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La navidad, entre la historia y la religión
 
En buena parte del mundo, el 25 de diciembre de cada año se celebra la Navidad. La primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española es: “Natividad de Nuestro Señor Jesucristo”. En suma, un nacimiento.

Pero no uno más, sino el que cambió el curso de la historia universal. Tanto que volvió la cuenta a cero y los años comenzaron a contarse de nuevo. Y desde entonces la Historia se dividió en antes y después de Él ¿Quién fue capaz de producir semejante alboroto ecuménico, que no sólo cambió la cronología de los siglos sino al mundo mismo? Alguien llamado Jesucristo.

El Mesías, según algunos. El redentor que, según la Biblia, el pueblo de Israel esperaba desde tiempos milenarios. Sin embargo, la mayoría de sus contemporáneos descreyó que Jesús de Nazaret fuese el ungido que aguardaban. De hecho, el calendario hebreo no tomó nota de ese evento y va por el año 5773.

A la hora de entretejer la religión con la historia, dejando a salvo las cuestiones de fe, lo primero a dilucidar es si Jesucristo existió realmente, una cuestión controversial que lleva 2.000 años sin que esté saldada del todo. En general, investigadores y teólogos de nota aceptan la existencia terrena de Jesús, aunque advierten que los textos religiosos no son del todo fehacientes desde el punto de vista estrictamente histórico. Algunos otros directamente la niegan por falta de pruebas. No en vano, se siguen buscando afanosamente evidencias arqueológicas o indicios materiales que demuestren que Jesús de Nazaret no es una ficción religiosa.

El diario de su vida es el llamado Nuevo Testamento, la parte de las Sagradas Escrituras que se ocupa exclusivamente de él y constituye la fuente principal, casi única, a la hora de rastrear la historicidad del personaje. El núcleo de esos textos es un mismo relato en cuatro versiones diferentes, escritos en el primer siglo por otros tantos autores: Lucas, Mateo, Marcos y Juan; convertidos en santos con el paso de los siglos. Evangelios canónicos, pasaron a llamarse, para distinguirlos de los otros, los llamados apócrifos, no reconocidos por la Iglesia católica.

Ahora bien, esos evangelios oficiales, si bien recogen la palabra de Jesús, no son palabra santa desde el punto de vista histórico, aunque parezca un oxímoron. Por tratarse de textos con fines catequísticos, no constituyen una reconstrucción sistemática de hechos y acontecimientos cronológicamente ordenados y personajes de probada existencia real. Por esa razón, si bien muchos pasajes bíblicos hacen referencia al contexto de la época, según especialistas independientes, muchas citas carecen de rigor histórico.

Además de los Evangelios, hay otros testimonios que acreditan la existencia de Jesús, como el de Flavio Josefo, un cronista judío contemporáneo de los evangelistas, que lo menciona en “Antigüedades judías”, una de sus crónicas. Otras referencias independientes son las de autores romanos como Plinio el Joven y  Tácito, quienes nombran a Cristo en sus obras, al igual que Orígenes, escritor eclesiástico del siglo IV. 

Más acá en el tiempo, otras corrientes académicas se ocuparon del “Jesús hombre” como sujeto histórico. La lista de exponentes del género es larga, pero vale la pena mencionar al historiador y catedrático alemán Hermann S. Reimarns, el filósofo austrohúngaro Rudolf Steiner, los teólogos Karl Kähler y Rudolf Karl Bultmann y los ministros anglicanos Stephen Neil y  Nicholas Wright, entre otros.

Cuándo y dónde
Una de las principales omisiones de los Evangelios, es la fecha exacta del nacimiento de Jesús: en ninguna parte de los documentos bíblicos se menciona el 25 de diciembre.

La única pista, que paradójicamente no ayuda a apuntalar la fecha señalada, aparece en citas de Lucas (2, 1-14), quien afirma que los pastores vigilaban sus ovejas a cielo abierto. Así lo cuenta: "En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre".  La ciudad del rey David es Belén.

Sin embargo, en el hemisferio norte, donde se hallaba la antigua Palestina, tal escenario era improbable en invierno, cuando los rebaños estaban a buen resguardo en los establos. De ahí que algunos estudiosos ubican el nacimiento durante la primavera boreal y no en el mes de diciembre.

¿Y entonces por qué la Navidad se celebra el 25 de diciembre? Enseguida lo veremos.

