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La muerte de Remedios de Escalada
 
Remedios de Escalada murió el 3 de agosto de 1823, cuando no había cumplido aún los 25 años. Todo fue corto en su vida, incluso el tiempo que compartió con su marido, el general San Martín.

José de San Martín, con 34 años a cuestas y el grado de oficial de Caballería ganado en el ejército español debajo del brazo, pisó Buenos Aires el 9 de marzo de 1812. Llegó en la George Canning, la fragata inglesa que lo trajo junto a otros militares que, como él, venían a sumar sus brazos a la revolución americana. Era un hombre alto, morocho, de porte altivo, y hablaba con un inconfundible acento andaluz. Había estado casi 30 años fuera, de modo que para los porteños era casi un desconocido. Sin embargo, le bastaron nueve meses para conocer, cortejar y desposar a una de las niñas más codiciadas de la ciudad. "Esa mujer me ha mirado para toda la vida", dijo, entre suspiros, el apuesto oficial cuando, en casa de los Escalada, vio por primera vez a Remedios, la flor más codiciada de los salones porteños. Después, todo fue muy rápido y se casaron el 12 de noviembre de 1812. Ella no había cumplido aún los 15, algo usual para la época.

La placidez conyugal duró muy poco. Enseguida, convocado por los menesteres de la guerra, él debió alejarse de Buenos Aires. Al litoral primero y, tras el exitoso debut de los Granaderos a Caballo, a Tucumán después, donde enfermó y no pudo hacerse cargo del deshilachado Ejército del Norte. En Córdoba, durante una bucólica convalecencia que duró varios meses, concibió el plan que más tarde habría de llevar a cabo para ganar aquella guerra interminable. Ella, entretanto, seguía en Buenos Aires, en casa de sus padres, añorando su regreso. Pero él no regresó: poco más tarde, desde Mendoza, donde recaló como Gobernador, la mandó a llamar. Corría ya el año de 1814. El tiempo que pasaron en Cuyo fue el mejor de sus vidas como pareja. El único, en realidad. Allí convivieron; él organizaba un ejército casi de la nada y ella lo ayudaba, donando y recolectando joyas. Y lo más importante, concibieron una hija a la que le pusieron Mercedes Tomasa.

Pero como las cosas buenas suelen durar poco, muy pronto aquello tocó a su fin: el guerrero volvió a marcharse, esta vez para cruzar la imponente cordillera andina y seguir la guerra del otro lado. Remedios, con la pequeña en sus brazos y el corazón desolado, lo vio alejarse detrás de la bandera que, amorosamente, ella y las otras mujeres cosieron, bordaron y tachonaron hasta pocas horas antes de la partida.

El reencuentro se produjo cuando él, cargado de gloria por sus proezas en Chile, repasó la montaña para verlas. Pero las cosas no salieron como ella esperaba: la ilusión de una vida tranquila al lado del ser amado se desvaneció en el aire como una pompa de jabón.

Muy pronto él debió cruzar nuevamente la cordillera de los Andes para proseguir su campaña libertadora, que lo llevaría más lejos aún, donde ella no podría seguirlo.

Entretanto, a Remedios los pulmones le jugaron una mala pasada y se le declaró una cruel enfermedad. Tan cruel que cuando decidió que lo mejor era regresar a Buenos Aires, a su carruaje, a cierta distancia, le seguía otro que cargaba un ataúd. Por si se moría durante el largo viaje.
Puede parecer exagerado, pero en aquel tiempo la tuberculosis no entendía de razones.

Una larga espera
Sin embargo, por lo visto, aquella no era su hora y pudo llegar a la metrópoli, donde quedó al cuidado de su afligida familia. Para favorecer su recuperación, sus padres la trasladaron a una quinta en las afueras de la ciudad.

Los mejores médicos, el trato más obsequioso, el afecto de los suyos: nada surtió efecto y la enfermedad siguió estragando la salud de la joven madre. Su alma no estaba mejor: sólo parecía revivir cada vez que llegaba carta desde tierra limeña, donde el deber había llevado a su esposo, o cuando la pequeña Mercedes alegraba su amarga vigilia con los progresos propios de la edad. Todo lo demás era pena. Soledad y pena. Para no mortificarla inútilmente, sus familiares le ocultaban las noticias y rumores que circulaban por aquellos días por Buenos Aires. Eran habladurías que llegaban desde las lejanas tierras donde se hallaba San Martín y que sus enemigos, que ahora se contaban por montones, hacían correr como reguero de pólvora. Chismes sobre amantes y corrupción. Sobre una tal Rosita Campusano. Después de lo de Guayaquil y el obligado paso al costado de su marido, una esperanza se encendió en el corazón de la enferma: que ahora que él se había desentendido de la guerra, dejándola en manos de Bolívar, regresara a Buenos Aires cuanto antes a reunirse con ella y Merceditas. Y más valía que fuese cuanto antes, porque de otro modo...

Sin embargo, los tiempos y propósitos del guerrero lastimado en su honor eran otros. Se demoró en Chile y permaneció más de la cuenta en Mendoza, en la chacra que tenía allí, masticando su bronca y cavilando acerca del incierto futuro que le esperaba, erizado de adversidades. Ella le imploraba que no se demorara, que siguiera a Buenos Aires, que quería despedirse de él. Él, enfermo a su vez, vacilaba, temeroso de que sus enemigos cumplieran con su promesa y lo prendieran camino a la metrópoli. Temía por su vida y no era un temor infundado: sabía que los que mandaban en Buenos Aires se la tenían jurada desde que él se negó a repasar la cordillera para defenderlos de los caudillos del litoral. Además, estaba lo de las calumnias, que lo herían en lo más hondo de su ser.

El triste final
Entretanto, el reloj seguía corriendo y la salud de Remedios empeoraba por horas. Pese a todo, ni un solo día dejó ella de pensar en él, y le siguió escribiendo, pidiéndole que corriese a su encuentro. Hasta que no pudo más y, la fría mañana del 3 de agosto de 1823 expiró en su lecho de enferma. El cuadro era desolador; nadie podía contener las lágrimas, ora de llanto, ora de impotencia, frente a aquella escena de muerte temprana.

Él volvió pocos meses después. Estuvo en Buenos Aires el tiempo suficiente para visitar la tumba de su esposa en el cementerio de La Recoleta y hacer grabar la lápida que aún la cubre con las palabras que le brotaron del alma: "Aquí yace Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martín". Y para recoger a su hija, Merceditas, que había cumplido 7 años.

El 10 de febrero de 1824, los dos, San Martín y la pequeña niña, partieron para no volver.