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La muerte cordobesa de Francisco Ramírez
 
Fue un personaje histórico, como tantos otros; sin embargo, su muerte temprana, atrapada entre la realidad y la leyenda, lo elevó a la categoría de mito. Ocurrió el 10 de julio de 1821, en tierra cordobesa.

Francisco "Pancho" Ramírez, entrerriano de nacimiento, fue un caudillo con todas las letras. Se enroló temprano en las filas de José Artigas, cuando el caudillo oriental encabezaba la resistencia a la dominación española en su patria y, más tarde, a los portugueses que pretendían hacer cabecera de playa en la región.

En poco tiempo, el joven Ramírez se convertiría en el brazo derecho de Artigas y en su representante en Entre Ríos y buena parte del Litoral. Hasta que, siendo gobernador, sumó su provincia natal al Protectorado artiguista, que por esos días hacía sombra a Buenos Aires, el de los pueblos libres, del que además formaban parte Santa Fe, Córdoba, Corrientes y las viejas Misiones. Por entonces ya se había recibido de Supremo Entrerriano y enfrentó con éxito la invasión a su tierra, ordenada por el Directorio.

Poco después, mientras los desorientados mandos porteños buscaban afanosamente un príncipe europeo para coronarlo en el Río de la Plata, Ramírez se alió con el santafesino Estanislao López y juntos pusieron en marcha una audaz ofensiva para frenar los ímpetus centralistas. No estaban dispuestos, decían, a acatar una Constitución –la de 1819– sancionada entre gallos y medias noches que reducía a las provincias a la nada.
Cuando las cosas se pusieron difíciles, los hombres de Buenos Aires hicieron bajar a parte del Ejército del Norte, acantonado en Tucumán, para que los defendiese de las montoneras fuera de control. Sin embargo, no contaron con que las tropas de Belgrano no estaban dispuestas a enfrentar a sus connacionales y menos todavía con que se sublevaran como lo hicieron, dejando a la orgullosa metrópoli a merced de los caudillos. Con lo poco que les quedaba, los directoriales igualmente presentaron batalla y fueron arrasados. En la cañada de Cepeda, en febrero de 1820, Ramírez y López, los vencedores, se dieron una vuelta por la plaza principal de la ciudad-puerto, amarraron sus caballos y pitaron un cigarro, y antes de retirarse dejaron en claro a los atribulados porteños que había sonado la hora federal.

Sin embargo, pasado ese pico de gloria y poder, aparecieron fisuras insalvables entre los dos jefes. El santafesino pareció conformarse con los términos del arreglo firmado en Pilar y prefirió recluirse en su feudo. Ramírez, en cambio, quería ir por más y fundar una alianza de pueblos libres de la que se sentía el vértice y conductor natural. Nació así una rivalidad insanable

Antes de poner en marcha aquel sueño, Ramírez debía ajustar algunas cuentas pendientes con Artigas, su antiguo jefe, que puso el grito en el cielo cuando se enteró de que se había firmado un tratado, el de Pilar, que le supo a traición. El diferendo entre ambos se saldó en Las Tunas, cerca de Paraná, donde los entrerrianos de Ramírez dieron cuenta del debilitado ejército de Artigas. Y después lo arrinconaron hasta obligarlo a pasar al Paraguay, de donde jamás volvió.

La gran aventura. Entonado, Ramírez lanzó la campaña que acariciaba desde hacía rato. Cruzó el Paraná y se internó en Santa Fe, donde, a poco de llegar, comprobó que sus cálculos estaban errados: los santafesinos no sólo no estaban dispuestos a seguirlo, sino que, además, lo dejaron a merced del ejército de Gregorio Aráoz de Lamadrid, enviado a disciplinar el levantisco litoral. Pese a todo, las primeras escaramuzas en territorio santafesino lo favorecieron, hasta que debió vérselas cara a cara con Estanislao López, y no pudo con él.

Huyó entonces hacia Córdoba, secundado por Anacleto Medina, su incondicional ladero, y por una bella mujer llamada Delfina, que había tomado cautiva en una de sus correrías por Río Grande do Sul. Desde entonces, convertida en favorita, ella lo acompañaba a todas partes, como un talismán. Tal parece que la Delfina, pelirroja y de piel muy blanca, estaba a su vez profundamente enamorada del hombre que la había raptado. Mientras tanto, otra dama, Norberta Calvento, esperaba pacientemente al entrerriano con quien anhelaba casarse.

Así estaban las cosas en la vida de Ramírez cuando, a galope tendido y con los santafesinos pisándoles los talones, entró precipitadamente en tierra cordobesa. Le quedaba apenas un puñado de hombres; los demás estaban muertos o habían tomado otros rumbos. En Córdoba se encontraron con el chileno Carrera y su gente, que se les unieron. Y con un nuevo enemigo: Juan Bautista Bustos, el gobernador cordobés, que los dispersó en Cruz Alta, cerca del límite con Santa Fe. Ramírez y Carrera volvieron a separarse; mientras el chileno siguió hacia Cuyo, el entrerriano prosiguió su marcha hacia el norte, pero no habría de llegar demasiado lejos.

La tragedia de Río Seco
El 10 de julio de aquel año de 1821, cerca de Río Seco, una partida de cordobeses y santafesinos al mando del coronel Bedoya les dio alcance. Ramírez, Medina, la Delfina y una docena de hombres lograron huir, perseguidos a corta distancia por la gente de López y Bustos.
Suele decirse que el amor es más fuerte. Al menos para Pancho Ramírez debió serlo. Según parece, en medio de aquella enloquecida carrera en la que estaba a punto de escapar una vez más de las garras de sus enemigos, imprevistamente, sofrenó su caballo y volvió grupa a los perseguidores, y los enfrentó para que Delfina, que se había rezagado, pudiera ponerse a salvo. Ella, con la ayuda del fiel Anacleto Medina, logró huir, pero él no pudo escapar a la muerte. Le asestaron un balazo y cayó envuelto en su poncho colorado, el mismo color de la sangre que emanaba profusamente de la herida abierta en su cuello. Enseguida le cortaron la cabeza y, como era de estilo, se la enviaron de obsequio a Estanislao López. El gobernador de Santa Fe la colocó dentro de una jaula de hierro y tal parece que durante un buen tiempo fue exhibida al público para solaz de unos y repugnancia de otros. Eran tiempos violentos.

Al pie del cerro del Romero, en Río Seco, en el mismo lugar donde se levantaba la antigua capilla de la villa, hay un monumento dedicado por el Gobierno de Entre Ríos a su caudillo.

Hace algunos años, se encargó una prospección geofísica en el Colegio de la Inmaculada Concepción de la ciudad de Santa Fe, donde se suponía que podía hallarse enterrada la cabeza de Francisco Ramírez. Pero la cabeza nunca apareció.