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Juana Azurduy, amazona de la libertad
 
En mayo pasaron muchas cosas importantes, entre ellas el fallecimiento de Juana Azurduy, allá por 1862.

No es fácil encontrar a lo largo de la historia muchas mujeres como ella. Que sí las hubo, sólo que sus nombres se perdieron para siempre, tragados por el relato masculino de nuestro pasado. Quizá, igual que tantas otras, Juana hubiera tenido ese destino, de no haber sido tan grande su valor para sobresalir en un mundo de hombres, de corceles y de aceros, como el que eligió.

Nada fue fácil en la vida de Juana Azurduy, dominada por el sino de la tragedia. No por obra del destino, que la depositó en 1780 en un hogar de Chuquisaca sin apuros económicos y la dotó de una singular belleza criolla, sino por propia decisión: la de consagrar su vida a la causa de la libertad, esa quimera en tiempos virreinales. Tal vez fue porque respondió al llamado de la sangre indígena que corría por sus venas, heredada de su madre; o porque un buen día Manuel Ascencio Padilla se cruzó en su camino, y ella no dudo un instante en atar su destino al de aquel hombre.

Una vida azarosa
De niña, después que perdiera a sus padres, sus tíos y tutores la confinaron en un internado de monjas. Enseguida quedó claro que su espíritu libertario no encajaría con la vida en el convento, del que terminó expulsada. Ese mismo temperamento fogoso e indomable fue el que más tarde la puso al lado de Padilla a luchar contra los españoles, amos y señores de su tierra, el Alto Perú.

Ni siquiera los cuatro hijos que trajo al mundo le impidieron cabalgar junto a su marido y entreverarse en los combates como uno más de sus hombres, ganando por derecho propio el rango de comandante. Así conoció a Castelli, Balcarce y, más tarde, a Manuel Belgrano, que después de la batalla de Ayohuma le obsequió la espada que Juana siguió usando por años.

Claro que la fatalidad no tardaría en cobrarle la osadía de ir en contra de la corriente: en el mes de marzo de 1814, para salvar su vida tras una escaramuza militar, debió internarse en un monte inhóspito y pantanoso junto a sus hijos. Allí, acosados por el hambre y las plagas, murieron dos de ellos y, poco más tarde, víctimas de las enfermedades contraídas, los otros dos.

Pese al golpe brutal, capaz de derribar a cualquiera, Juana siguió luchando. Cuando, cinco meses después, entró a todo galope al campo de batalla, estaba pronta a dar a luz a su quinto hijo, que nació allí, a la orilla del río, a metros de donde se combatía. Para entonces su cabeza tenía precio, y la codicia llevó a algunos a concebir la traición. Juana, advertida de la maniobra artera, los enfrentó y pudo huir con su pequeña en brazos. No sin antes, según se afirma, dar cuenta de un certero sablazo del cabecilla del grupo.

Después vinieron una seguidilla de entreveros y batallas que jalonaron aquella gesta heroica, que dio en llamarse la Guerra de las Republiquetas.

Teniente coronela de la Patria
Para 1816, los españoles, que habían destrozado al Ejército del Norte en Sipe Sipe, habían recuperado el control de la región. A esa altura, Padilla y los suyos, que seguían incitando a la insurrección, eran la piedra en el zapato que aún quedaba por eliminar. Sobre todo después de que el jefe rebelde lanzara un ataque sorpresivo sobre Chuquisaca, aprovechando que la plaza estaba momentáneamente desguarnecida. Ese gesto temerario convenció a Pezuela, el jefe realista, que había que terminar cuanto antes con esa molesta guerrilla, y mandó parte de su fuerza tras ellos.

Padilla dividió entonces sus efectivos, indígenas en su mayoría, y cubrió el territorio que conocía como la palma de su mano. A Juana le tocó defender El Villar, un modesto paraje. Contaba apenas con la guardia de amazonas –un grupo de mujeres tan aguerridas como ella- que la acompañaba a todas partes, un puñado de fusileros y dos centenares de aborígenes armados con garrotes. Eso era todo. Sin embargo, se las arreglaron para resistir el embate y rechazar al enemigo, que sufrió fuertes pérdidas. Fue el 3 de marzo de 1816.

La propia Juana, convertida en una fiera, comandó la hazaña, a lomo de su caballo y sable en mano, como solía hacerlo, y se dice que fue ella en persona quien arrebató el pabellón del Rey de manos del abanderado y los paseó triunfante por el campo de batalla. El remate de la acción fue la captura y fusilamiento de catorce oficiales españoles.

La represalia no tardó en llegar y poco después los villorrios más cercanos fueron arrasados por soldados de Pezuela, que regresaron a Chuquisaca con la cabeza de los insurrectos clavados en la punta de sus lanzas. Así estaban las cosas en el Alto Perú.

Por esta acción, el general Manuel Belgrano recomendó que se la nombrara Teniente Coronela del Ejército. Sin embargo, el destino no tardaría en volver a ensañarse con Juana. El 14 de septiembre de aquel mismo año, le arrebató a su amado Manuel.

Padilla murió, paradójicamente, en el sitio defendido por su mujer: El Villar, sólo que esta vez las fuerzas enemigas eran muy superiores y pusieron rápidamente en fuga a los patriotas. La persecución duró poco: Padilla cayó en manos de los españoles, y el que comandaba la partida lo derribó de un pistoletazo. Luego de degollarlo, su cabeza fue exhibida en la plaza de La Laguna, a la vista de todos, para que supieran la suerte que les esperaba si se atrevían a seguir los pasos del guerrillero.

Juana, con el dolor a cuestas, se dirigió a Salta, donde se puso a las órdenes de Martín Miguel de Guemes, convertido ya en el último baluarte de la frontera Norte. Luchó junto a él hasta 1821, año en que el general perdió la vida.

El final de una luchadora
Lo que vino después fue muy triste. La guerra concluyó en 1824, con la última gran batalla librada en el Alto Perú, la de Ayacucho. Poco después, la región en la que había corrido tanta sangre quedó convertida en una república independiente: Bolivia, bautizada así en homenaje a Simón Bolívar. El mismo que un año después la ascendió a Coronela. Sin embargo, la buena nueva no cambió la suerte de Juana, que finalmente pudo regresar a sus pagos pero se encontró rodeada por la miseria y huérfana de ayuda, y así pasó lo que le quedaba de vida.

Juana Azurduy murió en la madrugada del 25 de mayo de 1862, a los ochenta y dos años, pobre y olvidada. “En su casa y en comunión de la Santa Madre la Iglesia, doña Juana, mayor de ochenta años, viuda del Coronel Padilla, vecina de esta Parroquia. Para morir recibió todos los Santos Sacramentos necesarios, y después de rezado su oficio con cruz baja se sepultó en el Panteón General de esta ciudad”. Así reza la partida de defunción. Sus restos se conservan en una urna en la Casa de la Libertad, en la vieja Chuquisaca, donde fueron trasladados en 1962, centenario de su muerte.

El 14 de julio de 2009, el gobierno argentino dictó el Decreto 892/09 promoviéndola al grado de Generala post mortem.

Además, la recuerda una hermosa samba que le dedicaran Ariel Ramírez y Félix Luna. A ella, la flor del Alto Perú.