Lucas ubica a la familia del niño en Nazaret, una aldea de la antigua Galilea, cercana al mar del mismo nombre, y a su padre, José, como miembro de la casa de David. Enseguida, el relato bíblico se confunde con la crónica histórica, y da cuenta que el emperador César Augusto (la antigua Judea era parte del imperio romano) mandó a realizar un censo, como se solía hacer para relevar mano de obra y potenciales contribuyentes de gabelas. Para cumplir con el trámite, María, embarazada, y José, su marido carpintero, se trasladaron a Belén, vecina a Jerusalén, por ser el lugar de origen de él, donde los sorprendió el parto.

Según esta versión, el alumbramiento tuvo lugar en una gruta o cobertizo, tal parece que no había lugar en el mesón o los viajeros no contaban con recursos suficientes. Lo cierto es que el niño nació allí, en un pesebre austero, rodeado de pastores, bueyes y asnos. En el lugar, siglos más tarde, se erigió la Basílica de la Natividad, uno de los lugares consagrados de la cristiandad.

La primera visita que recibió el recién nacido, según los Evangelios, fue la de tres magos de Oriente, a quienes los textos no identifican, que guiados supuestamente por una estrella de gran luminosidad, acudieron desde países extranjeros a adorar al “rey de los judíos que acaba de nacer”. Este inquietante rumor habría llegado a oídos de Herodes el Grande,  rey de Judea, sometida como se dijo al poder imperial de los romanos. Sin embargo, aquí hay una laguna temporal, ya que Herodes, que reinó durante casi 40 años, murió en el año 750 ab urbe condita (desde la fundación de Roma) del calendario romano, cuatro años antes del primer año de la nueva era.

O sea que hasta aquí tenemos una controversia no sólo acerca del mes de nacimiento de Jesús, sino además del año, que podría haber sido el cuarto antes de Cristo.

Según un pasaje del Evangelio de Mateo, para no correr riesgos, el mandamás hebreo ordenó sacrificar a todos los niños varones menores de dos años. Para poner a salvo a su vástago, José y María huyeron hacia Egipto. Este hecho, la matanza de niños, no está acreditada históricamente, aunque habría ciertos indicios de que efectivamente ocurrió. Como fuere, se la recuerda el 28 de diciembre de cada año como el Día de los Santos Inocentes.

Cristianismo para todos
De la vida de aquel niño nacido en Belén no hay información fuera de los Evangelios. Según esta fuente, Jesús pasó los últimos años de su vida recorriendo su tierra, predicando el reino de los Cielos, anunciando la Buena Nueva y haciendo milagros por doquier. Se presentaba ante los demás como el hijo de Dios, asistido en su misión terrenal por una docena de humildes pobladores reclutados en la región de Galilea, que más tarde se convirtieron en los 12 apóstoles.

Su fama creció hasta convertirse en una amenaza para los poderes establecidos, más que nada para el Sanedrín, la burocracia religiosa local que no lo reconocía como el Mesías y lo tachaba de blasfemo. A su vez, a los romanos solamente les preocupaba que este extraño personaje, que congregaba multitudes, se convirtiera en un líder de masas capaz de provocar revueltas populares y complicarles la vida, aunque él mismo dejó en claro que su reino no era de este mundo. A ellos, la cuestión religiosa los tenía sin cuidado; no en vano, siempre según los Evangelios, Poncio Pilato, el procurador romano cuya existencia está acreditada, se lavó las manos cuando tuvo que decidir la suerte del supuesto impostor llevado ante su presencia por los sacerdotes.

Lo cierto es que la presión de Caifás y los demás dignatarios habría conseguido que el reo apresado en el monte de los Olivos mientras presidía la última cena durante su visita a Jerusalén, fuera condenado y crucificado en las colinas del Gólgota, donde hoy se levanta la Iglesia del Santo Sepulcro, otro símbolo de la cristiandad.

Tras la cruenta muerte del líder, sus discípulos, aturdidos y temerosos, se dispersaron, hasta que, según los Evangelios, Jesús reapareció ante ellos y entonces reanudaron la tarea evangélica, logrando esta vez extender el culto cristiano más allá de las fronteras de Judea.

