias para todos los partidos. Sigue pendiente revisar el sistema de votación y cómputo de sufragios, más aún después del último papelón en Chubut.

En los últimos años, las herramientas digitales, Internet, las redes sociales, la telefonía celular de punta, se metieron de lleno en la política, abriendo nuevos campos de expresión ciudadana que aún se hallan en la fase experimental sin fronteras a la vista.

Ese es el lado bueno: que la gente pueda participar y expresarse on line, en libertad. Lo malo es que la política en Argentina, a todo nivel, sigue teñida de los peores vicios, como el clientelismo a mansalva; el financiamiento opaco de las campañas; la utilización desembozada de los recursos del Estado con fines proselitistas y del empleo público como moneda de pago; la saturación de publicidad oficial; las prácticas demagógicas; la militancia rentada; y, peor aún, la impunidad que rodea a los actos de corrupción y la tendencia de los gobernantes a perpetuarse en el poder, sólo por citar algunos de los aspectos más negativos que alejan cada vez más a la gente de la política.

Más que bregar por una nueva política o añorar la vieja, de lo que se trata es de rescatar la buena política, ésa que fortalece a la democracia y dignifica a las sociedades.