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La asamblea de los sueños postergados
 
Libertad, soberanía, independencia, constitución... Parecía que la Asamblea iría por todo; que los haría realidad de un tirón. Sin embargo, no fue así; sólo algunos de esos sueños se concretaron, en tanto que otros quedaron para más adelante.

Sesionó justo en medio del período-ventana que va desde 1810 a 1816; un tiempo histórico ubicado entre la Revolución de Mayo y el Congreso de Tucumán, signado por marchas y contramarchas que más de una vez pusieron al proceso independentista al borde de la cornisa. A dos años y medio desde del 25 de mayo de 1810, urgía trastocar aquel arresto patriótico, que los leales a la Corona seguían viendo como una bravuconada criolla, en una empresa seria, sustentable y, lo más importante, exitosa.

La guerra se repartía en dos frentes: el sitio de Montevideo y el Alto Perú, donde, tras la primera incursión comandada por Juan José Castelli y Antonio González Balcarce que terminó en fracaso, Manuel Belgrano hacía lo que podía al mando de un ejército maltrecho pero aún en pie. Esa guerra lejana y azarosa, que se prolongaba más de la cuenta, era el mayor dolor de cabeza de un gobierno acosado, además, por el artiguismo que impugnaba el centralismo porteño.

La política latía al compás de los partes de guerra. Muy pocos hombres de Mayo permanecían en el candelero; batallas perdidas y pujas internas se habían devorado ya a varios gobiernos y a los principales referentes de la primera hora, como Mariano Moreno y Cornelio Saavedra.

Así las cosas, en marzo de aquel año de 1812, la fragata George Canning depositó en el puerto de Buenos Aires a los protagonistas del nuevo tiempo en ciernes: Carlos María de Alvear y José Francisco de San Martín, entre otros viajeros. Linajudo y ambicioso el primero; austero y parco, el segundo; traían del Viejo Mundo el embrión de la sociedad secreta que activaron apenas pisaron tierra firme y se conocería más tarde como Logia Lautaro.

Enseguida, el nuevo engranaje de poder se puso en  movimiento e hizo temblar el tablero de la política rioplatense. El artilugio conocido como "la Máscara de Fernando", consistente en hacer creer que no se había cortado del todo el vínculo con España y que se preservaba el poder en las colonias para cuando Fernando VII -el soberano Borbón caído en desgracia- pudiera volver a ejercerlo, ya no daba para más. Un cuento que ni los niños se creían, que, sin embargo, era empeñosamente recreado por los mandos locales para ganar tiempo, con un ojo puesto en Europa y el otro en el Alto Perú, donde ardía la guerra.

La prioridad de los recién llegados era quebrar esa ambigüedad paralizante y colocar a la revolución americana en un camino sin retorno. La primera movida de la Logia en esa dirección fue dar un golpe de timón y reemplazar al Triunvirato rivadaviano por otro, más confiable. Los regimientos de plaza, que operaban bajo su control, y la Sociedad Patriótica, su brazo político capitaneado por el ex morenista Bernardo de Monteagudo, garantizaron la maniobra que se consumó exitosamente el 8 de octubre. Eso, y la providencial victoria de Belgrano en Tucumán, tonificaron los espíritus.

Siguiendo directivas expresas de la Logia, su mentora, el Segundo Triunvirato convocó a Asamblea General Constituyente. Los representantes de los territorios del ex virreinato del Río de la Plata –incluido el Alto Perú- que ahora conformaban las Provincias Unidas del Río de la Plata, debían afianzar la libertad y diseñar un modelo institucional capaz de galvanizar las divisiones internas que cada vez que afloraban comprometían la suerte de la revolución. No en vano la condición para ser diputado era acreditar una "fervorosa adhesión a la libertad del país y virtuosa imparcialidad que lo ponga a cubierto de la nota escandalosa de faccioso", según el manifiesto elaborado por los triunviros.

La hora soberana
La asamblea se instaló oficialmente el 31 de enero de 1813, en la sede del Consulado, el lugar más acorde que había a mano. La ceremonia inaugural estuvo rodeada de los fastos de estilo, juramentos, misa solemne y demás rituales reseñados por La Gazeta: "salvas de artillería, repiques, músicas, iluminaciones y un pueblo entusiasmado entonando himnos a la patria formaban el cuadro de este día consagrado al placer inspirado por la libertad". El discurso de apertura estuvo a cargo de Juan José Paso, el experimentado triunviro que, sin embargo, tenía los días contados en el cargo por haber intentado abortar el nacimiento de la nueva autoridad suprema.

Entre los diputados electos aparecen nombres reputados de la época, como los de Vicente López, Hipólito Vieytes y Valentín Gómez (Buenos Aires); Carlos María de Alvear (Corrientes); Juan Ramón Balcarce (Tucumán); Bernardo Monteagudo (Mendoza); Agustín Donado (San Luis). Córdoba estuvo representada por dos vecinos de Buenos Aires: Gervasio Antonio de Posadas y Juan Larrea, lo que demuestra a las claras que la provincia aún sufría el cepo político impuesto por los mandos porteños tras el desacato sofocado con sangre en 1810. Los dos renunciarían meses más tarde para ocupar cargos ejecutivos.

