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La elección de Héctor J. Cámpora
 
Domingo 11 de marzo de 1973. Ocho de la mañana. La larga fila de votantes llega casi a la esquina. Impaciente, espera que de un momento a otro se abran las puertas de la escuela. Un hombre mayor atesora en sus manos una libreta de enrolamiento gastada por el uso, mientras mira de reojo el flamante DNI que un joven lampiño luce en las suyas.

A los dos se los ve algo ansiosos. Al primero, porque volverá a votar a un presidente después de 10 años; y, si es peronista, 15, o quizá 22 años. El muchacho, porque debutará en las urnas.

Uno y otro encontrarán en el cuarto oscuro una decena de boletas con los nombres de los diferentes candidatos: Héctor J. Cámpora y Vicente Solano Lima por el Frejuli (Frente Justicialista para la Libe-ración); Ricardo Balbín-Eduardo Gamond por la UCR. El resto, un arco que va desde el brigadier Ezequiel Martínez –una cría de la 
dictadura– a Jorge Abelardo Ramos, representante de la izquierda criolla; desde Julio Chamizo de Nueva Fuerza –el partido de Álvaro Alsogaray– a Oscar Alende, de la centroizquierdista Alianza Popular Revolucionaria; del marino Francisco Manrique al socialista Américo Ghioldi. Para todos los gustos.

Aunque la oferta es amplia, se espera un triunfo peronista. La única duda es si será en primera vuelta o si habrá una segunda ronda, como estipula la regla del balotaje, el último obstáculo pergeñado por la dictadura para impedir una victoria peronista.

El desafío de Lanusse. En los meses previos, el presidente de facto, Alejandro Agustín Lanu-sse, había maniobrado para frenar la candidatura presidencial de Juan Domingo Perón. Con ese fin, estableció que todos los que quisieran postularse debían estar en el país antes del 25 de agosto de 1972.

Perón hizo caso omiso y siguió en su residencia de Puerta de Hierro, en Madrid. “No viene porque no le da el cuero”, alardeó Lanusse. Sin embargo, sí volvió: lo hizo el 17 de noviembre de ese año. Los militares tendieron un cerco para evitar el contacto del recién llegado con la gente, que se movilizó para recibirlo.

Con todo, el encuentro no pudo ser evitado. Al día siguiente, en la residencia de calle Gaspar Campos, en la ciudad de Buenos Aires, las huestes peronistas restablecieron el diálogo con su líder, interrumpido durante 17 años. La novedad era que la juventud había ocupado el centro de la escena, desplazando a las viejas estructuras partidarias.

Después de que presidió un encuentro multipartidario y multisectorial en el legendario restaurante Nino y bendijo la fórmula Cámpora-Solano Lima, Perón regresó a su residencia española, para seguir desde allí los acontecimientos.

El urnazo
11 de marzo. Nueve de la noche. La tendencia es irreversible: el Frejuli gana en primera vuelta con casi el 50 por ciento de los votos. Bastante atrás, el radicalismo, con poco más del 21 por ciento y, más atrás aún, el resto. La pasión contenida durante años estalla en las calles: el “Tío”, como los jóvenes bautizaron a Cámpora, será el próximo presidente.

El afable odontólogo de San Andrés de Giles, que ese mes cumplía 64 años, fue el hombre ungido por el jefe del movimiento peronista para encabezar la fórmula. Era, por entonces, su delegado personal y exhibía como mayor mérito la lealtad acreditada antes y después de la Revolución Libertadora de 1955. Vicente Solano Lima era un antiguo aliado del tronco conservador.

Cámpora no tardó en ganarse el corazón de la juventud, la que acuñó la consigna “Cámpora al Gobierno, Perón al poder”, que junto a “Liberación o dependencia”, dieron contenido a la colorida campaña de aquel verano. En las listas legislativas del Frejuli, se mezclaban los apellidos de sindicalistas tradicionales con los de jóvenes de la llamada Tendencia Revolucionaria y dirigentes del viejo cuño, todos bajo el mismo paraguas, al menos hasta ese momento.

En Córdoba, se vivió una circunstancia especial: la fórmula del Frejuli –integrada por Ricardo Obregón Cano y Atilio López– superó por apenas nueve mil votos a la del radicalismo (Víctor Martínez-Felipe Celli), sin alcanzar la mayoría necesaria para ser proclamada en primera vuelta. La Intendencia de Córdoba quedó en manos del justicialista Juan Carlos Ávalos. El balotaje se realizó el 15 de abril y, entonces sí, se confirmó el triunfo peronista. Quedaba claro, una vez más, que Córdoba no era un hueso fácil de roer.

Lo que vino después
Las diferencias en el peronismo no tardaron en emerger y el entusiasmo inicial dio paso a una dura puja por los espacios de poder entre los partidarios de la “patria socialista” y los de la “patria peronista”, los dos polos antagónicos.

El cruento desenlace se produjo el 20 de junio, en ocasión del regreso definitivo de Perón al país. Ese día, lo que debió ser una fiesta popular se convirtió en una masacre en los bosques de Ezeiza, donde se habían reunido dos millones de argentinos para recibir al líder justicialista.

Lo que siguió fue la renuncia temprana de Héctor Cámpora, quien estuvo apenas 49 días en el cargo, y una nueva elección presidencial que consagró la fórmula Perón-Isabel Martínez de Perón.

Pero ya nada sería igual en esa década, caracterizada por una Argentina dominada por la violencia y la intolerancia.