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La Constitución que se hizo esperar
 
Urquiza tenía en claro que de nada hubiera servido la victoria obtenida en Caseros si no se sancionaba inmediatamente una Constitución capaz de encauzar la errática nación argentina por la senda republicana. El ansiado objetivo se logró el 1° de mayo de 1853.

Tras la batalla de Caseros, la provincia de Buenos Aires, separada de la Confederación Argentina, deseaba impedir a toda costa la reunión del congreso constituyente del que se había autoexcluido por temor a perder sus privilegios, empezando por la aduana. Sin embargo, lo pactado por los gobernadores en San Nicolás de los Arroyos se cumplió a rajatabla: pocos meses después de esa cumbre convocada por Urquiza, venciendo todos los escollos, la convención se reunió en Santa Fe. Con la sola excepción de Buenos Aires, estaban representadas todas las demás, que entonces eran 13. Urquiza no asistió a la solemne sesión inaugural de la convención: estaba ocupado tendiendo un cordón sanitario para evitar que la rebelión porteña traspusiese los límites provinciales y aguara la fiesta.

Integraban aquel congreso constituyente la flor y nata de las provincias y algún que otro porteño devenido en provinciano. Deseosos de aportar lo suyo, acudieron a Santa Fe connotados juristas, políticos, intelectuales y sacerdotes de la época. Entre los más notorios se contaban el tucumano Salustiano Zavalía; Juan María Gutiérrez, reconocido hombre de letras y publicista que, a pesar de ser porteño, representaba a la provincia de Entre Ríos; el correntino Pedro Ferré, viejo luchador antirrosista que estaba allí en representación de Catamarca; el salteño Facundo Zuviría; Salvador María del Carril, sanjuanino, ex ministro de Rivadavia; Juan Francisco Seguí, ex sacerdote de gran erudición que representaba a Santa Fe junto a Manuel Leiva, y muchos otros. Córdoba designó a Santiago Derqui –que había padecido un largo exilio político– y a Juan del Campillo.

De arranque nomás, los amigos de Alberdi se destacaron por su empuje y capacidad intelectual. Juan María Gutiérrez le escribía al autor de las Bases –que permanecía en Valparaíso– asegurándole que todos ellos estaban muy esperanzados "porque Urquiza ha hecho de la Constitución un sueño dorado".

Entusiasta, agregaba: "Tendremos Constitución y será buena, porque la discutiremos libremente". La vieja ilusión parecía estar al alcance de la mano. Sin embargo, fuera del recinto, la situación era tensa. Buenos Aires, sitiada por el coronel Hilario Lagos, no daba el brazo a torcer y amagaba echarlo todo por la borda. Mientras, en la modesta Santa Fe, los convencionales sufrían toda clase de privaciones materiales, entre muchas otras la falta de soporte bibliográfico adecuado. No tenían más antecedentes a la vista que las constituciones unitarias de 1819 y 1826 y la de los Estados Unidos de Norteamérica, y un ejemplar de El Federalista, de Alexander Hamilton, que al parecer desapareció antes de ser utilizado. Ese vacío doctrinario fue llenado por las Bases de Alberdi: la obra que el jurista tucumano redactó en Valparaíso fue la guía que necesitaban los convencionales para orientar su labor y llegar a buen puerto. Bien podría decirse que, aun sin estar presente físicamente, Alberdi fue el inspirador de la magna obra de los constituyentes.

La interna
Claro que no todas eran rosas: tan pronto se divulgó, el proyecto alberdiano dividió las aguas en el seno de la comisión redactora. El grupo más liberal –que Sarmiento bautizó "el círculo"– proponía adoptar el proyecto del tucumano con ligeras modificaciones, mientras que otro sector –bautizado "la montonera"–, que contaba con mayoría en la comisión redactora, lo rechazaba de plano y frenó el despacho todo lo que pudo. Como los días pasaban y no se registraban avances, Urquiza, preocupado por la precaria situación política reinante en el país, urgió a sus hombres de confianza que imprimieran mayor ritmo a los trabajos. Con la incorporación del cordobés Derqui y otras movidas en el seno de la comisión redactora, la relación de fuerzas se invirtió y "la montonera" quedó en minoría. Entonces se destrabó la situación y el proyecto avanzó.
Misión cumplida

A todo vapor, el dictamen de comisión fue ingresado durante la sesión plenaria del 18 de abril. Cuando todo parecía encaminado hacia la sanción definitiva, sorpresivamente, Facundo Zuviría presentó un proyecto que propiciaba diferir el dictado de la Constitución para cuando "los pueblos estuvieran en perfecta paz y orden".

Aquello cayó como un balde de agua helada entre los presentes, que creyeron ver la larga mano porteña detrás de la iniciativa dilatoria. El proyecto fue duramente atacado, especialmente por los diputados alberdianos, y el plenario lo rechazó. Sin pérdida de tiempo se puso a consideración el despacho de la comisión redactora, que resultó aprobado en general por 14 votos contra cuatro. Enseguida, los constituyentes se abocaron al tratamiento en particular del texto aprobado. A tambor batiente, debatieron los 107 artículos a lo largo de 10 memorables sesiones. Los artículos más discutidos fueron el que declaraba capital de la república a la ciudad de Buenos Aires, el que establecía la libertad de cultos y el referido a la conformación del Tesoro nacional. Finalmente, contra viento y marea, el texto quedó aprobado en la medianoche del 30 de abril. A tenor de las palabras pronunciadas en la ocasión y las sonrisas pintadas en los rostros de los protagonistas, todos se sentían satisfechos de haber alcanzado el ansiado objetivo.

Epílogo
La Constitución fue sancionada el 1° de mayo de 1853, segundo aniversario del célebre Pronunciamiento de Urquiza que selló la suerte de Rosas. Al día siguiente, el texto constitucional –prolijamente trascripto de puño y letra por el cordobés Del Campillo en el libro protocolar y rubricado por los convencionales– le fue llevado como trofeo a Urquiza, el líder de la Confederación. El entrerriano promulgó la Constitución el 25 de mayo, en solemne ceremonia llevada a cabo en el palacio San José, donde residía, y mandó a que el 9 de julio la jurasen las 13 provincias. Parecía increíble que después de tantos desencuentros y calamidades, al fin el país tuviera una Constitución. Buenos Aires, mientras tanto, desdeñaba el fruto de la labor de los constituyentes provincianos, promulgaba su propia constitución y se aprestaba a recorrer un camino independiente. Pero ésa es otra historia.