El cuerpo comenzó a sesionar al día siguiente, presidido por el ascendente Carlos María de Alvear, de apenas 23 años de edad; secundado por Hipólito Vieytes y Valentín Gómez como secretarios, un trípode que reunía a un militar, un político y un eclesiástico. En el mismo acto, el pleno confirió fueros a los diputados para garantizar la inviolabilidad de sus personas. Se estableció, además, que las sesiones comenzarían a las nueve de la mañana en verano y a las diez en invierno y durarían cinco horas, pasándose a cuarto intermedio cada tres; los días martes, miércoles y viernes quedaron reservados para reuniones públicas, en tanto que los días intermedios para las sesiones secretas. El quórum para sesionar requería la concurrencia de los dos tercios de los diputados. Para votar por la afirmativa, los diputados debían ponerse de pie, y por la negativa, permanecer sentados. La dieta se estipuló en 1.500 pesos, además del viático asignado a los diputados del interior, que en el caso de los cordobeses  ascendía a 700 pesos.

Para despejar cualquier duda, la nueva corporación se declaró soberana, sin mencionar siquiera a Fernando VII, un gesto político sin precedentes. Enseguida, concentró el poder en sus manos, amenazando con vaciar políticamente al Triunvirato que la había convocado, con el que se creó una relación tensa y sembrada de roces. Para trazar el límite difuso con el Ejecutivo y fijar reglas de juego, se sancionó un Estatuto de gobierno que no cambió demasiado las cosas.

Agenda libertaria

Mientras San Martín y sus granaderos marchaban al encuentro de los realistas que merodeaban la ribera del Paraná, la Asamblea arrancó con todo: el segundo día de sesiones decretó la libertad de vientres. "Serán considerados y tenidos por libres todos los que en el territorio de las Provincias Unidas hubiesen nacido desde el 31 de enero de 1813 inclusive en adelante, día consagrado a la libertad por la feliz instalación de la Asamblea General".

Debutaba con una medida revolucionaria, que apuntaba al corazón del más vil de los comercios, considerado en los dos siglos precedentes como algo natural y perfectamente admitido. Sin embargo, también este loable propósito quedó a mitad de camino. La intención original era declarar la abolición de la esclavitud y dejar en inmediata libertad a todos quienes revestían esa odiosa condición; sin embargo, los intereses en juego y las presiones ejercidas morigeraron la medida que se transformó en "libertad de vientres"; más tranquilizadora para los portugueses, temerosos de que sus esclavos huyeran en masa hacia un territorio liberado, y festejada por los esclavistas locales, que podían seguir usufructuando de sus esclavos actuales.

La agenda era extensa, poblada de asignaturas pendientes: había que dotar de identidad a lo que hasta ahí era apenas un conglomerado de realidades diferentes y dispersas en un vasto territorio aún no consolidado del todo. Con ese fin, se oficializaron las Fiestas Mayas, el Escudo que reemplazó a los sellos reales; el Himno patrio; no así la bandera azul y blanca creada por Belgrano. Tras la captura de la ceca de Potosí, se mandó a acuñar la primera moneda patria, con el sol de Mayo en una de sus caras y la leyenda "En Unión y Libertad", que habla por sí sola, en la otra.

En esa hora inspirada, la Asamblea hizo honor a sus reminiscencias jacobinas y recuperó el alicaído espíritu de Mayo, arremetiendo con una batería de reformas que incluyó la abolición de los pomposos títulos de nobleza que condes, marqueses y barones seguían ostentando como si nada. Que se completó con la quema simbólica en la plaza pública de los instrumentos de tortura utilizados en las cárceles; la abolición de la ignominiosa Inquisición que castigaba cruelmente a los perjuros de la religión católica; y la reivindicación de los pueblos originarios, librándolos de tributos y trabajos forzados, un acto de legítima justicia para con las víctimas de la conquista.

Sin embargo, esa agenda virtuosa tuvo su contratara reaccionaria en el rechazo, invocando cuestiones formales, de la representación de la Banda Oriental, que respondía a José Gervasio Artigas, convertido a esa altura en la piedra en el zapato de los porteños.

Asignaturas pendientes
Resulta curioso, hasta enigmático, que una Asamblea que había arrancado con semejante ímpetu, soslayara la cuestión central de la convocatoria: declarar la independencia. ¿Por qué no arrancó la "máscara" de cuajo? Tampoco adoptó una constitución, pese a que se creó una comisión redactora y hubo más de un anteproyecto en danza.

La respuesta a estas lagunas debe rastrearse en las contradicciones internas de la Logia, en cuyo seno las opiniones estaban divididas entre los seguidores de Alvear, el venerable con mayor poder interno, y San Martín, quien pese a su prestigio militar y mayor antigüedad, no contaba con apoyo suficiente a la hora de fijar las líneas de acción.