Ahora sí, la crónica histórica da cuenta que a los emperadores romanos comenzó a fastidiarles la expansión de la fe en un Dios que no formaba parte del culto oficial y reprimieron duramente a profetas y cultores de lo que consideraban una secta enemiga, sembrando el mundo antiguo de mártires. Uno de los emperadores más sanguinarios fue Nerón, quien disfrutaba a más no poder echando los cristianos a las fauces de las fieras en el circo romano.

El culto cristiano se hizo clandestino, practicado furtivamente en las oscuras catacumbas de la época, y pese a todo siguió extendiéndose y ganando adeptos, aunque esos primeros cristianos no celebraban la Navidad; en realidad, en esa época no se festejaban los nacimientos ni la Iglesia lo registraba. La mayor celebración cristiana era la Pascua de Resurrección.

Tuvieron que pasar más de tres siglos para que las cosas se revirtieran. Paradójicamente, fue otro emperador romano el partero de este giro de 180 grados: Constantino el Grande. Fue él, apoyado por su devota madre, Helena, quien legalizó el cristianismo, ordenando el cese de la represión y otorgándole el estatus de culto admitido. En el año 313, con ese fin, Constantino firmó el Edicto de Milán, conocido como “de la Tolerancia”. En esa misma línea, en el 325, el Concilio Ecuménico de Nicea dio un paso importante hacia la unificación de la iglesia cristiana, estableciendo que Dios y Cristo son la misma sustancia.

Entonces comenzó otra historia y el cristianismo, libre de persecuciones,  se derramó en el mundo antiguo como una mancha de aceite.

25 sí, 25 no
Volvamos al asunto de cómo fue que el 25 de diciembre se convirtió en Navidad. Una de las primeras menciones de esa fecha aparece en Roma en el año 336, en un calendario litúrgico llamado Cronógrafo Filocaliano, obra de Furio Dionisio Filocalo.

Nueve años más tarde, Julio I, el trigésimo quinto Papa después de Pedro, el primer sumo pontífice de la Iglesia católica, fue quien estableció como fecha oficial de nacimiento de Jesucristo el 25 de diciembre. Se reconoce influencia en esta resolución papal a San Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno.

Una hipótesis bastante extendida sostiene que a la hora de decidir esa fecha y no otra, se habría tomado como referencia la festividad romana que celebraba el Sol Invictus, el solsticio de invierno del hemisferio norte. Entre los romanos, esa festividad en honor al sol -adorado además por griegos, germanos y persas, entre otros- era el 19 de diciembre del calendario juliano (por Julio César, su autor). Quienes adhieren a esta interpretación, se apoyan en la costumbre de la iglesia primitiva de hacer coincidir las celebraciones religiosas con antiguas fiestas paganas.

Lo cierto es que la Navidad quedó fijada el 25 de diciembre en lugar del 6 de enero, tal como se festejaba hasta ese momento como parte de la llamada Epifanía (manifestación del Señor). La Iglesia Ortodoxa, que se rige por le calendario juliano, sigue celebrando la Natividad en enero.  

Otra teoría conjetural para calcular la fecha probable de nacimiento de Jesús se basa en una antigua creencia, según la cual Jesús fue concebido el mismo día y mes en que murió. Como se tiene que Jesús murió un 25 de marzo, sumando los nueve meses de gestación se llega al 25 de diciembre como posible natalicio.

También se la suele inferir a partir de la diferencia de edad –seis meses- de Jesús con su primo, Juan el Bautista, que nació un 24 de junio. La cuenta vuelve a caer en el 25 de diciembre.

En el año 525, en el arranque de la Edad Media, el papa Juan I le encargó a Dionisio el Exiguo, un monje escita, establecer como año primero de la era cristiana el correspondiente al nacimiento de Jesús. Sin embargo, al calcular el que llamó anno dómini (Año del Señor), el erudito habría cometido un par de errores. El primero, no reparar en que el emperador César Augusto usó durante cuatro años el nombre de Octavio y, el segundo, que se equivocó al datar el reinado de Herodes I el Grande, por lo que dedujo que Jesús nació el año 753 contado desde la fundación de Roma, cuando debió suceder algunos años antes. En otras palabras, Dionisio le erró por al menos cuatro años, y ese presunto error se mantuvo durante los veinte siglos subsiguientes. Lo cierto es que el 754 de la era romana pasó a ser el año I de la era cristiana, que fue uno y no cero, sencillamente porque en Occidente aún no se conocía el cero.

Y vamos por el 2013.