Mientras que San Martín abogaba por cumplir con los designios fundacionales y avanzar a fondo con la estrategia independentista, Alvear, su rival, prefería mantener las cosas como estaban, arguyendo que la situación reinante en Europa, donde Inglaterra y España mantenían la alianza en contra de Napoleón Bonaparte, así lo aconsejaba. "Alvear no quería irritar a Inglaterra, que a su vez no quería irritar a España", sintetiza Jorge Fernández Díaz en La logia de Cádiz. La indefinición en torno a este punto crucial significó una derrota política para San Martín: "Se lo puso a 'dormir' y se lo confinó a tareas castrenses", agrega el autor citado. Lo cierto es que San Martín se alejó del centro de las decisiones para hacerse cargo del vapuleado Ejército del Norte tras las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma que sellaron la suerte de Belgrano.

Más allá de las rencillas domésticas, lo cierto es que si se daba ese paso audaz y se declaraba la independencia, a su vez debía resolverse la forma de gobierno; entonces quedarían expuestas las diferentes visiones que campeaban en los cenáculos de poder, donde convivían los republicanos con los monárquicos. A su vez, los porteños, que dominaban la Asamblea, no estaban seguros de lograr imponer su voluntad y garantizar el centralismo. No en vano habían cerrado las puertas a los artiguistas, fervientes partidarios del federalismo.

La Asamblea languidece
Con San Martín lejos, los alvearistas vieron llegada la hora de redoblar la apuesta y consolidar el liderazgo de su jefe. El propio Alvear reconoce en sus Narraciones que "la salida de este jefe de la capital, que habíase manifestado opuesto a la concentración de poder, me dejaba más expedito para intentar esta grande obra". Que no era otra cosa que la creación de un Poder Ejecutivo unipersonal, bajo la figura de Director Supremo.

Tras un receso que duró dos meses, a fines de enero de 1814, los diputados eligieron para ocupar ese cargo -equivalente a lo que hoy es la Presidencia de la Nación- a Gervasio Posadas, tío de Alvear, quien asumió al cumplirse el primer aniversario de la Asamblea. A las cuatro de la tarde de ese día, mientras los partidarios de San Martín mascullaban su bronca en silencio, se sirvió un banquete oficial para sesenta comensales, lo más granado de la ciudad que respaldaba al hombre fuerte del momento: Carlos de Alvear.

La gestión de Posadas fue anodina y no estuvo exenta de ruidos internos, como el causado por dejar de lado, mediante una amnistía general, la intención expresa de la Asamblea de revisar actos del pasado y juzgar el desempeño de las figuras más prominentes de la primera hora. Pese a que Posadas afirma en sus Memorias que "gobernó y no fue gobernado", la realidad fue otra: agobiado por las dificultades externas e internas, condicionado por la sombra de su rutilante sobrino, su gobierno no alcanzó a levantar vuelo.

La Asamblea, entretanto, había perdido el empuje inicial; las disensiones internas consumían su poca energía y esterilizaban los mejores esfuerzos. El cuerpo recurrió a recesos cada vez más frecuentes y a la delegación de facultades en el Ejecutivo, mientras que Bernardino Rivadavia y Manuel Belgrano eran comisionados para saludar a Fernando VII y hallar un noble europeo dispuesto a reinar en el Plata.  Así de confusas estaban las cosas sobre finales de 1814.

Uno de los últimos actos trascendentes de la Asamblea fue, en enero de 1815, blanquear la situación designando Director Supremo a Carlos María de Alvear, catapultado por la caída de Montevideo que usufructuó sin tener mayor parte en la victoria. De allí en más, la Asamblea se convirtió en una realidad virtual, casi en una ficción, al punto que durante el mandato del nuevo jefe de Estado se reunió una sola vez y únicamente para refrendar lo actuado por éste.

El gobierno de Alvear duró apenas 95 días. Durante todo ese tiempo se vivió un clima de agitación política y tensión social, alimentado por las intrigas palaciegas y la estrechez financiera causada por la guerra. Para frenar el descontento, el Director Supremo decretó la pena de muerte para los conspiradores e impuso la censura de prensa. Estas medidas recalentaron aún más el ambiente, creando las condiciones para la caída de lo que se percibía como una dictadura. El último empujón lo dieron las tropas del Ejército del Norte que se negaron a reprimir a Artigas y se sublevaron en Fontezuelas, el 3 de abril de 1815.

Sin poder militar ni apoyo de la Logia, que para entonces le había soltado la mano, Alvear quedó en una situación de extrema debilidad política y presentó la renuncia, que la Asamblea, presidida por el tucumano Nicolás Laguna, aceptó inmediatamente, en tanto que José Rondeau –al mando del Ejército del Norte tras la licencia solicitada por San Martín- era convocado de urgencia para hacerse cargo de la vacante que Ignacio Álvarez Thomas cubrió interinamente.

El tablero político volvía a resquebrajarse y la ambigüedad se adueñaba una vez más de la escena. En medio de ese clima, la Asamblea se disolvió sin pena ni gloria. Fue un nuevo Congreso, el que sesionó en Tucumán al año siguiente, el que tomó el toro por las astas y declaró la independencia, aunque la constitución unitaria que sancionó en 1819 fue repudiada por las provincias. Pero ésa es otra historia...